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Jesús Laínz

Peña Amaya, encrucijada de España

Como se les ha extirpado el conocimiento de su propia estirpe, los españoles del siglo XXI no saben lo que sucedió en Peña Amaya.

Jesús Laínz
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Como se les ha extirpado el conocimiento de su propia estirpe, los españoles del siglo XXI no saben lo que sucedió en Peña Amaya.

El viajero que se dirija hacia el norte por la esquina noroccidental de la provincia de Burgos, a pocos kilómetros de las rayas con las vecinas Palencia y Cantabria, se encontrará con un imponente cerro que domina como una atalaya, con sus 1.377 metros de altura, la llanura que se despliega a sus pies, cuatrocientos metros más abajo.

Se trata de Peña Amaya, singular baluarte natural ubicado cerca de otros similares, como Peña Ulaña, La Loma, Cildá y el Monte Bernorio, que, debido precisamente a sus perfiles, representaron un papel extraordinario en la milenaria historia de España. Porque cuando los romanos se dirigieron hacia las boscosas montañas septentrionales para someter a los cántabros y astures, últimos pueblos ibéricos que se resistían a su dominio, su primer obstáculo, todavía al sur de la cordillera, fueron los castros encaramados en estas fortalezas naturales en las que los nativos se parapetaron. Los restos arqueológicos, conocidos desde antiguo y todavía hoy bajo investigación, demuestran que aquellos riscos estuvieron poblados desde la lejana Edad del Bronce y, posteriormente, por los cántabros de las fuentes romanas; que Augusto y sus generales tuvieron que someter a aquellos levantiscos indígenas tras cruenta lucha y que posteriormente establecieron en aquellos lugares acuartelamientos para tenerlos vigilados. En el caso concreto de Amaya, aunque no aparece citada con ese nombre en las fuentes romanas coetáneas, restos numismáticos y militares evidencian que en ella se instaló una guarnición romana en época de Augusto, dependiente de la Legión IV Macedónica instalada en Herrera de Pisuerga.

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