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Jesús Laínz

Algo huele a chamusquina en Dinamarca

El recuerdo de aquellos españoles sigue vivo en Dinamarca. Andersen escribió que mientras que los soldados franceses se caracterizaban por su altanería, los españoles eran "bondadosos y amables".

Jesús Laínz
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El recuerdo de aquellos españoles sigue vivo en Dinamarca. Andersen escribió que mientras que los soldados franceses se caracterizaban por su altanería, los españoles eran "bondadosos y amables".

Tres añitos recién cumplidos tenía Hans Christian Andersen cuando un recio soldado español le alzó en brazos para besarle y bailar con él. Aquel soldado y sus compañeros de cabellos oscuros constituyeron los primeros recuerdos infantiles del futuro padre de la sirenita.

Pero ¿qué hacían aquellos españoles en la lejana Dinamarca en aquella primavera de 1808? Pues colaborar con sus aliados franceses en el bloqueo continental contra Gran Bretaña, el enemigo común que tres años antes había derrotado a la escuadra franco-española en Trafalgar. La alianza venía desde que Carlos IV firmara el Tratado de San Ildefonso con la Francia revolucionaria en 1796, y su consecuencia más importante y trágica fue la aportación de navíos y tropas por parte de una España que acabaría siendo traicionada e invadida por Napoleón.

Éste exigió al Gobierno español el envío de una división al Báltico para colaborar en el bloqueo, evitar desembarcos británicos en esa zona y preparar la invasión de Suecia, aliada de la pérfida Albión. Además, de este modo Napoleón conseguía alejar de España unos cuantos miles de soldados experimentados para menguar la resistencia militar española en el momento en el que desencadenara la invasión. La aportación española fue una fuerte división de quince mil hombres, doce mil de infantería y tres mil de caballería, con su correspondiente artillería. Como comandante fue nombrado Pedro Caro y Sureda, Marqués de la Romana, y como segundo el afrancesado Juan Kindelán. Ellos y sus tropas se encontraban bajo el mando del mariscal Bernadotte, Príncipe de Pontecorvo, furibundo revolucionario regicida que acabaría sentándose pocos años después en el trono de Suecia y fundando la dinastía hoy reinante en este último país.

El Gran Corso tuvo buen cuidado de mantener las unidades españolas separadas para evitar una acción conjunta en el caso de rebelión ante la invasión de España que tenía planeada, como efectivamente sucedió. Y desde el motín de Aranjuez ordenó que se cortase la correspondencia a las tropas españolas y se filtrase la información que pudiera llegar a ellas. Pero, a pesar de todo, algunas cartas que consiguieron llegar y la lectura de la prensa francesa y danesa fueron encendiendo las sospechas en unos soldados cada día más excitados contra unos aliados franceses por los que, como también relató Andersen, profesaban gran antipatía.

La rocambolesca proclamación de José Bonaparte como rey de España y los hechos del 2 de mayo acabaron siendo conocidos por los españoles, que inmediatamente comenzaron a tramar la escapada para incorporarse a la lucha de sus compatriotas contra el invasor. Además, se presentó ante la Romana James Robertson, sacerdote escocés disfrazado de comerciante de tabaco y chocolate. Su misión era informarle de la situación de España y de la nueva alianza firmada con Gran Bretaña, cuyo Gobierno le enviaba para acordar con los mandos españoles su embarque en la escuadra británica que habían tenido la ocasión de avistar en varias ocasiones frente a las costas danesas. Para vencer las probables sospechas del general español hacia quien hubiera podido ser un agente napoleónico enviado para informarse sobre el grado de lealtad de las tropas españolas, Robertson recitó al marqués unos versos del Mío Cid sobre los que el embajador de Inglaterra en Madrid, John Hookhman Frere, buen amigo de la Romana, había conversado largamente con él en años pasados.

Los acontecimientos iban a acelerarse. El 22 de julio Bernadotte hizo llegar a los comandantes de los regimientos españoles la orden de prestar juramento de fidelidad a José Bonaparte. En vez de hacer llegar la orden al Marqués de la Romana para que éste, siguiendo el orden jerárquico militar, la hubiese hecho llegar a sus subordinados, el astuto Bernadotte la envió directamente a cada uno para así ganar tiempo y evitar acciones comunes.

Pero aquí comenzaron los problemas para los franceses, pues los soldados españoles se rebelaron con unanimidad a pesar de no estar informados de lo que sucedía en las demás unidades. Por ejemplo, los dragones de Almansa, en cuanto se comenzó la lectura de la orden del juramento, comenzaron a gritar: "¡Muera Napoleón! ¡Viva Fernando VII!". Los soldados del tercer batallón de la Princesa rompieron filas, rodearon la bandera española y fijaron la vista en ella en tenso y largo silencio, tras el cual un cabo, saliéndose de la fila y cuadrándose ante la Romana, le dijo:

–Mi general: mi compañía no jura ni a José ni a otro alguno, sino a esa bandera, pues en llegando a España veremos a quién representa.

El segundo batallón de la Princesa juró sólo lo que la nación española reconociese y jurara, al igual que el regimiento de Villaviciosa. El regimiento de Barcelona, compuesto por soldados catalanes, se negó a prestar el juramento y se dispersó por un bosque, del que hubo que sacarlo con gran trabajo. Finalmente obligado a jurar, lo hizo mientras su banda tocaba una marcha fúnebre. Similar resistencia presentó el otro cuerpo integrado por catalanes, el Regimiento de Voluntarios de Cataluña, que sólo juró con las citadas condiciones de aceptación por parte de toda la nación española.

Precisamente un voluntario catalán precipitaría los acontecimientos. En los primeros días de agosto el capitán Francisco Vives consiguió que el subteniente Fábregues fuera enviado a Zelandia a entregar unos papeles al general Fririon. De regreso a Langeland, embarcó en una lancha danesa. Una vez lejos de la costa, amenazó a los marineros de muerte si no le conducían hacia la escuadra británica. Se impuso a sablazos y logró su objetivo.

Entre las noticias traídas por Fábregues y la situación insostenible de sus tropas, la Romana tomó por fin la decisión de organizar la fuga. Envió mensajeros hacia todos los regimientos con las instrucciones de reunirse en la isla de Langeland, en la que los Voluntarios de Cataluña irían preparando lo necesario para el control del territorio y el embarque. Protegida su retaguardia por trescientos catalanes emboscados, el 21 de agosto embarcaron diez mil soldados en los buques ingleses que los entregarían en Santander, ciudad que se iluminó y repicó sus campanas durante tres días.

De un total de quince mil soldados, dos tercios habían conseguido su objetivo. Los restantes cinco mil quedaron prisioneros de los franceses en gran medida debido a la delación de Kindelán, sinceramente convencido de que la obligación de los soldados españoles era reconocer a José Bonaparte como rey. Los soldados que allí quedaron participarían en las campañas napoleónicas, de Alemania a Moscú, durante los seis años que aún faltaban para Waterloo. Muy pocos consiguieron regresar a España.

Apenas desembarcados, los soldados de Dinamarca participaron en las acciones de Pancorbo y Valmaseda, así como en la sangrienta batalla de Espinosa de los Monteros, donde fueron gravemente derrotados por el ejército francés.

El recuerdo de aquellos españoles sigue vivo en Dinamarca. Andersen escribió que mientras que los soldados franceses se caracterizaban por su altanería, los españoles eran "bondadosos y amables".

En 2008, con motivo del bicentenario de aquellos trepidantes acontecimientos, varios museos daneses organizaron la exposición Cuando los españoles llegaron: un encuentro cultural en 1808. Su coordinador, el historiador Henning Petersen, señaló que los españoles fueron y siguen siendo recordados por la población local como gente "alegre, educada y musical":

Nunca entraron en combate, sólo estuvieron estacionados, fueron los primeros soldados extranjeros que no arrasaron el país. Vivían entre la gente, se comportaban de forma familiar, aceptaban sin remilgos la comida local, no como franceses y belgas; jugaban con los niños, tocaban la guitarra y hacían fiestas.

E incluso enseñaron a los paisanos daneses a fumar tabaco liado, aliñar ensalada y cocinar con ajo, lo que no es moco de pavo.

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