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Pedro Fernández Barbadillo

1939: antes una España neutral que una URSS aliada

La torpeza de Berlín y Roma consiguió que los británicos obtuvieran la neutralidad de España y la alianza de la URSS.

Pedro Fernández Barbadillo
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La torpeza de Berlín y Roma consiguió que los británicos obtuvieran la neutralidad de España y la alianza de la URSS.
Churchill, primer ministro desde mayo de 1940, quería la neutralidad de España en la II GM | Wikipedia

Los españoles practicamos con fruición el masoquismo intelectual, nos gusta rebajar nuestros méritos y triunfos, a la vez, que agrandar nuestros errores y aceptar las leyendas negras que de nosotros elaboran en el extranjero. Sin embargo, España, además de ser una de las pocas naciones sin las que no se entiende la historia del mundo, suele ser mucho más importante en el concierto internacional de lo que puede deducirse ante las omisiones de la política exterior que hacen los oradores en el Congreso, sean del Gobierno o de la oposición.

Sólo con la geografía, España ya es un elemento capital en la política mundial. Uno de los almirantes que forjaron la Armada británica dueña de los mares en el siglo XIX, John Fisher, afirmó que el mundo lo cerraban cinco llaves: Singapur, el Cabo de Buena Esperanza, Alejandría (el Canal de Suez), Gibraltar y Dover (el Canal de La Mancha). Todas ellas entonces estaban bajo control británico.

Uno de los pocos presidentes que ha mencionado la palabra geopolítica en el Congreso fue Adolfo Suárez, en un discurso en 1979:

España ocupa una posición geoestratégica de primera magnitud y una posición geobloqueante (sic), también de primera magnitud, sobre todo en el Sur, en el flanco sur de la Alianza Atlántica; que la cobertura del mundo occidental europeo pasa por Madeira, Azores, Canarias, estrecho de Gibraltar y Baleares, y ciertamente eso nos afecta de manera muy sustancial.

Francia quiere reconciliarse con Franco

El poder de la geografía se comprueba en el derrotero de España en la Segunda Guerra Mundial. Al acabar la guerra civil en 1939, España estaba destrozada. Sólo tenía militares bregados y su posición geoestratégica, pero en una inminente guerra europea podía desequilibrar la balanza en favor de los Aliados o del Eje. Por ello, los posibles contendientes empezaron a moverse en la Península.

Por ejemplo, ya en 1938, Londres, vulnerando de nuevo el Tratado de Utrecht, había construido un aeropuerto en Gibraltar. El Gobierno francés de izquierdas, que había apoyado al Frente Popular español durante la guerra (incluso planeó la invasión de Cataluña en marzo de 1938), estaba tan asustado por la victoria de los nacionales que el 2 de marzo de 1939 envió como embajador al mariscal Philippe Petain con la misión de persuadir al general Franco de que no se uniese a Berlín y Roma, porque, de lo contrario, Francia tendría tres fronteras enemigas. Y Alemania e Italia trataron de controlar la economía española, sobre todo la producción de minerales.

En estas circunstancias, el Reino Unido había comenzado su rearme, sobre todo el aéreo (en los años anteriores lo había impedido el partido laborista), al que habían contribuido las sesgadas crónicas del periodista George Steer sobre el bombardeo de Guernica publicadas por The Times.

En el siglo XVIII, con España y Francia retrocediendo, los ingleses se dedicaron a su juego favorito en política exterior, el de formar alianzas contra los poderes ascendentes en Europa, fuesen los franceses, los rusos o los alemanes. Un elemento fundamental en esta estrategia era el de contar con un ejército en el continente. En 1939, frente al III Reich, ¿sería suficiente el ejército francés o se necesitaría también al soviético?, ¿y qué otras alternativas tenía el Gobierno de Londres?

España en la Primera Guerra Mundial no fue necesaria para la guerra para ninguno de los dos bandos. Además, desde que en marzo de 1916, Portugal declaró la guerra a los Imperios Centrales, España quedó rodeada por miembros de los Aliados. En la Segunda Guerra Mundial, la situación cambió, ya que España tuvo en sus fronteras durante cuatro años (entre junio de 1940 y julio de 1944) a los dos bandos.

Las consecuencias de una España enemiga

El 10 de mayo de 1939, con la guerra española concluida, con Albania ocupada por Italia y con los diplomáticos de las principales potencias cortejando a Stalin, los jefes del Estado Mayor Imperial remitieron al Gobierno presidido por Neville Chamberlain un informe en el que evaluaban las consecuencias que tendría, en caso de guerra, una España enemiga y una URSS aliada. (El informe lo cita Fernando Paz en su reciente libro La neutralidad de Franco).

Una España aliada con el Eje y armada por ésta, amenazaría la colonia británica de Gibraltar (lo que acarrearía el cierre del Mediterráneo occidental), atacaría desde su territorio con submarinos y aviones el sur de Francia y los convoyes en el Mediterráneo y el golfo de Vizcaya, y hasta podría invadir Portugal.

El peor escenario para el alto mando británico era el de la URSS aliada con el Eje, lo que ocurrió entre la firma del pacto nazi-soviético en agosto de ese año y la Operación Barbarroja, de junio de 1941.

Pero la enemistad de España podía ser más perjudicial para los británicos que la neutralidad de la URSS: "Las ventajas de una alianza con Rusia no compensarían las desventajas de la hostilidad abierta de España", dice el informe.

Winston Churchill, primer ministro desde mayo de 1940, quería la neutralidad de España, y con esa instrucción envió a Samuel Hoare como embajador ante Franco. Por el contrario, una vez que Inglaterra proseguía la guerra, Hitler y Mussolini querían que España se les uniese.

Ambos bandos recurrieron a los halagos, las amenazas y las injerencias en la política interna española, pero lo decisivo fue la voluntad de Franco de mantener a España fuera de la guerra.

La torpeza de Berlín y Roma consiguió que los británicosobtuvieran la neutralidad de España y la alianza de la URSS. El resultado de la Segunda Guerra Mundial lo conocemos todos.

En los años siguientes al fin de la guerra, España permaneció aislada. Tanto Londres como París pretendían recuperar la tradicional supeditación de Madrid a sus intereses; pero la situación geográfica y el expansionismo comunista convirtieron a España en un socio imprescindible para la potencia que estaba sustituyendo al Reino Unido y a Francia en la cabeza de Occidente,Estados Unidos.

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