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Jesús Laínz

Covadonga

Ya fuese una escaramuza o una batalla en toda regla, sus consecuencias fueron sin la menor duda trascendentales.

Jesús Laínz
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Ya fuese una escaramuza o una batalla en toda regla, sus consecuencias fueron sin la menor duda trascendentales.
Estatua de Don Pelayo en Covadonga I Jose Luis Cernadas Iglesias - Flickr

Los sostenedores de que España nació en 1812 o de que una nación es simplemente un "espacio de derechos" –como si lo único que nos hiciera españoles fuera el hecho de estar sujetos a la misma Ley de Procedimiento Administrativo– son incapaces de comprender que una nación, sobre todo y antes de nada, es el resultado de un largo depósito histórico de hechos. Sin esos hechos, o con hechos diferentes, las naciones actuales serían otras. Y si las naciones fueran otras, sus instituciones jurídicas y políticas –es decir, el "espacio de derechos" emanado de cada una de ellas– serían también otras. Con un ejemplo bastará: si la Reconquista no hubiese sucedido y, por lo tanto, el dominio musulmán hubiera sobrevivido, hoy no estaríamos hablando de España, sino probablemente de Al Ándalus, realidad histórica y "espacio de derechos" muy distinto de lo que hoy es nuestra nación.

Uno de los hechos esenciales para que hoy tenga existencia ese "espacio de derechos" al que a duras penas seguimos llamando España fue aquel enfrentamiento militar, lejano y oscuro, conocido como la batalla de Covadonga. De ella nos ha llegado información escasa y en buena medida contradictoria tanto de fuentes cristianas como musulmanas.

Respecto a su magnitud, los juicios ofrecidos por unos y otros difieren tanto que no es posible afirmar si se trató deuna escaramuza o de una batalla en toda regla. Quizá sólo la arqueología pudiera darnos alguna información sobre ello en el futuro. Pero de que hubo un enfrentamiento no parece caber duda, y lo importante no es la envergadura de aquel enfrentamiento, sino sus trascendentales consecuencias.

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'Don Pelayo en Covadonga', de Luis de Madrazo | Wikipedia

La fuente cristiana más próxima es la Crónica Mozárabe del año 754, es decir, tan solo una generación después de los hechos. En ella se habla de un gobernador musulmán, Abd al Maliq, que fue derrotado por unos rebeldes cristianos refugiados en las montañas del norte. Las crónicas Albeldense, Rotense y A Sebastián, escritas un siglo después de los hechos, aunque difieren en varios detalles, presentan una gran batalla en la que habrían perecido a manos de los guerreros de Pelayouna inmensa cantidad de musulmanes. La victoria habría llegado en parte gracias a la intervención divina, que hizo volver las flechas musulmanas sobre quienes las lanzaban. Aparte de la exageración del contingente de soldados, la intervención divina fue, obviamente, un añadido sobrenatural que en aquellos religiosos tiempos hubo de servir para dar moral y acrecentar las filas del ejército que contaba con tan alta ayuda.

Resumiendo lo relatado en dichas fuentes, astures y cántabros, junto a godos y otros huidos de las tierras ocupadas por los musulmanes, debieron de vivir algunos años bajo la dominación de los invasores, pagando sus impuestos e incluso entregando rehenes para garantizar su sumisión. El bereber Munuza, compañero de Tariq, el vencedor de Guadalete, gobernaba la región norteña desde León. Entre los refugiados godos se encontraba un tal Pelayo, hijo del duque Fáfila y espatario de la corte de Witiza. Partidario de Rodrigo frente a los hijos de aquél, continuó en su cargo cortesano con el último rey visigodo, si bien no se tiene referencia alguna sobre si participó o no en la trágica jornada de Guadalete.

Huido al norte y establecido en torno a los Picos de Europa tras la caída de la última resistencia mesetaria en Peña Amaya, no representó papel destacado alguno en los primeros años. Pero, al parecer, el gobernador Munuza tomó como mujer a la hermana de Pelayo en contra de la voluntad de éste, que fue enviado como rehén a Córdoba, lo que desencadenaría su rebelión. Huyó de allí y regresó a Asturias, donde fue perseguido por los soldados enviados por las autoridades cordobesas. Esto sucedía en el año 718. Consiguió que se le unieran algunos rebeldes, que empezaron a no pagar impuestos y a atacar a los escasos musulmanes establecidos en la zona. El valí cordobés Al Samah no prestó atención a lo que allí sucedía, ocupado como estaba en conquistar la provincia Narbonense, todavía en manos visigodas. Tomó Narbona y fracasó ante Tolosa, donde murió a manos de Eudes de Aquitania en 721, preludio de lo que sucedería once años más tarde en Poitiers.

El nuevo valí, Anbasa, decidió tomar cartas en el asunto asturiano, por lo que envió una tropa al mano de un capitán llamado Alqama ayudado por el obispo hispalense Oppas, hermano de Witiza, que desde entonces acompañaría a don Julián como arquetipo del traidor. Según las fuentes musulmanas, Alqama logró su propósito de pacificar la región con la excepción del grupo que, acaudillado por Pelayo, buscó refugio en el agreste monte que la crónica de Alfonso III llamó Auseva, la actual Covadonga.

Allí se entabló el combate, que tuvo como consecuencia la desbandada de los atacantes. Mientras que la retaguardia pudo escapar río abajo hacia Cangas, la vanguardia se vio obligada a huir hacia delante, cruzando penosamente los Picos de Europa en busca de una salida hacia el sur, lo que finalmente lograron al poner pie en el valle de Liébana. Pero allí, en las cercanías de Cosgaya, sufrieron una emboscada de los cántabros locales, quienes, arrojándoles peñas desde las alturas, los sepultaron en el río Deva. Un siglo más tarde, las crónicas alfonsinas recogerían el dato de que todavía podían encontrarse algunos restos de la matanza en las márgenes de dicho río cuando el caudal lo permitía.

Ante el fracaso de la expedición punitiva contra Pelayo, Munuza y los suyos decidieron abandonar las hostiles tierras norteñas para siempre. Y así, con su capital en Cangas de Onís, dio comienzo el reino de Asturias.

Por parte musulmana, llama la atención el contraste entre la atención prestada a la victoria de Guadalete y la escasa información sobre lo sucedido en la Cordillera Cantábrica, a la que en varias ocasiones denominan Galicia, siguiendo vagamente la denominación romana. Por ejemplo, Ibn Hayán escribió lo siguiente a principios del siglo XI:

Un despreciable bárbaro, cuyo nombre era Belay [Pelayo], se alzó en la tierra de Galicia y, habiendo reprochado a sus compatriotas su ignominiosa dependencia y su huida cobarde, comenzó a excitar en ellos los deseos de vengar las pasadas humillaciones y expulsar a los musulmanes de la tierra de sus padres. A partir de ese momento, los cristianos comenzaron a resistir los ataques de los muslimes en tantos distritos como permanecían en su poder y a defender a sus mujeres e hijas, lo que hasta entonces no habían mostrado la menor intención de hacer.

Este autor constató la creación de un foco de rebelión situado en las montañas septentrionales:

El comienzo de esta rebelión sucedió así: no quedaba ciudad, villa o pueblo en Galicia que no se encontrara en las manos de los musulmanes, a excepción de una elevada montaña en la que este Pelayo buscó refugio con un puñado de hombres. Allí, sus seguidores fueron muriendo de hambre hasta que su número se redujo a una treintena de hombres y diez mujeres que no tenían otro alimento que la miel que recolectaban de las hendiduras de la roca en la que ellos mismos vivían como abejas. Sin embargo, Pelayo y sus hombres se hicieron fuertes gradualmente en los pasos de montaña, hasta que los musulmanes advirtieron sus preparativos; pero, reflexionando sobre su escaso número, no hicieron caso de estas informaciones y les permitieron incrementar su fuerza diciendo: "¿Qué pueden hacer treinta bárbaros colgados en una peña? Inevitablemente, morir". Las fuerzas de Pelayo continuaron incrementándose hasta que, abiertamente, alzó el estandarte de la rebelión.

Por su parte, Ibn Idari, recopilador en el siglo XIII de fuentes musulmanas previas hoy perdidas o incompletas, da testimonio de un foco de rebeldía en las montañas cantábricas originado por trescientos hombres al mando del "rey de aquella región", el cual fue despreciado y olvidado por los musulmanes:

Y como no cesaron de estrecharlos allí los muslimes, se vieron reducidos a treinta, faltos de todo bastimento (...) mas, ocultándose su estado a los muslimes, los dejaron.

No quedaron ahí las fuentes musulmanas, pues incluso dieron fecha de la rebelión, situándola unos en años cercanos al 711 y otros una década después.Ibn Idari la fijó en la década de los 30, coincidiendo con los desórdenes internos de Al Ándalus en aquellos años, mientras que Al Razi e Ibn Hayán la localizaron algo antes, durante el mandato de Anbasa, década de los 20. Al Razi también menciona la fecha de 750 como la de la muerte de Pelayo, al que denominó "asno salvaje". Confrontando todos los datos disponibles sobre personajes y hechos de aquellos días, el más autorizado medievalista del siglo XX, Claudio Sánchez-Albornoz, se inclinó por fechar la batalla en el año 722, algunos meses después de la llegada del citado Anbasa.

Probablemente la envergadura del enfrentamiento nunca se conocerá. Pero lo que es indudable es que las actividades de Pelayo, personaje histórico mencionado con desprecio en las fuentes musulmanas, dieron origen al proceso militar que conocemos como Reconquista. Como resumió Claudio Sánchez-Albornoz, "la victoria astur era la guerra para el mañana más que para el presente". Y, como opinó Al Maqari ya en la Edad Moderna, los árabes pagaron caro su desprecio a aquel foco de rebelión, pues la resistencia de Pelayo posibilitaría que su yerno Alfonso I, hijo del duque Pedro de Cantabria, comenzase a causar problemas bélicos serios en el incipiente reino de Asturias, hasta el punto final de 1492. Así lo resumió el inmortal soneto de Quevedo:

Un godo, que una cueva en la montaña
guardó, pudo cobrar las dos Castillas;
del Betis y Genil las dos orillas,
los herederos de tan grande hazaña.

El papa Juan Pablo II visitó Covadonga el 21 de agosto de 1989, ocasión en la que pronunció estas intolerables palabras:

Covadonga es una de las primeras piedras de una Europa cuyas raíces cristianas ahondan en su historia y en su cultura. El reino cristiano nacido en estas montañas puso en movimiento una manera de vivir y de expresar la existencia bajo la inspiración del evangelio.

Y el príncipe Felipe respondió al papa en términos aún más delictivos:

Aquí en Covadonga, como consecuencia de la victoria de las tropas cristianas que acaudilló Pelayo, nació el reino de Asturias (…) Y en el reino de Asturias está también el origen mismo de la nación española.

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