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Pedro Fernández Barbadillo

Luisa de Carvajal, la mística que fue a buscar martirio a Londres

He aquí una española del Siglo de Oro que hizo lo que quiso en su vida, sin que ningún hombre le fijase una conducta.

Pedro Fernández Barbadillo
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He aquí una española del Siglo de Oro que hizo lo que quiso en su vida, sin que ningún hombre le fijase una conducta.
Luisa de Carvajal | Wikipedia

Como requisito de estilo, cada vez que se escribe un perfil sobre una mujer hay que añadir cuánto sufrió ésta por su sexo o cómo la hegemonía masculina le impidió desarrollar sus facultades.

El feminismo rampante está empeñado en dividir la historia por sexos y presentar al femenino permanente sometido por el masculino. Hoy presentaremos a una española del Siglo de Oro que hizo lo que quiso en su vida, sin que ningún hombre le fijase una conducta.

Luisa Carvajal y Mendoza nació en 1566 en Jaraicejo (Cáceres) y en el seno de una familia noble. Su padre fue corregidor de la ciudad de León y su madre era hermana del primer Marqués de Almazán. A los seis años quedó huérfana y pasó a vivir con su tía María Chacón, aya de las infantas Isabel Clara Eugenia y Catalina Micaela, las inteligentes hijas de Felipe II y de Isabel de Valois. En 1576, nueva muerte, de su tía, y viaje a Pamplona, para reunirse con su tío Francisco Hurtado de Mendoza, el marqués.

Con quince años, rechazó toda propuesta matrimonial, debido, entre otras razones, a su vocación religiosa. Consiguió que su tío le permitiese vivir desde 1591 en casa independiente con unas criadas. Al año siguiente falleció también el Marqués de Almazán y, ya con 26 años, Luisa fue plenamente capaz de tomar sus decisiones.

Votos de pobreza, obediencia y martirio

Reclamó su herencia paterna a su hermano, con el que pleiteó, y la donó a la Compañía de Jesús a la fundación de un noviciado para enviar jesuitas a Inglaterra, donde Isabel I perseguía de manera encarnizada a los católicos. A partir de entonces, vivió en una pequeña casa de la Calle de Toledo (Madrid) con sus criadas en situación de igualdad. En 1593, hizo voto de pobreza; en 1595, de obediencia; y en 1598, de martirio.

En su poesía mística hay composiciones al martirio, como ésta:

Esposas dulces, lazo deseado,
ausentes trances, hora victoriosa,
infamia felicísima y gloriosa,
holocausto en mil llamas abrasado.

Di, Amor, ¿por qué tan lejos apartado
se ha de mí aquesta suerte venturosa,
y la cadena amable y deleitosa
en dura libertad se me ha trocado?

¿Ha sido, por ventura, haber querido
que la herida que al alma penetrada
tiene con dolor fuerte desmedido,

no quede socorrida ni curada,
y, el afecto aumentado y encendido,
la vida a puro amor sea desatada?

En la España de entonces, el sentimiento religioso arrebataba a todas las clases sociales y en consecuencia abundaban los ingresos en monasterios, la toma de hábitos y hasta la búsqueda de la santidad o del martirio en tierras de infieles. El país escogido por doña Luisa de Carvajal para el suyo fue Inglaterra.

En enero de 1605 partió desde Valladolid a Londres vía Flandes, donde reinaba la infanta Isabel Clara Eugenia.

Recogió los cuerpos de los mártires

Desde que ascendió al trono inglés en 1603, el rey de Escocia se empeñó en conseguir la paz con España. Jacobo I de Inglaterra y VI de Escocia se comprometió a cesar en su apoyo a los rebeldes flamencos y a los piratas en el Atlántico; por su parte, Felipe III renunció a promover a un pretendiente católico al trono inglés y concedió ventajas comerciales en las Indias.

Si bien el Tratado de Londres, firmado en 1604, la protegía en cierto modo, Luisa de Carvajal tuvo en su contra el descubrimiento, en octubre de 1605, de la Conspiración de la Pólvora, en que un grupo de católicos, para acabar con la persecución que sufrían, planeó volar el Parlamento con el rey Jacobo presente. La conmoción y el miedo entre los anglicanos perjudicaron a los católicos.

Doña Luisa aprendió inglés y, sin miedo a la muerte y las humillaciones, se dedicó a visitar a fieles y sacerdotes encarcelados y torturados; arrancó pasquines anticatólicos; recogió los cuerpos descuartizados de los mártires y repartió sus reliquias; participó en discusiones en las calles; trató de fundar un convento de españolas; auxilió a los pobres; etcétera. Al poco de la llegada a Inglaterra de la brava española, el rey Felipe ordenó a sus embajadores que abonasen un subsidio mensual a quien hacía "muy ejemplar vida y gran beneficio a los católicos de aquel reino".

Conocemos las proezasde doña Luisa, así como la despiadada persecución a los católicos ingleses hecha por los protestantes, gracias a unas ciento cincuenta cartas que ella escribió mientras vivió en Londres.

No sé si ha llegado allá la nueva de cómo fue su madre del barón de Vaux cogida antes de amanecer en su casa, escalando su huerta y abriendo sus puertas con ganzúas y palancas. Cogieron todo el aderezo de su capilla, que estaba adornado para Todos los Santos, y en ella, unos joyeles de diamantes. Perdió en todo allí mil libras o poco más. Hízose esta ‘serche’ [search] con especial orden, que fue de aquí para ello. Por esa hazaña, dicen, han hecho ya caballero al Justicia de la paz que la ejecutó.

"No me saquen de Inglaterra"

El comportamiento de Carvajal preocupó a los embajadores de Felipe III con los que coincidió a lo largo de casi diez años, por las amenazas tanto al estado de paz entre ambos reinos como a la vida de una mujer resuelta a morir por su religión. Se le detuvo dos veces; la segunda por orden del arzobispo de Canterbury. En esta última se le acusó de haber convertido a numerosos protestantes y de haber fundado un convento, pero cuenta ella:

Aunque tienen las lenguas de millares en sus manos, no han podido mostrar probanza alguna ni de la más mínima cosa que a aquesas dos toque.

En noviembre de 1613, Carvajal escribió al valido real, el Duque de Lerma, para pedirle que ni él ni el embajador le salvasen de las cárceles inglesas:

Suplico a vuestra excelencia que jamás concurra con los que, por su medio, procuraren mi salida deste reino, dejándolos a ellos que, a sus solas, hagan por violencia u maña lo que Nuestro Señor les permitiere.

Poco después, se excarceló a doña Luisa por presión del embajador, Conde de Gondomar, cuya esposa visitó a la prisionera. El monarca Estuardo exigió la expulsión de la misionera, pero el conde, Diego Sarmiento de Acuña, contestó que si ella se marchaba, él también lo haría. El tiempo resolvió el conflicto. Unos pocos días después, el 2 de enero de 1614, Luisa de Carvajal expiró en la casa de Acuña.

A petición de Felipe III, en 1615 Gondomar envió a España el cuerpo, que está enterrado en el Real Monasterio de la Encarnación, en Madrid, donde también se conservan muchos de sus escritos. Seguramente, ésta fue una de las poquísimas ocasiones en que a doña Luisa de Carvajal un hombre le dijo dónde tenía que ir.

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