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Gibraltar sería de España

La fama de Barceló y la frustración popular por no haber conseguido expulsar a los británicos de Gibraltar inspiraron versos y coplas.

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Si el rey de España tuviera
cuatro como Barceló,
Gibraltar sería de España,
que de los ingleses no.

Así rezaba una coplilla muy celebrada allá por las décadas finales del siglo XVIII. Su protagonista fue Antonio Barceló y Pont de la Terra, marino mallorquín que, desde su plebeya cuna, llegaría a las más altas responsabilidades de la Armada española de aquella época.

Nació en 1717 en Galilea, pueblo cercano a Palma, predestinado a las cosas de la mar, pues su padre, Onofre Barceló, era el patrón de un jabeque dedicado al transporte y el correo entre las islas y la península del que se hizo cargo el joven Antonio cuando aquél murió, en 1735.

En aquella época los piratas norteafricanos infestaban el Mediterráneo asaltando los buques mercantes y saqueando las costas europeas en busca de riquezas y de mujeres para ser vendidas en los harenes mahometanos, lo que provocaba continuas alarmas en los habitantes de las localidades costeras, que debían apresurarse a buscar refugio en el interior en cuanto se encendían las señales de las torres de vigilancia erigidas por todo el litoral, algunas de las cuales han llegado hasta nuestros días.

Durante medio siglo Barceló se enfrentó en sangrientos combates con todo tipo de embarcaciones piratas, y su nombre es hoy recordado, además de por otras luchas contra los enemigos de España –principalmente los ingleses en Gibraltar–, por su descollante papel en la eliminación de esta plaga. Entre bombardeos y abordajes, recibió numerosas heridas, como un balazo que le cruzó el rostro rompiéndole varios dientes y una notable sordera por su exposición al estruendo de la artillería.

La embarcación en la que desarrolló toda su carrera fue el jabeque, navío de tres palos y velas triangulares que podía llegar a pesar 680 toneladas y embarcar hasta treinta y ocho cañones. Por su porte medio, era muy maniobrable en las aguas someras del Mediterráneo.

En aquellas largas décadas de lucha contra la piratería berberisca Barceló apresó o hundió decenas de buques enemigos, hizo miles de prisioneros y liberó a grandes cantidades de cautivos cristianos. Sus constantes méritos de guerra le llevaron a ascender paulatinamente en la escala de la Armada hasta alcanzar el grado de teniente general, caso insólito en quien, como plebeyo que era, no disfrutaba de los privilegios con los que contaban los marinos de noble familia. Tal circunstancia no dejó de provocar las envidias y burlas de quienes, aun con menor valía, le miraban desde las alturas de sus aristocráticas cunas.

Así compararon unos versillos de aquellos días al muy popular y respetado capitán Toni –como le apodaban cariñosamente en su tierra– con otros marinos coetáneos:

Ulloa, gran escritor. / Córdoba, gran santulario.
Castejón, gran perdulario. / Gastón, gran pompa exterior.
Arce, muy grande orador. / Ponce, grande presumido.
Casteny, grande en el vestido. / Todos grandes en hablar,
pero para pelear / ni lo serán ni lo han sido.
Barceló no es escritor, / ni finge ser santulario,
ni traza de perdulario, / ni lleva pompa exterior.
Persuade y no es orador, / su aseo no es presumido,
va como debe ir vestido, / fía poco en el hablar,
mas si llega a pelear / siempre será lo que ha sido.

Además de su lucha contra la piratería en el mar, también participó destacadamente en el ataque a sus bases en tierra, en concreto en las tres expediciones contra Argel. En 1775, una escuadra de medio centenar de navíos de diverso porte transportó y cubrió con su artillería el desembarco de una tropa de casi veinte mil hombres al mando del general O'Reilly. Pero la tenaz defensa argelina causó cinco mil bajas y forzó la retirada del ejército atacante. Barceló, acercando a la orilla la flota de jabeques de la que era comandante para cubrir el reembarco con su artillería, consiguió mantener a raya a la caballería argelina, con lo que evitó que la operación acabase en catástrofe.

Pasaron los años y, estallada la guerra contra Inglaterra en 1779, se le encargó el mando de la escuadra sitiadora de Gibraltar. Barceló ideó para la ocasión una nueva embarcación que sería muy utilizada en las décadas siguientes: las lanchas cañoneras. Éstas eran unas embarcaciones ligeras, de cincuenta y seis pies de eslora por dieciocho de manga, diseñadas para embarcar una pieza de artillería servida por treinta hombres. Fueron bastantes los que opinaron que las lanchas serían demasiado livianas para soportar el peso y el retroceso de los cañones, pero Barceló acertó: su movilidad les permitía acercarse hasta la misma orilla para disparar desde distancias muy cortas y su pequeño tamaño les hacía casi invulnerables a la artillería de tierra británica.

Tras el fallido sitio de Gibraltar, volvió Barceló –ya como teniente general– a enfrentarse con sus viejos enemigos argelinos. En 1783 se organizó de nuevo una escuadra destinada a atacar el principal centro de actividad pirata. Entre el medio centenar de navíos participantes se encontraron diecinueve lanchas cañoneras. La escuadra española, a cambio de muy pocos daños, provocó enormes destrozos en las fortificaciones, buques y artillería de Argel, así como grandes pérdidas humanas. Barceló se había resarcido del fracasado desembarco de ocho años atrás.

Un año más tarde dirigió una nueva incursión contra la capital argelina, esta vez con la colaboración de navíos napolitanos, malteses y portugueses. De nuevo se consiguió una gran victoria con escasas bajas en la flota cristiana. Concluida la campaña y deseoso de continuar la ofensiva, dirigió esta carta a Carlos III ofreciéndose para nuevas acciones contra los norteafricanos:

Señor, en el dilatado tiempo que he tenido el honor de servir a Vuestra Majestad, sólo ha sido mi objeto atender al lustre de las Reales Armas, al bien del Estado y de la Patria, de que he dado algunas felices pruebas, y esta misma idea es la que yo deseo continuar para conseguir el escarmiento de los infieles que infectan nuestras costas.

Pero ante la amenaza de un nuevo ataque español, las autoridades de Argel y Túnez se plegaron a firmar un tratado que puso fin de modo casi definitivo a las acciones piratas en aguas mediterráneas y que posibilitó el extraordinario desarrollo que experimentaría el comercio marítimo en Cataluña y Levante a partir de entonces. A Barceló se le otorgó, en premio a sus éxitos, la Gran Cruz de Carlos III.

La fama de Barceló y la frustración popular por no haber conseguido expulsar a los británicos de Gibraltar siguieron inspirando versos y coplas:

Cuando no haya en la Marina
polvos, rizos ni pomada,
cuando el capitán ilustre
Barceló enemigos no haya,
cuando se premie el valor
y se castigue la falta,
cuando veamos volver
a Aranda de su embajada,
entonces, Carlos Tercero,
será Gibraltar de España.

Ya septuagenario y retirado a su Mallorca natal, Barceló recibió en 1792 la orden de atacar Tánger en ayuda de la cercada Ceuta. Finalmente, debido a negociaciones con los marroquíes, no se realizó el ataque, para disgusto de un Barceló que escribió varias cartas al rey lamentando no aprovechar la oportunidad para atacar al enemigo:

Como autor de las lanchas cañoneras, nadie sabrá darles el valor que tienen mejor que yo; y siendo su manejo inmediato, el puesto más arriesgado es el que yo apetezco en servicio de Vuestra Majestad y honor de la Nación.

Tras una larga vida de servicio, Barceló falleció en Mallorca el 30 de enero de 1797. Tres siglos después, en Andalucía, cuando se quiere ponderar la valentía de alguien, se sigue diciendo que "es más valiente que Barceló por la mar".

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