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Pedro Fernández Barbadillo

España rompe con París y Londres para apoyar a Alemania

El único apoyo para la reunificación que recibió Kohl de un gobernante importante de un país europeo fue el de Felipe González.

Pedro Fernández Barbadillo
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El único apoyo para la reunificación que recibió Kohl de un gobernante importante de un país europeo fue el de Felipe González.

Un principio de las relaciones exteriores españolas elaborado en el siglo XIX, cuando España dejó de ser una potencia de primer orden, es el de la supeditación a Inglaterra y Francia. Se sigue a París y Londres si éstos se ponen de acuerdo en un asunto concreto; y, si no lo hacen, España se abstiene.

El franquismo liberó a España de la tutela franco-británica, a cambio de la alianza con Estados Unidos, que tuvo sus altibajos. Por ejemplo, Madrid no dio permiso a Washington para emplear las bases conjuntas para aprovisionar a Israel durante la Guerra del Yom Kipur (1973) y Washington presionó a favor de la entrega de la provincia española del Sáhara a Marruecos (1975).

Con la democracia, los Gobiernos de UCD y el PSOE volvieron a la tradicional supeditación a Londres y, sobre todo, París. El presidente francés Valéry Giscard d’Estaing padeció el síndrome de Luis XIV y trató de arrogarse la tutela sobre el rey Juan Carlos. Con el socialista François Mitterrand en la presidencia de la república francesa desde 1981, la sumisión del Gobierno de Felipe González y de los medios de comunicación progresistas (El País) a París, al menos en los primeros años 80, fue indescriptible. Aparte de los mecanismos de presión de que disponía Francia (el santuario para los etarras, Marruecos, las relaciones comerciales y el acceso a Europa), Mitterrand había apoyado a González en la Transición, frente a otros socialistas.

Sin embargo, González fue capaz de romper esa cadena al menos en un asunto: la reunificación de Alemania.

Relación privilegiada entre González y Kohl

Helmut Kohl (CDU) ascendió a la cancillería alemana días antes de que el PSOE ganase con mayoría absoluta las elecciones de 1982. Con él, reconoce González (El futuro no es lo que era), "desde el año 83, empezó a funcionar una relación privilegiada".

España ingresó en el Mercado Común Europeo en 1986, y desde 1988 hubo una "coordinación discreta" que condujo al establecimiento de un "enlace permanente" entre la presidencia de la república francesa, la cancillería alemana y la presidencia española. En los Consejos Europeos, el presidente de la Comisión, Jacques Delors, se enfrentaba con la primera ministra Margaret Thatcher, y cuando el primero había agotado sus argumentos González, Mitterrand y Kohl se relevaban en el ataque a la británica.

Cuando en 1989 el desmembramiento del bloque socialista hizo que existiese la posibilidad de la reunificación de Alemania, todos los vecinos de ésta se opusieron a los planes de Kohl y su ministro de Asuntos Exteriores, Hans-Dietrich Genscher: Bélgica, Holanda, Polonia, Dinamarca, y por supuesto Francia y el Reino Unido.

El alemán tenía que convencer a las cuatro potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial de que sus intenciones eran pacíficas. Mitterrand y Thatcher eran los más opuestos a la reunificación; incluso hablaron varias veces entre ellos para tratar de pararla o, al menos, condicionarla. El único apoyo que recibió Kohl de un gobernante importante de un país europeo fue el de Felipe González. Así lo reconoció el alemán (Yo quise la unidad de Alemania):

Creo que en esa época únicamente el presidente del gobierno español, Felipe González, y el jefe del gobierno irlandés, Charles Haughey, estaban a favor de la unidad alemana sin ningún tipo de reticencia.

Al poco de abrirse el Muro, Kohl telefoneó a los principales líderes políticos y Felipe González, según dijo,

me aseguró que podía contar en todo momento con su ayuda, sobre todo cuando fuera necesario elaborar una actitud europea global. Tras darle las gracias, le dije que valoraba mucho ese gesto de amistad.

El Fondo de Cohesión

González (prólogo a Yo quise la unidad de Alemania) reconoce que el respaldo que le dio a Kohl fue más de moral y legitimidad:

Desde el primer momento estuve con él, consciente de que nuestro papel como país no era decisivo, como el de EEUU, la URSS, Francia o Inglaterra. (…) Pero también sabía (…) que para él tenía cierta importancia que sus amigos comprendieran lo que quería hacer.

Pero ¿recibió algo España de este apoyo a la reunificación alemana? La respuesta es que sí.

En el Consejo Europeo de Maastricht, celebrado en diciembre de 1991, se puso en marcha la Unión Económica y Monetaria. El canciller Kohl intervino para defender la creación del Fondo de Cohesión (1994), que financiaría proyectos y obras en los países de la UE menos desarrollados. El mayor perceptor en los primeros años de su existencia fue España.

De esta manera, España fue un factor de cierta importancia en uno de los acontecimientos políticos más espectaculares del siglo XX y obtuvo beneficios.

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