Menú

La Ilustración Liberal

Intelectuales

Tiempos de nauseas y desprecio

1

La actualidad editorial ha reunido por un instante a dos escritores bastantes diferentes, a través de sus biografías recientemente publicadas: El Siglo de Sartre, de Bernard-Henri Levy, y André Malraux, un vie, de Olivier Todd. Saltan a la vista las diferencias entre Malraux y Sartre, aunque también se pueden ver puntos de coincidencia. Por ejemplo, ambos no entendían nada de arte, aunque escribieron mucho al respecto, Malraux más. Pero la coincidencia más importante, a la que voy a dedicar estas líneas, es que, en periodos diferentes, los dos formaron parte de la elite de los propagandistas ("agit-prop", se les definía en la jerga comunista) del totalitarismo, y ambos sin carné. Todos los demás, con o sin talento, Neruda, Aragón, Alberti, y un larguísimo cortejo de mascarones, eran militantes de sus respectivos partidos, ellos jamás. Como si pese a derrochar actividad a favor del totalitarismo, escribir, conferenciar y actuar como el que más, algo en ellos, un sano egoísmo tal vez, les impidió cruzar ese umbral. Claro que objetivamente, como dicen, su compañerismo sin carné fue ampliamente utilizado por la Internacional, como prueba científica de que la verdad comunista se imponía incluso fuera del partido, en amplias masas y en reconocidos escritores de "origen burgués". Ernest Hemingway también desempeñó ese papel de cabrón útil, pero mucho más brevemente.

Sus dos biógrafos no ocultan su compromiso histórico con el crimen, mucho peor, lo justifican y ensalzan. Bernard-Henri Levy, que fue un joven Rastignac impertinente y, dentro de lo que cabe, antitotalitario, aunque siempre fascinado por la leyenda de Malraux, después de haberse mofado de Sartre en Las Aventuras de la Libertad, porque éste les había acusado a él y a sus amigos, los "nuevos filósofos", de ser simples plumíferos a sueldo de la CIA porque hablaban del Gulag, opera un viraje de 180 grados, y publica esa "encuesta filosófica" sobre Sartre, perfectamente nauseabunda. Cuando se publicó el libro en Francia, hace año y pico, Marc Fumaroli le dedicó una crítica tan inteligente como demoledora. Entre otras cosas muy bien vistas, explicaba la voltereta -o traición- de Levy por el hecho de que tras haber conocido varios fracasos rotundos, uno tras otro (una novela, una obra de teatro y una película), este individuo para vivir necesita éxito, como los demás necesitamos oxigeno. Pero lo más interesante, para nosotros, más que Levy, e incluso más que Sartre, es constatar que aún hoy, o ayer, o sea en 2000 y 2001, para tener éxito asegurado hay que escribir libros "de izquierda", y si además en esos libros "de izquierda" se salva, aunque sea parcialmente, algo del naufragio del comunismo, pues mejor, o sea más ventas, y hasta mayor respaldo institucional. Como siempre, hay excepciones que confirman la regla. Esto demuestra sencillamente que Bernard-Henri Levy es un hombre sin principios. En este sentido, Sartre fue radicalmente diferente: sacrificó sus principios individuales, existenciales, filosóficos, ante el altar del Gran y Único principio del totalitarismo comunista. A esto, a veces, se lo califica de "misa negra". Otras, de fascismo.

Olivier Todd es muy diferente. No es, ni ha jugado a ser, filósofo moralista, en apariencia, y oportunista sin principios, en realidad. Periodista profesional, hasta en sus novelas, conoció su batalla de Teruel, de Verdún, o de Guadalcanal, en el Vietnam, en donde estuvo como corresponsal-militante, para defender a rajatabla a los comunistas del Vietcong, sus aliados y padrinos. Lo escribió, pero al escribir sobre Malraux, se olvida de lo que creía haber aprendido en el Vietnam, porque si entonces podía afirmar: yo estuve, yo lo vi, y no me vengan con cuentos, tratándose, por ejemplo, del "antifascismo" de Malraux, antes y durante nuestra guerra civil, si denuncia exageraciones y mentiras en la leyenda personal de Malraux, permanece esencialmente inmerso en esa otra leyenda, más amplia, del "antifascismo frentepopulista", heroico y potentemente ayudado por la URSS, cuando en realidad, Stalin fue tan enemigo de la "democracia burguesa" y de la "República española" como Hitler, aunque con otros métodos que llegaron a coincidir con el pacto nazi-soviético.

Empecemos, pues, cronológicamente con Malraux. Dejaré de lado su vida privada y sus "museos imaginarios" -sólo diré que Todd nos toma el pelo al afirmar que no fue drogadicto; lo fue, lo sé por su hija Florence o Pepe Bergamín, y añado ¿Y qué?-, para decir un par de cosas sobre su compromiso estalinista primero, gaullista después, y entre esos dos periodos, un silencio clamoroso, o significante, dirían los cursis lacanianos.

Cuando en 1989, varios Ministerios, la Embajada, los servicios culturales oficiales, organizaron en París, con el apoyo de la Alcaldía, una gran manifestación "Malraux y España", todas las mentiras y algunas más sobre esa leyenda se exorbitaron. En el lujoso (y repleto de erratas) catálogo, el entonces ministro sin cartera de Felipe González, Jorge Semprún, participa en primera fila en esa mentira, como de costumbre, y hasta en el título: "El combatiente de la Guerra Civil española". Tras reafirmar, pues, la leyenda de Malraux combatiente, Sánchez-Semprún añade que, tanto en su novela La esperanza como en sus discursos y artículos de ese periodo, Malraux demostró una profundidad política y una "clarividencia" (que) tiene que extrañar por fuerza a quienes no veían en él sino a un prestidigitador del verbo. Pues esa "clarividencia" no era suya, no era más que la traducción fiel de las consignas "frentepopulistas" de la Internacional Comunista. Al final de su largo texto, Sánchez-Semprún se interroga reiteradamente sobre el silencio de Malraux: "este compañero de viaje, convertido en político anticomunista no ha dejado nunca claro (...) su relación con el comunismo durante la Guerra Civil española". Y, cursi de guantes grises, concluye preguntándose ¿si no se trataría "de una neurosis no resuelta"? Que no se preocupe nuestro ex todo, le daré una explicación a esta autocensura voluntaria.

Si Todd demuestra la falsedad de la leyenda de un Malraux "combatiente", da por sentada y definitiva la otra leyenda, mucho más negra, ya que se apoya sobre millones de muertos, la leyenda del "antifascismo", del papel progresista de la URSS y, en su caso, la leyenda de un de Gaulle resistente y "hombre de izquierdas", lo cual daría cierta coherencia a los vaivenes políticos de Malraux y se merecería los más sonados aplausos. Pues Malraux fue en Francia, como en España, pero también en Moscú, un agit-prop de Stalin, uno de esos innumerables intelectuales, algunos de lo más famosos, quienes, por oposición totalmente justificada al nazifascismo, se convirtieron en peleles del NKVD, muy bien utilizados por gentes como Willi Münzenberg, participando en innumerables manifestaciones, congresos y conferencias, aparentemente antifascistas, pero en realidad, totalmente sometidos a Moscú. Y Malraux no fue uno de tantos "tontos útiles", fue uno de los organizadores, y desempeñó un papel prepotente, no sólo como propagandista, también como censor, logrando, por ejemplo, que Gallimard no publicara el Stalin de Boris Suvarin. De manera más sutil que la prosa "realistasocialista", sus novelas de ese periodo: La Voie Royale, Les conquerants, La condition humanine (su mejor novela para mí), defendían la política de Moscú en Asia, que muchas veces se enfrenta sangrientamente con la de los comunistas asiáticos. Esto, claro, pasó totalmente desapercibido del jurado del premio Goncourt de 1933, de la prensa de la época y de Olivier Todd, hoy.

Malraux estuvo en España de finales de Julio a Diciembre 1936, y a principios de 1937 estaba en los USA, haciendo de propagandista kominterniano. Si logró, eso sí, organizar una escuadrilla, fue gracias a Pierre Cot, ministro del Aire del Gobierno de Frente Popular, y a su jefe de gabinete Jean Moulin, ambos "hombres de Moscú". Si Jean Moulin fue asesinado bajo la tortura por los nazis, Cot, después de la guerra, fue elegido diputado en las listas del PCF. Malraux volvió a España para rodar una película, Sierra de Teruel, cuya dirección efectiva corrió, en realidad, a cargo de Max Aub. Sin ocultar nada de los embustes sobre el "combatiente" Malraux, a veces calificado de "piloto de guerra", cuando ni sabía pilotar, y que se repiten incluso ahora, en medio de la promoción mediática del libro, y pese a que el autor diga lo contrario, Todd no analiza en absoluto, ni el compromiso de Malraux con el crimen totalitario, ni el papel nefasto de Stalin en España. Además, no es serio: "El 13 de julio el diputado Carlo (¡sic!) Sotelo, dirigente del Partido Socialista, fue asesinado" (pág. 220). Se disculpó posteriormente diciendo que se trataba de una errata, pues las erratas abundan en su libro, y peores que el confundir nombres y apellidos, y el partido de Calvo Sotelo. Como quien no quiere la cosa, nota que George Orwell en 1937 estaba ausente de un Congreso de intelectuales antifascistas en Madrid, cuando por esas fechas Orwell tenía que huir de España para evitar ser asesinado por los camaradas de Malraux, los "antifascistas" del NKVD y del PSUC. (pág. 258). Está visto que no ha leído Homenaje a Cataluña, que ni siquiera figura en su bibliografía. Durante una tensa discusión con Victor Serge, en París, Malraux habría declarado: "No haré nada contra Stalin, acepté los procesos de Moscú y estoy dispuesto a aceptar el de Barcelona". Contra los anarquistas, apunta Todd, cuando se trata, evidentemente, del proceso del POUM. (pág. 242). No hubo más procesos contra los anarquistas que el tiro en la nuca. Cuando, en una fiesta de la escuadrilla, organizada por Malraux, el comunista belga, Nothomb, combatiente él, brinda: "¡Al camarada Stalin!", Todd tiene la caradura de escribir que ese brindis fue acogido con un silencio estupefacto y hostil. (pág. 239/40). No se ha enterado de nada, no ha visto las gigantescas fotos de Stalin, Puerta de Alcalá, ni ha hojeado la abundante propaganda del "culto a la personalidad" de Stalin, los vitoreos a la URSS que inundaban la "zona roja". No sólo desprecia España, inconscientemente o no, sino que se niega a ver los estragos del totalitarismo comunista en España, como fuera de España.

Malraux fue luego un resistente de última hora porque, según Todd, no creía en resistencias con escopetas, la guerra la ganarían los tanques soviéticos y los aviones norteamericanos. Pero combatió realmente, al mando de la Brigada Alsace-Lorraine, durante los últimos meses de la guerra mundial. Queda el dilema (o el silencio neurítico) de su conversión al gaullismo y su consiguiente anticomunismo. Es evidente, no en el libro de Todd, que se hizo anticomunista en España o, en todo caso, como consecuencia de nuestra guerra civil, pero eso no lo ha dicho ni escrito en ningún sitio. Porque no podía escribirlo sin destruir parte de su leyenda tan hábilmente montada por él mismo. No podía, a la vez, declarar: yo fui en España -y no sólo en España-, un eficaz agente de Stalin, y al mismo tiempo: la política de Stalin en España fue desastrosa, y el "socialismo real" un totalitarismo tan bárbaro como el nazi, pero es muy probable que no "tragara" el pacto nazi-soviético, como lo tragaron el 99,9% de los militantes comunistas. Es por lo tanto evidente que, para mantener la tan rentable leyenda de "combatiente antifascista", de escritor comprometido y de hombre de acción, más vale dejar el papel de la URSS y su propia actividad servil, en el más absoluto flou artistique del antinazismo.

Otros, enfrentados al mismo dilema, recurren a la argucia de cortar la historia del comunismo en partes, como una pizza, o sea periodos y países en donde fue "bueno", o "malo". El comunismo para nuestros impostores fue siempre bueno al principio, 1917 en Rusia, 1949 en China, 1959 en Cuba, etc, y asimismo fue siempre bueno en los países en los que no tenía el poder y no pudo ejercer, por lo tanto, su dictadura terrorista. Lo malo para estos falsificadores es que en España, si no tuvieron el Poder, tuvieron mucho poder, y lo ejercieron cuando pudieron, como luego Pol Pot en Camboya. Esto no impide, desgraciadamente, que individuos como Santiago Carrillo, uno de los protagonistas más dotados de ese terror, sea recibido y bien considerado en todas partes, desde la Zarzuela al último plató de televisión.

Vemos, pues, a Malraux reaparecer en 1944 y años siguientes, primero como guerrero, luego como propagandista y organizador eficaz del partido gaullista, el RPF -su larga colaboración con la Komintern de algo le sirvió, técnicamente. Existe, sobretodo en Francia, una real ambigüedad en torno a la persona y al papel político del general De Gaulle. Atacado desde el fin de la guerra y luego, cuando su vuelta al poder en 1958, por la izquierda y sobre todo los comunistas, como peligroso ultraderechista, fascista inclusive, candidato a dictador y otras lindezas, apenas muerto se convierte, para los mismos que le insultaban y combatían, y sobre todo los comunistas, como el "primer resistente" (lo fue), "hombre de izquierdas" y hasta "líder del Tercer Mundo". Pues, si De Gaulle no fue ni fascista ni dictador, fue profundamente un hombre de derechas, gran admirador de Charles Maurras, que impuso una Constitución híbrida, que favorecía el poder personal del Presidente, pero a condición de que éste tuviera eso que tanto exaltan los hinchas futbolísticos, que calificaré púdicamente de carácter, la cual no se ha visto ni con Mitterand, ni con Chirac, teniendo como resultado la sopa tibia y paralizante de la cohabitación, que existe en la letra, pero no en el espíritu de la Constitución. Pero su ultra-nacionalismo, le hizo a menudo preferir la URSS a los USA, temiendo al imperialismo yanqui más que al soviético, lo cual enfurecía, con razón, a Raymond Aron, por ejemplo, mientras los comunistas aplaudían sotto voce. Si se mira el destino de Japón y Alemania, países realmente ocupados durante un periodo por los USA, sería peor que grotesco considerar que dicha ocupación se convirtió en dominación, ya que ocurrió exactamente lo contrario. En política interior, tal vez por su condición de militar y de hombre de derechas de inspiración maurrasiana, De Gaulle despreciaba a los "mercaderes", como a los partidos, y de hecho al mercado, como a la democracia representativa, dando un papel desorbitado al Estado, también en economía, lo cual entusiasmaba, claro, a los comunistas. Ni dictador, ni fascista, De Gaulle fue, sin lugar a dudas, un antiliberal absoluto. Le regaló a su amigo Malraux un Ministerio de corte soviético, el de la Cultura, y aquí también pueden verse coincidencias entre gaullistas y comunistas. Pero Malraux no fue, como tantos, un ministro profesional, lo fue De Gaulle, y cuando éste, con soberbio mal humor, dimitió, Malraux tardó apenas cinco segundos para dimitir también. Para tema de tesina de nuestros analfabetos graduados, propondría la siguiente pregunta: ¿por qué Franco fue el único jefe de Estado que De Gaulle visitó, después de dimitir?

Antes de decir una par de cositas sobre Sartre, me parece importante subrayar las diferencias, para mí fundamentales, entre los dos periodos, el de los años treinta, antes de la II Guerra Mundial, cuando Malraux actuaba al servicio de Stalin, y el largo periodo de compañerismo de Sartre, a partir de la guerra de Corea, en 1950, y esa diferencia histórico-existencial, por así decir, reside en que por los años treinta, el nazismo, el fascismo, y el imperialismo japonés, asistían realmente y cometían realmente estragos que sólo podían liquidarse con la guerra a ultranza. Y así fue.

Mientras que en el "periodo Sartre", después de la guerra, el fascismo fue convertido en fantasma y argumento de propaganda del aparato comunista, sin existir en la realidad. O mejor dicho, el único fascismo que existía en la realidad, era el fascismo rojo, el totalitarismo comunista, al cual Jean-Paul Sartre se sacrificó con tanta fruición masoquista. (¡ Ya pudo glosar sobre el masoquismo de Baudelaire!). Aunque, al mismo tiempo que se sacrificaba, recibía por precio de su sacrificio, inauditos beneficios y fama mundial. Su plato de lentejas fue de oro y plata.

Entonces, si muchos intelectuales ( no daré la lista, demasiado larga), fueron resueltamente anti-nazis, y demasiados se dejaron engañar, convirtiendo su anti-nazismo en pro-soviético, eligiendo un totalitarismo contra otro, era, sin embargo cierto, repito, que el nazismo y sus aliados asolaban lo que podían, constituían peligros reales, y por lo tanto, pero sólo hasta cierto punto, se entiende que para muchos el nazismo apareciera como el enemigo principal, y como declaró el propio Churchill, para derrotarle estaban dispuestos a aliarse con el mismísimo Diablo. El éxito de esta maniobra "frentepopulista" fue rotundo y sus estragos perduran, pero el nazismo fue derrotado. La reconstrucción, por el aparato comunista, de un nazismo imaginario, encarnado además por una de las más viejas democracias del mundo, los USA, fue la estafa teórica absoluta, y, sin embargo, en ella creyeron durante un periodo más o menos largo, según los casos, y casi hasta el final de su vida, por Sartre, una infinidad de prestigiosos intelectuales y millones de ciudadanos. Que esta estafa teórica permanezca aún viva hoy, y nutra la ideología bastarda de potencias capitalistas como el Imperio Polanco, es sólo un ejemplo, demuestra, como escribía Revel: "No es nada seguro que los intelectuales amen la democracia y la libertad". Yo diría, que se queda corto, diría que los intelectuales en su mayoría, a condición de tener asegurado su confort personal, odian la libertad y la democracia. Así fue, en todo caso raramente desde Heidegger a Sartre, de Pound a Neruda, de Drieu La Rochelle a Aragón, de Sánchez Mazas a Alberti, y me paro de contar cadáveres. Aunque se podría continuar la lista con vivos.

El cínico oportunismo de Bernard-Henri Levy se demostró, una vez más, hace pocos meses, cuando vino a Madrid a presentar la traducción de su libro y declaró: "Cuando Sartre habla del terrorismo de los años 60, se refiere al fenómeno en Italia y Francia. Pero lo que decía continúa teniendo un significado en el País Vasco". Aquí, otra errata, por parte de Levy, o de los periodistas que le entrevistaban, porque apenas hubo terrorismo en Francia, y Sartre se refería, para ensalzarlo y aplaudirlo, al terrorismo en Alemania, Italia, América Central, al terrorismo palestino o islámico, y muy concretamente, en este caso, al terrorismo de ETA. O sea al terrorismo "de izquierdas", lo mismo que Jean Gonet, dicho sea de paso. Yo no se si Fernando Savater aprecia o no la filosofía de Sartre, pero me imagino que al ver equiparada su actitud claramente anti ETA con la de Sartre, favorable a ETA, por Levy, habrá sentido cierto desconcierto... . Todo el libro no es más que un gigantesco sofisma.

En su prólogo al libro de Franz Fanon Les damnés de la terre (1961), Sartre escribe: "Si dejáis de lado las habladurías fascistas de Sorel, os daréis cuenta que Fanon es el primero, desde Engels, quien exalta la parturienta de la Historia". Se trata de la violencia, claro. Bobadas del maestro, como si Lenin, Trotski, Hitler, Mao, antes de Fanon (médico y escritor martiniqués que colaboró con el FLN argelino), no hubiera ya exaltado la violencia y la guerra "revolucionaria". En 1972, cuando la OLP de Arafat, organizó el atentado contra los atletas israelíes, en los Juegos Olímpicos de Munich, que hizo once muertos, Sartre escribe: "El principio del terrorismo es que hay que matar. Pero si se admite, entonces hay que reconocer que, en efecto, el atentado de Munich, ha sido perfectamente logrado". Como los de ETA, así mismo saludados por Sartre.

Prisionero en 1940, como más de la mitad del ejecito francés - porque si combatieron en otras guerras, desde luego, en 1939/40, los franceses se negaron rotundamente a combatir-, Sartre escribe para las fiestas de Navidad, un auto-sacramental antisemita que Levy transforma en obra de resistencia. Como transforma al propio Sartre en resistente, cosa que nunca fue. Bueno, maticemos: cuando de forma por lo menos ambigua, fue liderado antes que los demás, del campo de prisioneros de guerra, y vuelve a París, se une a Merleau-Ponty y otros, quienes editaban un boletín clandestino Socialismo y Libertad, redactado por estos, aún no ilustres profesores, y distribuido por un puñado de estudiantes. Pero esa pacífica actividad de resistencia intelectual duró pocos meses. Al percatarse, en su en su entorno universitario, que los nazis no toleraban la menor forma de oposición política, que detenían, torturaban, deportaban y fusilaban, ante cualquier acto de resistencia, les entró pánico y abandonaron toda actividad clandestina. Desde entonces, y hasta el final de la guerra, Sartre colaboró. No activamente, como Brasillach, Celine, Drieu La Rochelle, Montherlant, y algunos más, pero resulta que tuvo tanto éxito con sus libros, sus obras de teatro, sus artículos, que pudo, para siempre jamás, abandonar su oficio de profesor. Otro dato adrede ocultado y muy bien ocultado: cuando en 1943, su Dulcinea del Toboso, convertida en ama de llaves, Simone de Beauvoir, es expulsada de la enseñanza, no por actos de resistencia, sino debido a una querella presentada ante los tribunales, por la madre de Natalie Sorokine, por amores lésbiscos con una menor, su hija, Sartre le encuentra inmediatamente un trabajo en Radio París, la más pro-nazi de las radios de la época. Haber trabajado en Radio París, era cargo suficiente para ir a la cárcel, después de la guerra, pero no de Beauvoir, tan ...resistente. Este dato ha querido ocultarse, como la propia de Beauvoir ocultó toda su vida que también se acostaba con chicas. Mintió en nombre de la libertad y transparencia, sin duda... .

Entre 1944 y 1950, Sartre, famoso gurú de la movida existencialista -para la prensa más o menos amarilla-, funda su revista Temps Modernes, publica y conferencia a granel, y políticamente se sitúa en la izquierda no comunista, digamos. Sus reservas ante el comunismo son ante todo de orden estético y filosófico, pero el PCF, siendo "el partido de la clase obrera", no se podía ser anticomunista. Esta actitud ambigua, elitista, para algunos, le valen toneladas de pintorescos insultos por parte del potente PCF, y de sus nutridos regimientos de intelectuales. Pero llega en 1950 la guerra de Corea y Sartre recibe la iluminación, la revelación: ha llegado el momento de la lucha final: socialismo contra capitalismo, y hay que elegir, sin miramientos, ni matices. Está visto que eligió lo peor. De "Hiena estilográfica", como lo calificó Alejandro Fadeiev, Presidente de la Unión de Escritores soviéticos (quien tuvo el buen gusto de suicidarse), Sartre pasó a ser el perfecto "agit-prop", estalinista, primero, y cuando giraron los vientos de la moda "progresista", después de la sacudida de Mayo 1968, se convirtió en ridículo macista, corriendo como viejo verde detrás de jóvenes fanáticos, con su chaleco de lana de jubilado, y sus amistades peligrosas con el hampa revolucionario.

Para concluir, volverá un instante, a ese periodo de la posguerra en París, que conocí personalmente, tan alegre, tan contrastado e incoherente, y tan conformista en cuanto a ideología política. Fue un periodo festivo, sin lugar a dudas, como otros periodos que sucedieron a tremendas guerras, con intensa actividad cultural y artística, y al mismo tiempo, un periodo de profundo cretinismo ideológico. Para muchos intelectuales, la batalla de Stalingrado había borrado los procesos de Moscú, el terror y el Gulag. Si los soviéticos habían luchado tan firmemente eso sólo podía demostrar su adhesión al régimen comunista, sin percatarse en absoluto que amaban a Rusia. Decir esto, entonces, equivalía a ser fascista. Albert Camus, en 1944: "los comunistas y nosotros, compartimos los mismos valores". Es cierto que fue uno de los primeros en convertirse en anti-totalitario. Merleau-Ponty, el filósofo más exquisito, defendía la URSS, los procesos de Moscú y la dictadura del proletariado. También cambió de opinión, pero mucho más tarde. Toda la intelectualidad francesa, esencialmente concentrada en París, y sin hablar, claro, de los comunistas que dominaban el panorama, estaba esencialmente de acuerdo con los más monstruosos argumentos del marxismo-leninismo. Pocos resistieron, pocos fueron fieles al espíritu crítico que, se dice, es el primer deber del intelectual: denunciar la mentira detrás de la propaganda. ¿Quién se atrevió a presentar el problema en sus verdaderos términos: la guerra ha destruido el nazi-fascismo, pero aún existe y además se ha reforzado otro, igual de monstruoso y disfrazado: el totalitarismo comunista? Muy pocos: Orwell Koestler, Aron, Silone, y un puñado más. Esta dimisión del espíritu crítico, esta traición de los intelectuales, explica que aún pueda presentarse a Sartre como ejemplo.

Número 9

Intelectuales

Retratos

Reseñas

Ideas en Libertad Digital

El rincón de los serviles

1
comentarios
1
Los recuerdos de un althusseriano
Numerarius

De el libro de Bernard Henry Levy, lo mejor es lo que cuenta de Althusser. Alucinante el pasaje en que habla de Regis Debray, con un plano de Ginebra, planeando estrategias para conquistar la pacífica ciudad suiza. El Henry Levy es un althusseriano, y a tal maestro, tal discípulo.
Personalmente, prefiero la breve reseña que hace de Sartre Paul Johnson en "Intelectuales". Es genialmente divertida, aunque Paul Johnson cae en el Alto Cotilleo acerca del mundo intelectual, como otros comentan mundos menos distinguidos. Coto Matamoros es el Paul Johnson de los rastacueros?