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Jesús Laínz

Peña Amaya, encrucijada de España

Como se les ha extirpado el conocimiento de su propia estirpe, los españoles del siglo XXI no saben lo que sucedió en Peña Amaya.

Jesús Laínz
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Como se les ha extirpado el conocimiento de su propia estirpe, los españoles del siglo XXI no saben lo que sucedió en Peña Amaya.

El viajero que se dirija hacia el norte por la esquina noroccidental de la provincia de Burgos, a pocos kilómetros de las rayas con las vecinas Palencia y Cantabria, se encontrará con un imponente cerro que domina como una atalaya, con sus 1.377 metros de altura, la llanura que se despliega a sus pies, cuatrocientos metros más abajo.

Se trata de Peña Amaya, singular baluarte natural ubicado cerca de otros similares, como Peña Ulaña, La Loma, Cildá y el Monte Bernorio, que, debido precisamente a sus perfiles, representaron un papel extraordinario en la milenaria historia de España. Porque cuando los romanos se dirigieron hacia las boscosas montañas septentrionales para someter a los cántabros y astures, últimos pueblos ibéricos que se resistían a su dominio, su primer obstáculo, todavía al sur de la cordillera, fueron los castros encaramados en estas fortalezas naturales en las que los nativos se parapetaron. Los restos arqueológicos, conocidos desde antiguo y todavía hoy bajo investigación, demuestran que aquellos riscos estuvieron poblados desde la lejana Edad del Bronce y, posteriormente, por los cántabros de las fuentes romanas; que Augusto y sus generales tuvieron que someter a aquellos levantiscos indígenas tras cruenta lucha y que posteriormente establecieron en aquellos lugares acuartelamientos para tenerlos vigilados. En el caso concreto de Amaya, aunque no aparece citada con ese nombre en las fuentes romanas coetáneas, restos numismáticos y militares evidencian que en ella se instaló una guarnición romana en época de Augusto, dependiente de la Legión IV Macedónica instalada en Herrera de Pisuerga.

Los siglos fueron pasando, y en torno al año 589 Juan de Bíclaro nos dejó la primera mención documental de Amaya. Pues quince años antes había sido tomada por el rey Leovigildoen su campaña de sometimiento de los siempre revoltosos pueblos septentrionales:

En estos días el rey Leovigildo, penetrando en Cantabria, da muerte a los atacantes de la provincia, ocupa Amaya, conquista sus fortificaciones y reintegra bajo su autoridad a la provincia.

Por su parte, san Braulio, obispo de Zaragoza, escribió hacia 640 una Vida de san Millan de la Cogolla en la que le atribuyó una visión de la destrucción de Cantabria, visión que habría revelado a los senadores de Amaya para atemorizarles por sus pecados. Uno de ellos, Abundancio, se rió de sus desvaríos, ante lo que el santo le informó de que él mismo sería uno de los que perecerían. En el arca relicario del monasterio de san Millán de la Cogolla, del siglo XI, se representa la toma de Amaya y el momento de la ejecución de Abundancio por Leovigildo, con la inscripción "Ubi Leovigildus rex Cantabros afficit" ("En donde el rey Leovigildo castigó a los cántabros").

La importancia de Amaya como principal ciudad de la zona se confirmó con la creación del ducado visigodo de Cantabria, algunas décadas más tarde. Y el hijo del duque Pedro de Cantabria acabaría accediendo al trono de Asturias, con el nombre de Alfonso I, tras la muerte de Favila, hijo de don Pelayo, en lucha con un oso. Alfonso era el cuñado de Favila por su matrimonio con su hermana Ermesinda.

Pero no adelantemos acontecimientos, pues en 711 iba a suceder el hecho más importante de la historia de España, tan importante como que fue el momento en el que España pudo haber desaparecido para siempre: la llegada de los musulmanes para ayudar al bando witizano contra don Rodrigo. A su mando se encontraba el bereber Tarik ben Ziyad, inmortalizado en el nombre del lugar en el que desembarcó: Jab al Tarik, la montaña de Tarik, Gibraltar.

Tras la catastrófica batalla de Guadalete, en la que fueron derrotados y desaparecieron para siempre tanto el rey Rodrigo como su reino, y la posterior toma de la capital goda, Tarik continuó su avance hacia el norte en persecución de los cristianos huidos de Toledo, muchos de los cuales se refugiaron, como había sucedido en siglos anteriores, en la fuerte ciudad de Amaya. Pero, a pesar de sus condiciones para la defensa y de la presencia de varias fuentes en la misma cima, la gran cantidad de refugiados provocó que Tarik no tardase mucho en rendir la ciudad por hambre. Como recogieron las fuentes musulmanas coetáneas, su botín en alhajas y oro debió de ser grande.

Así lo relataría el arzobispo Jiménez de Rada en su Historia de los hechos de España, redactada en el siglo XIII siguiendo en buena parte los relatos musulmanes, algunos de ellos hoy desaparecidos:

Cuando Tarik llegó a Toledo, la encontró casi sin habitantes, pues muchos habían huido a Amaya, otros a Asturias y otros a las montañas. Entonces Tarik guarneció la ciudad con los árabes que llevaba con él y los judíos que allí había encontrado (…) A continuación llegó a Amaya, ciudad patricia en otro tiempo, en la que mucha gente desesperada había buscado refugio fiada de la fama de sus fortificaciones; pero como toda España padecía de hambre y escasez, en seguida fue capturada a causa del hambre, y se apoderó allí de muchos miles de prisioneros y tesoros y bienes de los nobles; a continuación saqueó la Tierra de Campos y Astorga y ocupó la ciudad de Gijón y otros muchos lugares en Asturias, y en los puntos estratégicos situó delegados suyos, y poco después regresó a Toledo en el año 93 de los árabes (712).

Así pues, la hueste de Tarik, aparte del botín, consiguió controlar los puntos fuertes de la importante vía romana entre Zaragoza y Astorga, en los que dejó guarnición, y acabar con las últimas resistencias visigodas en el norte. Lanzando la mirada desde la cima de Peña Amaya no es difícil imaginar la decisión que tuvieron que tomar el duque Pedro y quienes quisieron unirse a él en busca de mejor refugio para resistir contra los invasores: la larga y abrupta Cordillera Cantábrica y, sobre todo, los imponentes Picos de Europa.

Su hijo, el osado Alfonso I, expulsó a los musulmanes de la cordillera y tomó numerosas ciudades como Lugo, Tuy, Oporto, Braga, Ledesma, Salamanca, Zamora, Ávila, Astorga, León, Simancas, Saldaña, Segovia, Sepúlveda y Amaya. Pasó a los musulmanes por la espada y, falto de suficiente gente con la que poblarlas, llevó consigo a los cristianos a la seguridad ultramontana.

Un siglo más tarde, dado el debilitamiento del emirato y el avance militar cristiano, pudieron los reyes asturianos comenzar la repoblación de la meseta norte. Amaya, dada su fácil defensa, fue uno de los primeros lugares en acoger foramontanos en las primeras décadas del siglo IX. Algo más tarde, en 860, Rodrigo, primer conde castellano citado en las fuentes, repobló y fortificó oficialmente Amagia Patricia por orden de Ordoño I, dando de nuevo a la vieja ciudad enriscada un papel primordial en la organización de la primera Castilla. Y a su hijo Diego Rodríguez, apodado Porcelos, en un nuevo salto hacia el sur, le tocaría fundar y poblar la ciudad de Burgos en 884. Este paulatino desplazamiento hacia el mediodía iría haciendo perder importancia a la vieja ciudad de Amaya, cuyos habitantes fueron ocupando los llanos situados a sus pies.

Una de las principales localidades del llano meridional de Amaya es Villadiego, donde nació el erudito dieciochesco Enrique Flórez, autor de la monumental España sagrada. Así describió la montaña que tanta importancia tuvo en tantas ocasiones trágicas de la historia antigua de España:

Yo he estado allí, pues no dista más que tres leguas de mi lugar. Mantiene el nombre de Amaya, y está a la falda de una peña del mismo nombre de tan mala calidad que la tempestad que sale o pasa por allí es siempre perjudicial a los campos. En lo alto de aquella peña hay una llanura capaz de una ciudad muy populosa; y la hubo en lo antiguo, como se ve por sus ruinas, manteniéndose porción del castillo, y sembrado todo el campo de diversos vestigios, no sólo desde su restauración, sino del tiempo de los romanos, pues recogí allí monedas consulares e imperiales que hallan los labradores y pastores. Siémbrase hoy el terreno, que es como una gran mesa, tan escarpado e inaccesible que la misma naturaleza parece que se empeñó en formar unos muros de circunvalación inconquistables, pues solo por el lado en cuya falda está hoy el lugar podía haber entrada, mas por tanto mira hacia allí el castillo. La fortaleza en que la naturaleza puso aquel sitio movió a los antiguos españoles a fundar allí; y con razón se pudo explicar por triunfo de Leovigildo el haberla rendido, pues si tuviera dentro víveres y soldados competentes, era empeño aun para nuestros días.

Como se les ha extirpado el conocimiento de su propia estirpe, los españoles del siglo XXI no saben lo que sucedió en Peña Amaya, lugar frecuentado por montañerosque suelen sorprenderse de lo que sobre su historia se les indica en algún cartel instalado junto al aparcamiento. Pero allí siguen las piedras, algunas visibles y la mayoría enterradas, que atestiguan los trascendentales hechos que allí sucedieron en los tiempos juveniles de la vieja, decrépita y amnésica España, incapaz ya de reconocerse en el espejo.

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