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Visca Cuba lliure!

Para miles de catalanes, tras el Desastre de 1898 Cuba había pasado de ser la odiada provincia separatista a un referente envidiado.

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Si Cervera y Montojo no hubieran hecho el ridículo en Santiago y Cavite, hoy no habría separatismos en España. La cosa es así de sencilla. Pues sin el derrumbamiento estrepitoso de los restos del otrora inmenso imperio español en el mismo momento en el que los demás países de la Europa occidental construían los suyos, las reivindicaciones descentralizadoras y la recuperación de las lenguas regionales jamás habrían desembocado en el ansia de separación. Así lo confesarían más tarde los dirigentes de los movimientos separatistas de todas las regiones españolas donde surgieron: sin el abrumador desprestigio de España por el Desastre del 98, los separatistas habrían seguido siendo los mismos cuatro alucinados resentidos a los que nadie había hecho caso hasta aquel momento.

Para muchos miles de catalanes, sobre todo los encuadrados en la burguesía industrial, de la noche a la mañana Cuba había pasado de ser la odiada provincia separatista, traidora a España, a la que no había que conceder ni una pizca de autonomía, a modelo envidiado de la autonomía, e incluso de la secesión, que comenzaron a desear para Cataluña. Pero hasta aquel trágico momento los únicos que se habían alegrado de los éxitos de los separatistas cubanos habían sido los muy escasos militantes catalanistas.

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