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Los últimos inquisidores

Tras el proceso contra Pablo de Olavide, el prestigio de la Inquisición entró definitivamente en barrena.

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Pablo de Olavide | Wikipedia

Vestido de paño oscuro y sujetando entre las manos un cirio verde, Pablo de Olavide compareció ante los inquisidores de Corte una fría mañana de noviembre de 1778. Llevaba para entonces dos durísimos años preso en las cárceles secretas de la Inquisición en Madrid, y ahora se presentaba ante los jueces para ser el protagonista de un autillo, modalidad privada y personal del auto de fe. Nacido en Lima, casado en España con una viuda rica y bien relacionado en círculos políticos, Olavide había coronado su éxito como hombre público al ser nombrado intendente de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena, un proyecto que simbolizaba todo el espíritu modernizador de la administración de Carlos III. Pero el talante mundano e irreverente del limeño le valió la enemistad de cierto fraile cerril y rencoroso que lo denunció por ateo y por volteriano ante los perseguidores de la herejía; y, contra todo pronóstico, la delación prosperó y acabó en aquel proceso que se transformó en la última exhibición de fuerza de un organismo anacrónico, convertido por los más célebres autores de las Luces en epítome del oscurantismo y en premisa mayor de la leyenda negra antiespañola.

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