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Jesús Laínz

'Una carn e una sang'

La primera enunciación de una voluntad imperial española, dos siglos antes de Carlos V, obra de un catalán.

Jesús Laínz
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La primera enunciación de una voluntad imperial española, dos siglos antes de Carlos V, obra de un catalán.
Jaime I

Tras el derrumbamiento del reino visigodo como consecuencia de la invasión musulmana, en la Cordillera Cantábrica y los Pirineos fueron surgiendo los centros de resistencia de una vieja Hispania que se negó a desaparecer. Porque, a pesar de la fragmentación, hoy se olvida interesadamente lo que unía a aquellos reinos: un origen étnico común debido a la fusión de las poblaciones –hispanos, romanos, germanos– que aquí habían habitado desde tiempos prerromanos hasta el siglo VIII; un origen político común, pues llevaban siglos formando parte de una única comunidad política, primero como provincia romana y después como reino visigodo; una común herencia cultural de la romanidad; una tradición jurídica común –el Liber Iudiciorum y su posterior traducción romance, el Fuero Juzgo– que no sólo estuvo vigente en todos los reinos cristianos, sino que también siguió rigiendo la comunidad mozárabe muchos siglos después de la conquista musulmana; una religión común, el cristianismo, factor identitario esencial por encima de cualquier otro; una común conciencia de ser los herederos del reino desaparecido en Guadalete; y una tarea histórica común, la lucha contra el Islam.

Evidentemente los reinos cristianos no siempre disfrutaron de paz entre sí, y lucharon entre ellos por ambiciones de los reyes, por conflictos territoriales y por la hegemonía, pero siempre pervivió, por encima de esas pugnas, la idea de ser todos herederos de una España perdida en el año 711 que todos estaban obligados a recuperar. Los monarcas cristianos celebraron numerosos tratados para repartirse las tierras ganadas a los musulmanes, y, lo que es más significativo, las que estaban aún por ganar, lo que demuestra su conciencia de estar embarcados en una tarea común.

El lamento por la España perdida fue compartido por todos los españoles, de una punta a la otra de la península. Por ejemplo, el catalán Pere Tomich, autor de la primera mitad del siglo XV, escribió sobre Don Rodrigo y el conde Julián:

Ab lurs enormes peccats perderen, ¡o, dolor!, la Espanya: los comtes e reys ab lurs inmortals virtuts la recobraren.

Jaime I el Conquistador, en la Crónica de su reinado que él mismo escribió, se expresó del siguiente modo a sus barones sobre su colaboración en beneficio del reino de Castilla:

Car nos ho fem la primera cosa per Deu, la segona per salvar Espanya, la terça que nos e vos haiam tan bon preu e tan gran honor que per nos e per vos sia salvada Espanya.

Sobre su padre escribió que "fo lo pus franch Rey que anch fos en Espanya"; y sobre su reino, que "es lo meylor Regne de Espanya". Y al salir en Lyon del concilio en el que se había ofrecido para ir en cruzada a Oriente, dijo a sus barones que ya podían irse porque "huy es honrada tota Espanya".

Bernat Desclot, otro de los grandes cronistas catalanes de los siglos XIII y XIV, nos ha dejado el testimonio de que, ante la invasión del ejército francés, los barones catalanes, impacientes, hicieron saber a Pedro III que deseaban luchar y no esperar en las ciudades como si fuesen mercaderes, porque de lo contrario quedaría "ahontada e menyspreada tota la cavalleria de Spanya". Desclot nos transmitió también cómo se presentó el Conde de Barcelona ante el emperador de Alemania al acudir a defender con su espada el honor de la emperatriz acusada: "Senyor, yo son hun cavaller de Spanya". Y ante la emperatriz: "Yo son hun compte de Spanya a qui dien lo compte de Barcelona". Finalmente, concluyó el relato de la vida de Pedro III recordando que a su muerte le lloraron

lo mes que hanch rey que fos estat en Espanya.

El tercer gran autor de aquel tiempo, Ramón Muntaner, famoso soldado e historiador, compañero de Roger de Flor en la expedición de los almogávares a Oriente, escribió palabras que hoy desconciertan a quienes quieren imaginar antiguas conciencias nacionales catalanas. Por ejemplo, de Iacme de Xirica, sobrino del rey de Aragón, dijo Muntaner que "fo dels mellors barons e del pus honrats d'Espanya".

Y de su pluma nos ha llegado la mejor explicación de la solidaridad política que, por encima de ambiciones y enfrentamientos, inspiró a todos los monarcas medievales españoles, cuando en su Crónica reclamó una política conjunta de todos los reyes "de Espanya, qui son una carn e una sang", haciendo lo cual "poc dubtaren tot l'altre poder del món". La primera enunciación de una voluntad imperial española, dos siglos antes de Carlos V, obra de un catalán.

Llegados ya al siglo XV, el obispo gerundense Juan Margarit enalteció la terminación de la Reconquista, que había acabado con la presencia musulmana que había causado "en el gran reino de España tanto oprobio y daño". Y sobre los Reyes Católicos escribió:

Con vuestro enlace matrimonial habéis devuelto [a España] aquella unidad que desde los tiempos de los romanos y de los visigodos había perdido.

Se podrían llenar decenas de páginas con testimonios similares, pero su relación exhaustiva se escapa a las posibilidades e intención de estas líneas. Pero baste con esto para probar, contra lo difundido por los eternamente falsarios separatistas, que en la Edad Media todos los españoles, a pesar de la fragmentación en reinos, se supieron una sola gente.

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