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Castro. La supervivencia del comunismo

El fallecimiento de Fidel Castro pone punto final a una de las sagas más asombrosas de la historia del siglo XX: aquella mediante la cual el comunismo se sobrevivió a sí mismo durante casi cincuenta años.

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El fallecimiento de Fidel Castro pone punto final a una de las sagas más asombrosas de la historia del siglo XX: aquella mediante la cual el comunismo se sobrevivió a sí mismo durante casi cincuenta años. Y fue gracias a Fidel Castro como eso pudo ocurrir.

Como ocurrió siempre con el comunismo, cualquiera que tuviera los ojos abiertos y la mente despierta podía comprender en un muy poco tiempo que la dictadura cubana era un régimen totalitario, criminal y radicalmente injusto. Claro que tener la mente despierta y los ojos abiertos requería, hace cincuenta años, haber apartado la fe en el advenimiento del mundo y el hombre nuevos que iba a traer el comunismo. Para mucha gente eso estaba fuera de su alcance. No importaba que se conocieran los crímenes, la miseria, las hambrunas y la brutalidad. Revel lo analizó como nadie: el velo de la confianza en el radiante porvenir lo cerraba todo…

… Hasta que llegaron las revueltas antiautoritarias de los años 60 y 70, la invasión de Checoslovaquia y las nuevas revelaciones sobre la realidad soviética, en particular la publicación de Archipiélago Gulag, en 1973. Fue entonces cuando se desplomó el Muro de Berlín interno, moral, y el comunismo, en los países europeos, perdió todo su glamour. Quedó a la vista el lado siniestro y cochambroso.

No por eso los jóvenes europeos de aquellos años iban a abrazar la confianza en la libertad que les ofrecían las sociedades que les habían asegurado un nivel de prosperidad y de educación desconocido hasta entonces en la historia de la Humanidad. No. Para aquellos señoritos, la ruina del comunismo soviético no iba a traer aparejado un realineamiento moral y político en torno a la defensa de la libertad y la responsabilidad. Había que buscar otra cosa.

Hubo quien se lanzó a explorar un totalitarismo alternativo al soviético con la mitificación de Trotski, otro totalitario asesino. En realidad, el trotskismo fue una puerta de salida, una forma de empezar a cruzar una línea que era muy difícil de traspasar porque la fe comunista lo impregna todo, hasta lo más íntimo, y lo que hay más allá produce demasiado espanto y desconsuelo.

Otros se adscribieron al maoísmo. En algunos casos se trataba de puro y simple esnobismo: la revolución cultural resultaba sumamente estética, con sus ideogramas y los poemas del Gran Timonel. En otros casos, Mao y la revolución china proponían una fe puritana y austera, de una seriedad aplastante, capaz de seducir a los que eran incapaces de frivolizar como entonces se hizo, siempre so capa de seriedad insondable, materialismo aquilatado y voluntad de negar a Dios. (El caso es que Althusser no había leído El Capital cuando se puso a escribir Para leer ‘El Capital’.)

Castro y la revolución cubana ofrecieron una alternativa más atractiva. Por entonces se conocía ya muy bien la putrefacción y el salvajismo de la revolución cubana. Había habido incluso algunos casos célebres de represión contra intelectuales, algo que siempre llama la atención. No importó, sin embargo, y Castro consiguió lo que parecía imposible.

Ernesto Che Guevara, al que el propio Fidel Castró envió a una muerte segura, infundió en la revolución un nuevo soplo de romanticismo, de que tan necesitado estaba el socialismo real después del prosaísmo imperante en la Unión Soviética, los países del Este y China. Los jóvenes occidentales se identificaban con o más bien deseaban a aquel hombre guapo y destinado, por un sino trágico, a morir en la flor de la edad. Era la imagen misma de la generosidad, el apóstol mártir de la fe renovada gracias a su sangre.

Sobre este icono se superpuso otro. Es el del propio Fiel, encarnación también del héroe romántico desde las campañas de Sierra Maestra, pero lo bastante inteligente para sobrevivir a ellas y, sin negar esta proyección ultrarromántica, abrirse a otra: la que le ofrecía el Caribe, la isla tropical, la sensualidad avasalladora y la estética, tan revolucionaria como la revolución castrista, del realismo mágico.

Desde mucho tiempo antes América Latina andaba en busca de una estética que definiera su identidad como el 98 había definido la española: una identidad propia, distinta de la modernidad, que retomaba las visiones románticas y las proyectaba a un universo distinto, ajeno a los parámetros de racionalidad y libertad propios de Occidente. Los españoles habíamos conseguido dejar de ser modernos gracias al empeño de los nacionalistas noventayochistas. Los latinoamericanos lo consiguieron por fin gracias al esfuerzo de la generación del realismo mágico.

Así fue como se inventó –García Márquez es el genio de esta operación– un mundo alternativo, donde quedaban anulados los principios básicos de la realidad común. Se abría otro de infinitas posibilidades que no necesitan comprobación y absuelven de cualquier dilema moral. Quedaba instaurada la libertad absoluta y abolido el triste reino de la necesidad y el trabajo. Y se restauraba en toda su inocencia el buen salvaje revolucionario. En la Cuba de Castro todo fue posible: desde la zafra heroica a las vacas miniaturas. El comunismo –Carlos Alberto Montaner lo ha descrito de forma insuperable– se había vuelto exótico.

El mito de una identidad latinoamericana mágica, alternativa y anti (o post) moderna ofrecía además otra ventaja. Trazaba el perfil exacto de la posición ante la libertad, es decir ante Estados Unidos. La sociedad norteamericana tiene la ventaja –o el inconveniente– de no saber distinguir entre libertad y capitalismo. La posición de la Cuba castrista, que siempre se ha reivindicado como el nervio de la resistencia antiyanqui, ofrecía por tanto una fórmula viable para reconvertir el comunismo en reivindicación antiimperialista. La exaltación soberanista permitía también, como el realismo mágico a la que se acopla como un guante, olvidar las atrocidades del régimen de Castro: el exilio, las torturas, las ejecuciones, la reeducación de homosexuales en campos de concentración, el encierro de los enfermos de sida, la prostitución como negocio socializado. Las expectativas de las que habló Robert Conquest pasaban cualquier prueba.

Esa fue la plancha de salvación que Castro ofreció a los muchachos europeos y norteamericanos tras el naufragio del comunismo. Los jóvenes occidentales, que combinaban, como escribió Furet en El porvenir de una ilusión, el narcisismo con el odio a sí mismos (también el desprecio, se podría añadir), fueron incapaces de resistir una invitación que halagaba y redimía lo peor de su personalidad moral. Y así es como el comunismo logró sobrevivirse a sí mismo.

Lo hizo a cambio de una transformación muy profunda. En vez del proletariado, ahora el sujeto revolucionario serían las naciones y los pueblos sojuzgados, y muy pronto las minorías reprimidas por el auténtico totalitarismo, que no es otro que el capitalismo o (neo)liberalismo. Nada, nunca, volvería a ser igual, pero el apoyo político conseguido por Castro le permitió salir adelante tras la ruina del comunismo en Asia y en Europa. También pudo extender su revolución, en nombre de esa identidad latinoamericana humillada y explotada, por todo el continente. Y ayudó a que sobreviviera la religión comunista –transformada en postmodernidad, en ideología del deseo– en los centros de enseñanza y de cultura de las democracias liberales.

No es de extrañar que los podemitas, herederos y mantenedores del viejo culto rindan ahora homenaje a quien fue la clave de su vida sentimental y política. Claro que la frivolidad de los sesentayochistas, sus mayores, se ha transformado aquí en algo distinto. Nadie se cree ya nada. Los dogmas carecen de alma y los ritos se cumplen por expediente. La antigua frivolidad, tan estúpida que permitió rescatar la fe totalitaria, es ahora cinismo, sin más.

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