Menú
Jesús Laínz

Baroja contra los toros

A través de un álter ego, Baroja vinculó la pasión torera con la decadencia moral que había desembocado en el Desastre del 98.

Jesús Laínz
0
A través de un álter ego, Baroja vinculó la pasión torera con la decadencia moral que había desembocado en el Desastre del 98.

En la España de las décadas finales del siglo XIX y primeras del XX fue muy vivo el debate entre partidarios y detractores de las corridas de toros, faceta central del debate más extenso sobre lo que se llamó el flamenquismo.

Sus opositores sostenían que la moda flamenquista era una lamentable meridionalización de la imagen, las costumbres y la cultura de España que sólo podía conducir a su decadencia. Los partidarios, por el contrario, lo consideraban la más depurada manifestación del alma colectiva española. Aparte de la dimensión estrictamente cultural, el asunto tuvo gran influencia en el surgimiento del rechazo a eso que se denominó España cañí, ingrediente no desdeñable en el nacimiento y desarrollo de los separatismos septentrionales.

El más activo antiflamenquista fue el madrileño Eugenio Noel, que dedicó cientos de páginas a lo que consideró el deber patriótico de librar a España de lo que tuvo por enfermedad nacional. Por ejemplo, para Noel las plazas de toros son "universidades de la desfachatez, del entusiasmo escapado de una casa de fieras o de orates". Fechó el origen de la moda torera en la Real Cédula de Fernando VII instauradora de la Real Escuela de Tauromaquia de Sevilla, y su periodo de mayor intensidad, en las décadas transcurridas desde 1860, época en la que los periódicos, ocupados en la actualidad taurina más que en asuntos de verdadera importancia, "rivalizan en la sana y cultural tarea de embrutecer al pueblo", desencadenando sobre España "una tromba de torería infernal".

¿Quieres leer el artículo completo?

Y de paso navegar sin publicidad
HAZTE SOCIO