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La capital del mundo

Tanto Hitler como Stalin quisieron construir la capital del mundo. En Berlín y Moscú, respectivamente. Por supuesto, fracasaron.

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Antonio Poveda | Libertad Digital

Los dos nombres que primero vienen a la mente cuando se habla de los grandes dictadores del siglo XX son Hitler y Stalin. Tanto ellos como sus dictaduras tuvieron mucho en común. El control de la economía, el papel de los partidos únicos, el control social, los campos de concentración, el genocidio... todo eso es bien conocido por quien ha tenido interés en saber. Hay, sin embargo, un aspecto en el que coincidieron y que no es tan conocido: los dos quisieron construir la capital del mundo.

Ambos pergeñaron una construcción colosal como símbolo de Moscú y Berlín, respectivamente. La de Stalin era el Palacio de los Sóviets, que debía construirse sobre las ruinas de la demolida Catedral de Cristo Redentor. Rechazados los 160 participantes al concurso, finalmente se adoptó una modificación del proyecto del ruso Boris Iofan: una suerte de torre de Babel coronada con una estatua de Lenin. Debía ocupar un área de 110.000 metros cuadrados y superar, con sus 415 metros, la altura del mayor rascacielos de entonces, el Empire State. Los enormes cimientos consumieron el 16% de la producción de cemento de toda la URSS. Hitler, por su parte, proyectó la Volkshalle (Sala del Pueblo), un auditorio para 200.000 personas con una altura de 290 metros y una cúpula de un diámetro de 250.

Tanto el Palacio de los Sóviets como la Volkshalle formaban parte de proyectos más ambiciosos para transformar Moscú y Berlín en ciudades de la importancia que tuvieron las más célebres de la Antigüedad. Así, Hitler escribiría en su Mein Kampf: "La importancia geopolítica para un movimiento de un centro físico vital (...) no puede ser sobreestimada. La existencia de un lugar así, imbuido de la atmósfera mágica y encantada que envuelve a La Meca o a Roma, puede por sí misma dar a largo plazo a un movimiento esa fuerza que reside en su unidad interior". Nikolai Bujarin, por su parte, equiparó el Moscú que estaba proyectando Stalin con, igualmente, La Meca. La Alemania nazi y la URSS deseaban contar con una ciudad ideal, una nueva Jerusalén a la que se acudiera en peregrinación. Pretendían, en definitiva, albergar la capital del mundo.

Por supuesto, fracasaron. A Hitler lo detuvo la guerra: preveía iniciar la construcción de la nueva Berlín una vez hubiera obtenido la victoria. A Stalin, que se contó entre los vencedores del conflicto, lo detuvieron los problemas técnicos. El proyecto del Palacio de los Sóviets tuvo que detenerse durante la contienda. Pero, pese a que los trabajos acabaron por reanudarse, la inestabilidad de la base, situada sobre un terreno anegado por el que discurría un centenar de corrientes subterráneas, hacía absolutamente inviable la empresa. Al final, acabaron construyendo en el lugar una piscina. (Cuando cayó el comunismo, se procedió a la reconstrucción de la Catedral de Cristo Redentor). Stalin obtuvo éxitos en algunos de los proyectos de su nueva Moscú, como el metro o el canal con el Volga.

Entre tanto, la que sería considerada como la capital del mundo se iba construyendo poco a poco y en silencio (es un decir). No era el proyecto de un gobernante totalitario, ni siquiera de uno democrático con sueños de dejar un legado para la posteridad. De hecho, ni siquiera era, ni siquiera es, la capital de su país (ni de su región).

Es una ciudad que carece de unidad, y sus edificios más emblemáticos fueron creados para hacer negocio o, más frecuentemente, albergar negocios. Sus arquitectos fueron, en muchos casos, refugiados que huían del totalitarismo de Hitler y que no contaban con su beneplácito.

La ciudad de la que hablamos está considerada el centro financiero, empresarial, cultural y artístico del mundo. Algunos despistados también la consideran el centro político, porque alberga la sede de las Naciones Unidas desde 1950.

Por supuesto, estamos hablando de Nueva York, no de Moscú ni de Berlín. Estamos hablando de la ciudad que nos viene a la mente cuando pensamos en la capital del mundo.

NOTA: Este artículo se publicó en el suplemento "Ideas" de Libertad Digital el 6 de noviembre de 2007.

Daniel Rodríguez Herrera es subdirector de Libertad Digital, editor de Liberalismo.org y Red Liberal y vocal del Instituto Juan de Mariana.

Nota: El autor autoriza a todo aquel que quiera hacerlo, incluidas las empresas de press-clipping, a reproducir este artículo, con la condición de que se cite a Libertad Digital como sitio original de publicación. Además, niega a la FAPE o cualquier otra entidad la autoridad para cobrar a las citadas compañías o cualquier otra persona o entidad por dichas reproducciones.

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