Colabora
Iván Vélez

Cortés antes de Veracruz

Carece de sentido ignorar sus capacidades personales, pero es absurdo presentarlo como un genio descontextualizado o guiado por el providencialismo.

Apenas unos meses nos separan de los fastos que, con Hernán Cortés, Moctezuma y doña Marina como principales protagonistas, servirán para conmemorar lo ocurrido hace quinientos años en el territorio hoy perteneciente a México. Como en todo aniversario que tiene que ver con hechos históricos, la ocasión se presta para la interpretación del pasado, máxime cuando, como es el caso, están involucradas dos naciones, España y México, surgidas de la transformación del Imperio español. Tiempo habrá, pues, de analizar qué se hace en relación a lo ocurrido a partir del momento en que el pie de Cortés pisó las playas del continente tras dejar atrás Cuba y recoger a Jerónimo de Aguilar en Cozumel.

Una de las posibilidades que se ofrecen a la hora de abordar lo acaecido hace medio milenio, es evocar los hechos a través de unos personajes revestidos con los ropajes del mito, máxime en el caso de Cortés, tempranamente comparado con César y Alejandro, y ajustado a los perfiles del héroe romántico en el siglo XIX. En el otro extremo, la coartada del encuentro entre pueblos o entre culturas, permite desdibujar esas personalidades, y deslizar las recreaciones hasta los campos roturados de la etnología. Mientras todo ello ocurre, parece oportuno sugerir otras vías, aquellas que tienen que ver con la poderosa impronta institucional que caracterizó al Imperio español. Lejos de estar dominado por el aventurerismo individual, el despliegue hispano por el Nuevo Mundo se realizó atendiendo a aspectos formales muy concretos, a modelos, la mayoría de ellos ya ensayados en la Península, que se repitieron en las nuevas tierras pobladas por hombres dejados de la mano de Dios, a los que era preciso, tal era el mandato de Roma, incorporar al orbe cristiano.

Si esta fue una de las características dominantes, de las que da cuenta el enorme aparato documental que acompañó a la conquista y pacificación, el caso de Cortés no fue en absoluto una excepción, sino más bien lo contrario. Carece de sentido ignorar las capacidades personales de don Hernando, pero resulta absurdo presentarlo como un genio descontextualizado o guiado por el providencialismo, por más que él mismo o algunos hombres de iglesia, creyeran que gozó del favor divino. No faltó, incluso, quien lo vio como un instrumento divino para la implantación del catolicismo en tan idolátricas tierras. Sin embargo, e insistimos, sin menoscabar su talento militar y diplomático, lo que caracterizó a Cortés fue una escrupulosa, y en ocasiones oportunista, observancia de las formas propias del Imperio del que se convirtió en punta de lanza después de armar una arquitectura legal capaz de vincularle con el rey Carlos y romper con Diego Velázquez, gobernador de la isla de Cuba. En efecto, el Cortés que pasó a la Historia, el que dio materia al mito, es aquel que quedó perfilado en el litoral, meses antes de su entrada, el 8 de noviembre de 1519, en Tenochtitlan. Fue en aquellos arenales donde, sostenido por una facción del contingente que capitaneaba, decidió fundar un cabildo en el que se apoyó para adentrarse en el Imperio mexica.

Sin embargo, hasta llegar hasta allí, Cortés recorrió unas rutas ya abiertas por otros compatriotas. Un par de expediciones en cuya estela ha de situarse al de Medellín, pues no en vano, incluso su piloto, el palense Antón de Alaminos, después de haber formado parte del viaje a La Florida pos de la Fuente de la Eterna Juventud, nunca hallada por Ponce de León, había guiado las naves capitaneadas por Francisco Hernández de Córdoba y Juan de Grijalva. De los hombres descontentos de ambas flotas, de aquellos hombres que nada tenían que perder dejando Cuba a sus espaldas, se nutrió el grupo que aupó a Cortés en Veracruz.

Eclipsado por la apoteosis de la conquista, o por episodios tan populares como la nunca realizada quema de las naves, de lo ocurrido a partir del desembarco en aquellas playas, tenemos noticia gracias a las Cartas de Relación, y a las crónicas de algunos de los compañeros de Cortés, que se esforzaron por dejar constancia de sus hazañas y esfuerzos, por conservar los logros alcanzados, o por perpetuar la memoria de aquellos que perdieron la vida en lo que pronto se llamó Nueva España. Sin embargo, a menudo olvidados en las reconstrucciones más populares, existen otros documentos previos a la salida de Cuba que pueden ser muy útiles para comprender la mentalidad y los móviles que llevaron a aquellos hombres a buscar fortuna en un territorio que acaso fuera la antesala de las Indias que nunca llegó a pisar Colón. Toda expedición debía contar con unas instrucciones, con un documento en el que se delimitaban objetivos y responsabilidades de unas empresas en las que sus impulsores, debidamente autorizados por una Corona que percibía el quinto real, se jugaban la hacienda, cuando no la vida. Cortés recibió la Instrucción de manos de Diego Velázquez en octubre de 1518. En ella se le encargaba indagar al respecto de unas cruces que habían sido vistas en el transcurso del viaje de Hernández de Córdoba. De existir tales signos, ello podría demostrar que santo Tomás había predicado en aquellas tierras, procedente de la India. De ser así, los naturales podrían haber tenido noticia del Dios cristiano. Junto a la búsqueda de aquellas cruces, existían otros motivos para el viaje. Entre ellos el de amparar a "seis cristianos captivos y los tienen por esclavos y se sirven dellos en sus haciendas", en referencia a los náufragos españoles que los indios mantenían esclavizados. La orden, por otro lado, servía como coartada religiosa para un proyecto que también buscaba un rescate nada espiritual: el del oro. Escrita una década después de la publicación del Amadís, la Instrucción también dejaba espacio a la fabulación, pues sobre el papel quedó también este propósito:

En todas las islas que se descubrieren saltaréis en tierra ante vuestro escribano y muchos testigos, y en nombre de Sus Altezas tomaréis y aprehenderéis la posesión dellas con toda la más solemnidad que ser pueda, haciendo todos los autos e diligencias que en tal caso se requieren e se suelen hacer, y en todas ellas trabajaréis, por todas las vías que pudierdes y con buena manera y orden, de haber lengua de quien os podáis informar de otras islas e tierras y de la manera y nulidad de la gente della; e porque diz que hay gentes de orejas grandes y anchas y otras que tienen las caras como perros, y ansí mismo dónde y a qué parte están las amazonas, que dicen estos indios que con vos lleváis, que están cerca de allí.

Estos y otros aspectos, alejados de la apoteosis conquistadora, pero también de los habituales tópicos negrolegendarios, resultan inexcusables si de lo que se trata es de dar una imagen profunda, matizada y rigurosa, de unos hechos trascendentales protagonizados en gran medida por aquel a quien el tampiqueño Juan Miralles, llamó "inventor de México".

Temas

Ver los comentarios Ocultar los comentarios

Portada

Suscríbete a nuestro boletín diario