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Jesús Laínz

Alonso de Ercilla, bardo del Imperio

"Don Alonso de Ercilla/ tan ricas Indias en su ingenio tiene/ que desde Chile viene/ a enriquecer las musas de Castilla" (Lope de Vega).

"Don Alonso de Ercilla/ tan ricas Indias en su ingenio tiene/ que desde Chile viene/ a enriquecer las musas de Castilla" (Lope de Vega).
Alonso Ercilla

El diplomático, soldado y poeta Alonso de Ercilla y Zúñiga nació en Madrid en 1533 de progenitores oriundos de Bermeo. Aunque probablemente nunca pisara la tierra de sus ancestros y, evidentemente, no conociera la lengua vascongada, por escrito manifestaría el orgullo que sentía por sus raíces familiares, pues no en vano en aquella época no había prueba de más rancio abolengo que pertenecer a la incontaminada estirpe de Túbal. Su padre, el jurista sevillano Fortún García de Ercilla, al que no llegó a conocer, era miembro del Consejo Real con el emperador Carlos, lo que facilitó que el joven Alonso oficiase, desde sus tiernos quince años, de paje del príncipe heredero, el futuro Felipe II. A su servició recorrió durante años buena parte de Europa: Italia, Austria, Alemania y Bélgica. También acompañó al príncipe en su viaje a Inglaterra para contraer matrimonio con María Tudor.

Recibió una formación clásica centrada en la Biblia, la historia de Roma y los grandes poetas grecolatinos y renacentistas italianos, de entre los cuales Ariosto, con su Orlando Furioso, fue su mayor inspiración. Por otro lado, residió en Valladolid a partir de 1551, año en el que allí se celebró la trascendental controversia entre fray Bartolomé de las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda sobre la legitimidad de la conquista española de América. Y americano fue el episodio central de su vida, que inspiraría su inmortal legado literario: el gran poema épico en octavas reales La Araucana. Pues estando en Inglaterra recibió la noticia de la muerte de Pedro de Valdivia a manos de los mapuches o araucanos, ante lo que pidió al príncipe Felipe permiso para alistarse en la tropa que partiría hacia Chile a sofocar la rebelión.

Siete años, "los más floridos de mi vida", estuvo en tierras americanas, uno y medio de los cuales en campaña contra los indios. A su regreso escribiría el largo poema que editaría en tres partes a lo largo de veinte años. Éste es un breve fragmento sobre aquella cruenta guerra americana:

La rabia de la muerte y fin presente
crió en los nuestros fuerza tan extraña,
que con deshonra y daño de la gente
pierden los araucanos la campaña:
al fin dan las espaldas; claramente
suenan voces: ¡Victoria! ¡España! ¡España!

Los ecos de lo tratado en Valladolid entre Las Casas y Ginés de Sepúlveda resonarían en los versos de un Ercilla que, aun deplorando su salvajismo, siempre tuvo en alta consideración a sus enemigos indios, por su valor "digno del mayor loor del que yo le podré dar con mis versos" y por ser "pocos los que con tan gran constancia y firmeza han defendido su tierra contra tan fieros enemigos como son los españoles". Su admiración por ellos y su sentido de la justicia le llevaron incluso a criticar las actuaciones de los suyos que no le parecieron adecuadas. Por ejemplo, al relatar la ejecución por empalamiento del caudillo Caupolicán, en la que él no estuvo presente, nos dejó para siempre su protesta: "Si yo a la sazón allí estuviera, la cruda ejecución se suspendiera". He aquí, por cierto, los tremendos versos sobre el empalamiento:

No el aguzado palo penetrante
por más que las entrañas le rompiese
barrenándole el cuerpo, fue bastante
a que al dolor intenso se rindiese;
que con sereno término y semblante,
sin que labio ni ceja retorciese,
sosegado quedó de la manera
que si asentado en tálamo estuviera.

En el prólogo del poema explicó que había decidido escribirlo por

el agravio que algunos españoles recibirían quedando sus hazañas en perpetuo silencio, faltando quien las escriba, no por ser ellas pequeñas, pero porque la tierra es tan remota y apartada y la postrera que los españoles han pisado por la parte del Pirú, que no se puede tener della casi noticia.

Aunque el tema central fue, evidentemente,la guerra araucana, intercaló otros episodios coetáneos, como la batalla de San Quintín y la de Lepanto. Por lo que se refiere a esta última, en la que participó "la flor de juventud y gallardía de la nación de España", escribió versos de inspiración extraordinaria. Éstas son, por ejemplo, las primeras palabras de la arenga que puso en boca de don Juan de Austria al avanzar sobre la armada turca:

¡Oh valerosa compañía,
muralla de la Iglesia inexpugnable,
llegada es la ocasión, éste es el día
que dejáis vuestro nombre memorable!
¡Calad armas y remos a porfía,
y la invencible fuerza y fe inviolable
mostrad contra estos pérfidos paganos
que vienen a morir a vuestras manos!

Que quien volver de aquí vivo desea
al patrio nido y casa conocida,
por medio desa armada gente crea
que ha de abrir con la espada la salida;
así cada cual mire que pelea
por su Dios, por su Rey y por la vida,
que no puede salvarla de otra suerte
si no es trayendo al enemigo a muerte.

(…)

Hoy con su perdición establecemos
en todo el mundo el crédito cristiano,
que quiere nuestro Dios que quebrantemos
el orgullo y furor mahometano.
¿Qué peligro, ¡oh varones!, temeremos
militando debajo de tal mano?
¿Y quien resistirá vuestras espadas
por la divina mano gobernadas?

La batalla se decidió, como era costumbre en la época, en el enfrentamiento entre las naves capitanas de ambas escuadras. Así describió Ercilla el abordaje a la galera de Alí Pachá por parte de la Real, comandada por don Juan y su lugarteniente Luis de Requesens (cuya magnífica réplica, por cierto, se muestra en el Museo Marítimo de Barcelona):

Mas la real cristiana, aventajada
por el grande valor de su caudillo,
a puros brazos y a rigor de espada
abre recio en la turca un gran portillo
por do un grueso tropel de gente armada,
sin poder los contrarios resistillo,
entra con un rumor y furia extraña,
gritando: ¡Cierra! ¡Cierra! ¡España! ¡España!

Ávido de aventuras a pesar de sus cincuenta años, Ercilla participó en la campaña de las Azores bajo el mando de Álvaro de Bazán. Acerca de su victoria sobre la armada francesa en la batalla de la Isla Terceira (26 de julio de 1582) escribió un romance que concluyó con estos versos:

Mas, con gran furia a esta hora, que ya de cinco pasaban
que se comenzó el combate y duraba la batalla,
la fortuna de Felipe atropelló a la de Francia;
quel valeroso Marqués, a fuerza de pura espada,
venció de los enemigos la almiranta y capitana,
prendiendo a Felipe Estroci, que, en viéndole, rindió el alma.
Visto los demás franceses la victoria por España,
de los desmayados brazos se les cayeron las armas;
¡abren el paso los nuestros por medio de las gargantas!

Fallecido a los sesenta y un años en 1594, no pudo saber que Lope de Vega le elogiaría así en su Jardín de Apolo:

Don Alonso de Ercilla
tan ricas Indias en su ingenio tiene
que desde Chile viene
a enriquecer las musas de Castilla
.

Ni que Cervantes salvaría su obra de la quema de la biblioteca de don Quijote porque La Araucana está entre "las más ricas prendas de poesía que tiene España".

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