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Jesús Laínz

Verdaguer, el separatista

Vistas las interpretaciones de los separatistas, conviene invertir un momento en echar un vistazo a las opiniones 'nacionales' del propio Verdaguer.

Jesús Laínz
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Vistas las interpretaciones de los separatistas, conviene invertir un momento en echar un vistazo a las opiniones 'nacionales' del propio Verdaguer.

En 2002 se cumplió el centenario de la muerte de Jacinto Verdaguer, portentoso poeta que realizó la principal aportación para despertar la lengua catalana tras varios siglos de adormecimiento literario. El Gobierno de Jordi Pujol, maestro totalitario, no pudo dejar escapar la oportunidad de hacer penetrar un poco más su ideario entre los indefensos estudiantes. Las iniciativas fueron numerosas, y en todas latía la obsesión nacionalista que debe presidirlo todo. Entre otras muchas acciones, el Departament d'Ensenyament de la Generalidad elaboró una guía de estudio sobre la vida y obra de Verdaguer (Jacint Verdaguer: Home, poeta, romantic) para orientar a los profesores en el adecuado adoctrinamiento que debían impartir a sus alumnos. Al denominado "poeta nacional catalán" se le atribuía un trasfondo nacionalista que, según los autores de la guía, impregna cada una de sus obras, cuidadosamente seleccionadas, naturalmente, para que los alumnos no tuvieran conocimiento de ninguna de aquéllas en las que apareciera la palabra España y cuyo contenido pusiera en peligro los objetivos adoctrinadores dictados por el poder.

Verdaguer, efectivamente, dedicó muchas de sus páginas a cantar con excelsa inspiración las costumbres, el paisaje, la historia y las leyendas de su tierra. Pero la evidente exaltación de Cataluña, principal motivo director de su producción profana, nunca implicó la negación de lo español. Muy al contrario, toda la obra verdagueriana –profundamente española por ser profundamente catalana– respira un evidentísimo patriotismo español, que se esfuerzan por ocultar los inventores de esa fantasmagórica Cataluña enemiga secular de España.

"En los poemas de Verdaguer, la historia es vista como una exaltación de la patria", escribió el redactor de la guía. Hasta aquí es cierto, pues Verdaguer, profundo patriota, escribió inspirados versos sobre numerosos monumentos, paisajes, personajes y momentos claves de la historia de Cataluña, aunque el redactor no se estaba refiriendo a eso, naturalmente, sino a una visión pasada por el caleidoscopio nacionalista. Por ejemplo, sobre el poema "Davant d’un mapa" se explicó que, "como tantos otros sobre el paisaje, cabe leerlo en clave nacionalista". Resbaladiza afirmación, pues también cabría leerlo sin esa clave; todo depende del grado de obsesión que sufra cada uno.

A los alumnos también se les encargó que se documentaran sobre los "signos de identidad" o "símbolos nacionales" –en concreto la bandera, la Generalidad, el himno Els Segadors, el 11 de Septiembre, San Jorge, Montserrat, la sardana y la barretina– para, "con los materiales recogidos, elaborar murales y exponerlos, consecutivamente, semana a semana, en el aula". De este modo, aprovechando la clase de literatura, se subió un peldaño más en la formación del espíritu nacionalista.

Una vez vistas las interpretaciones de los ingenieros sociales separatistas, quizá conviniese invertir unos momentos en echar un vistazo a las opiniones nacionales del propio Verdaguer, a ver si encajan con aquéllas. Podríamos empezar, por ejemplo, con el discurso que pronunció en los Juegos Florales barceloneses de 1881, en el que trazó el paralelismo entre el Cid y Jaime I como conquistadores de Valencia, el primero brevemente en el siglo XI y el segundo definitivamente dos siglos después:

Como la del héroe castellano, su espada se llamaba Tisó, y no dio golpes menos terribles a los sarracenos, con la sola diferencia de que lo que él ganó, España y la religión jamás volverían a perderlo. La Tizona del Cid y el Tisó de Jaime I son las dos plumas de oro con las que Castilla y Cataluña han escrito sus dos colosales y gloriosas epopeyas.

Continuaremos con algunos de los versos que Verdaguer dedicó a personajes y momentos destacados de la historia, aparecidos todos ellos en su volumen Pàtria (1888), recopilación de versos dedicados a Cataluña que se intenta presentar como el núcleo nacionalista de la obra verdagueriana aprovechando que en estos aciagos tiempos ya nadie lee. Porque si aquellos que recibieron en las aulas totalitarias catalanas la información de que Verdaguer fue un notorio militante separatista abrieran las páginas de Pàtria, se encontrarían, ya desde la dedicatoria, con versos como éste destinado a la virgen de Montserrat, patrona de Cataluña:

Vostre blau mantell és gran; abrigau tota l’Espanya,
lo regne de vostre amor, como un niuet sota l’ala.

O con el dedicado a la victoria cristiana de Lepanto sobre las naves turcas que venían "a arrancar la cruz de Europa":

¡Naus d'Espanya, sempre avant!;
al topar-se Europa i Àssia,
una o altra al fons del mar.

O con el soneto en recuerdo del combate del Bruch, primera victoria de los españoles sobre el ejército napoleónico:

Dalt al bell cim del Pirineu un dia
son vol parava l’àliga francesa,
i girant a l’entorn l’ullada encesa
vegé el lleó d’Espanya que dormia:
–¡Ara és hora –cridá–, l’Espanya es mia!;
i afalconant-la amb pèrfida escomesa,
de sa corona i d’ella i tot feu presa
que de ferro amb ses urpes estrenyia.
Lo ferreny català, que estava alerta,
sa mare pàtria al contemplar cautiva
exclamà, al coll posant-se lo trabuc:
–Mentre el lleó d’Espanya se desperta,
jo alçant-te el sometent, àliga altiva,
vaig a esperar-te en los turons del Bruc.

O con la oda dedicada a Barcelona, en la que recordó la creación de la bandera española a partir de los colores de la señera y la principal participación de la ciudad condal en las empresas de América y Lepanto:

Per ço da ducs a Atenes i comptes a Provença,
i per bandera a Espanya un tros del seu penó:
per ço ni un peix se veia dintre la mar immensa
que no dugués gravades les barres d’Aragó (…)
Aquí Don Joan d’Austria les àncores aferra,
duent-li de Lepanto llorers; allí Colón,
tornant d’aquell viatge que duplicà la terra,
als peus dels Reis Catòlics féu rodolar un mon.

Inspirado por sus travesías oceánicas entre la península y Cuba, comenzó a esbozar un largo poema épico titulado L’Espanya naixent (La España naciente), primera forma de lo que, tras una elaboración de varios años, acabaría siendo La Atlántida, monumental poema, premiado en los Juegos Florales de 1877, que le valdría el reconocimiento general. Se trataba de una visión mitológica del hundimiento del Continente perdido y la futura misión americana de España y Colón. Éste, tras el relato de un anciano sobre el mítico Continente, ofrece a Génova, Venecia y Portugal tender un puente sobre el Océano Atlántico hasta las tierras del otro lado del mundo, pero sólo encontrará comprensión y ayuda en Isabel la Católica. Éstos son los últimos versos de la epopeya:

Lo savi ancià, que des d’un cim l’obira,
sent estremir lo cor com una lira;
veu a l’Angel d’Espanya, hermós i bell,
que ahir amb ses ales d’or cobrí a Granada,
eixamplar-les avui com l’estalada
i fer-ne l’ampla terra son mantell.
Veu morgonar amb l’espanyol imperi
l’arbre sant de la Creu a altre hemisferi,
i el món a la seva ombra reflorir;
encarnar-s’hi del cel la saviesa;
i diu a qui s’enlaira sa escomesa:
–Vola, Colon... ara ja puc morir!

En el poema dedicado a la "Inmaculada, patrona de Espanya", le imploró ayuda para su patria, representada por Covadonga y Montserrat:

Oh Verge Immaculada, per vostra Concepció,
d’Espanya Reina amada, salvau vostra nació.
Vós, María, sou l’estrella que guià Espanya al Nou Món,
la de l’alba hermosa i bella de la gloria que se’ns pon.
Oh María, hermosa estrella, replendiu d’Espanya al front.
Quan sa Reina era María, nostre regne era el més gran,
sa bandera el mon cobría des d’América a Lepant.
Si a regnar torna María ses grandeses tornarán.
Vós d’Espanya sou la gloria, Vós lo Sol del Principat;
nostra pàtria i nostra historia Vós, oh Verge, ens ho heu donat:
tronos son de vostra glòria Covadonga y Montserrat.

Junto a La Atlántida, su otro poema épico fue Canigó, cantar de gesta sobre los orígenes cristianos de Cataluña en los albores de la Reconquista. Su título viene del nombre de la hermosa montaña que tras 1652 quedó en posesión de Francia. Así describió Verdaguer el macizo de la Maladeta:

Los catalans que hi munten estimen més llur terra,
veient totes les serres vassalles de llur serra,
veient totes les testes als peus de llur tità;
los estrangers que obiren de lluny eixa muntanya,
–Aquel gegant –exclamen– és un gegant d’Espanya,
d’Espanya i català.

En 1897 Jerónimo López de Ayala realizó la primera traducción al castellano de esta epopeya pirenaica. En agradecimiento a su trabajo, Verdaguer le escribió:

Nadie mejor que usted podía traducir una obra dedicada a los Pirineos catalanes y en especial a la más hermosa de sus montañas, que la política sagaz de Richelieu y Mazarino arrancó a la corona de España (...) Ya que hemos perdido esa hermosa tierra, parte integrante de la antigua Cataluña, guardemos sus glorias, que glorias catalanas son, y por ende, españolas.

El periodista y exdiputado puertorriqueño Antonio Cortón, afincado en Barcelona en los años del cambio de siglo, publicó una serie de artículos en el barcelonés La Vanguardia y el madrileño El Liberal, recopilados en 1908 bajo el título de El fantasma separatista. En marzo de 1901, pocos meses antes de la muerte de Verdaguer, Cortón le entrevistó en su casa. En aquellos tiempos de efervescencia separatista provocada por el Desastre, el gran poeta catalán se declaró "muy español".

No comprendo a esos compatriotas míos que pretenden dividir el mapa de España por el Ebro. Las glorias castellanas y catalanas son comunes.

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