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Jesús Laínz

'Primus circumdedisti me'

El marino español completó la primera vuelta a la Tierra en la expedición marítima originalmente organizada por el portugués Magallanes.

Jesús Laínz
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El marino español completó la primera vuelta a la Tierra en la expedición marítima originalmente organizada por el portugués Magallanes.
Juan Sebastián Elcano I Wilkipedia | Wikipedia

A pesar de sus cuatro viajes, Colón no pudo conseguir su objetivo: alcanzar las Molucas y el continente asiático navegando hacia el oeste. Pues lo que no había podido imaginar el Almirante de la Mar Océana, ni nadie en aquellos días, era que habrían de tropezar en medio del camino con un obstáculo inesperado: América. Y la monarquía española, además de la ingente empresa de descubrir, conquistar, evangelizar y colonizar las tierras recién descubiertas, no había perdido el interés en conseguir aquel objetivo para así evitar el conflicto con Portugal en la ruta del Cabo de Buena Esperanza según lo pactado en el Tratado de Tordesillas.

Y fue precisamente un portugués, Fernando de Magallanes, el que propuso a Carlos I una expedición para buscar el paso que permitiese a los españoles dejar atrás América y, cruzando el Mar del Sur que atisbara Núñez de Balboa en 1513, llegar hasta Asia; el mismo plan que Cristóbal Colón, sólo que ahora con la información de la existencia del obstáculo americano. Magallanes se lo había propuesto antes al rey de Portugal, Manuel I, pero como ya contaba con la ruta oriental, no encontró interés en financiar un viaje para encontrar la occidental.

Conseguida la aprobación del rey de España y la financiación principalmente de un rico comerciante burgalés, y a pesar del recelo de los demás capitanes, que desconfiaban de la lealtad del portugués Magallanes, se organizó en Sevilla una expedición de doscientos treinta y nueve personas, con rigurosa prohibición de que embarcase ninguna mujer, a bordo de cuatro naos y una carabela: la capitana Trinidad, la Concepción, la San Antonio, la Victoria y la carabela Santiago, todas ellas entre setenta y cinco y ciento quince toneladas. Sólo la Victoria conseguiría regresar. Uno de los enrolados fue un caballero italiano con ansia de aventuras, Antonio Pigafetta, figura clave de la expedición por haber legado a la posteridad su diario, fuente principal de conocimiento de aquel histórico viaje.

Bajaron el Guadalquivir desde Sevilla, partieron de Sanlúcar de Barrameda el 20 de septiembre de 1519, hicieron escala en Tenerife, tocaron tierra americana en la bahía de Guanabara, la actual Río de Janeiro, y continuaron bordeando el continente hacia el sur, por aguas nunca antes navegadas. Al cabo de algunas semanas, un profundo desvío de la costa hacia el oeste pareció marcar el final del continente y la entrada al Mar del Sur. Pero no tardaron en descubrir que se trataba de un enorme estuario, el más ancho del mundo, en el que desembocaba un gran río y en cuyas orillas habrían de fundarse algunas décadas después Buenos Aires y Montevideo.

En marzo de 1520, ya muy al sur, el comienzo del otoño austral obligó a los navegantes a desembarcar para esperar los mejores tiempos de la primavera. Pero varios oficiales perdieron la paciencia y consideraron que el viaje había fracasado, por lo que exigieron a Magallanes dar media vuelta y regresar a España. Entre los amotinados se encontraba el guipuzcoano Juan Sebastián Elcano, que salvó la vida por no ser de los de alto rango, varios de los cuales fueron ejecutados y otros, dejados en tierra.

La primera en caer fue la carabela Santiago, destrozada en unos escollos, cuyos tripulantes fueron distribuidos entre las cuatro naos. Tras varios meses de lento avance a lo largo de la costa patagona, a finales de octubre giraron hacia el oeste para adentrarse en el estrecho que acabaría entrando en la historia con el nombre del capitán portugués. Sólo alcanzaron la salida tres de las cuatro naos, pues la tripulación de la San Antonio se sublevó y puso propia hacia España.

El 28 de noviembre llegaron por fin a lo que no podían imaginar que era el océano más grande del planeta, al que bautizarían Pacífico por el buen tiempo que les tocó en suerte durante su travesía. Tan bueno, que en los tres meses y veinte días transcurridos sin tocar tierra hasta que se encontraron con las Islas de los Ladrones (Marianas), la escasez de comida fresca comenzó a hacer estragos: el agua y los alimentos se pudrieron; las ratas, antes cazadas para ser tiradas por la borda, se convirtieron en preciado manjar, al igual que el cuero y el serrín; y los marineros comenzaron a padecer extraños síntomas. Así lo relató Pigafetta:

La galleta que comíamos ya no era pan, sino un polvo mezclado con gusanos que habían devorado toda su sustancia. Además, tenía un hedor insoportable por estar empapado en orines de rata. El agua que nos veíamos obligados a beber era igualmente pútrida y hedionda (…) Mas no fue esto lo peor. Nuestra mayor desdicha era vernos atacados de una enfermedad por la cual las encías se hinchaban hasta el punto de sobrepasar los dientes de ambas mandíbulas, y los atacados de ella no podían tomar ningún alimento.

Murieron diecinueve. Los que consiguieron sobrevivir al hambre, la sed y el escorbuto llegaron en marzo de 1521 a las islas a las que Legazpi daría medio siglo más tarde el nombre de Filipinas, donde Magallanes perdió su vida luchando contra la tribu del jefe Lapulapu, que se negó a ser evangelizado y a someterse al rey de España.

Le relevó Duarte Barbosa, cuñado de Magallanes, que moriría poco después envenenado en un banquete ofrecido por un rey indígena. Sólo quedaban poco más de un centenar de hombres y dos naos, pues la Concepción fue quemada por no disponer de tripulación suficiente para tres. Repararon averías durante un mes y se hicieron de nuevo al mar, ya con Elcano como comandante del Victoria. Abandonaron inútil la Trinidad en las Molucas, con lo que los cuarenta y siete marineros supervivientes continuaron viaje con la única nave sana, la Victoria, cargada con varios quintales de especias.

Durante cinco meses tuvieron que navegar por el Océano Índico evitando tocar tierra para no encontrarse con los portugueses, que monopolizaban la ruta. Durante nueve semanas lucharon contra vientos contrarios en la punta de África sin conseguir pasar. Con la Victoria haciendo agua y con arroz por todo alimento, algunos marineros enfermos de escorbuto aconsejaron desembarcar en Mozambique, donde había establecimiento portugués, pero, como dejó escrito Pigafetta, "la mayor parte de la tripulación, esclava más del honor que de la propia vida, decidimos esforzarnos en regresar a España cualesquiera que fuesen los peligros que tuviésemos que correr".

El 6 de mayo de 1522 consiguieron doblar el Cabo de Buena Esperanza –"el más grande y peligroso cabo conocido de la Tierra"–, tras lo que desembarcaron en el portugués Cabo Verde el 9 de julio. Allí se aprovisionaron de arroz teniendo buen cuidado de ocultar que regresaban a España por oriente. Pero la indiscreción de un marinero iba a complicar las cosas: al enterarse el gobernador luso de que aquellos españoles no venían desde América, sino desde Buena Esperanza, ordenó su captura, ante lo que Elcano y veintidós de los suyos escaparon a toda vela perseguidos por cuatro navíos portugueses y con la Victoria haciendo abundante agua. Otros trece marineros no lograron escapar y quedaron allí prisioneros.

El 6 de septiembre de 1522 llegaron a Sanlúcar y dos días después desembarcaron en Sevilla, disparando toda la artillería, los dieciocho supervivientes de los doscientos treinta y nueve que habían salido de España tres años antes. Según echaron pie a tierra, fueron en procesión, descalzos, demacrados y con un cirio en la mano, a las iglesias de Nuestra Señora de la Victoria y Santa María de la Antigua a cumplir los votos que habían hecho en los momentos de peligro.

Acto seguido Elcano escribió una carta a Carlos I informándole del éxito de una expedición que en España se había dado por perdida varios años atrás:

Muy alta e ilustrísima Majestad: Sabrá vuestra alta Majestad cómo hemos llegado diez y ocho hombres solamente con una de las cinco naves que V. M. envió a descubrir la especiería con el capitán Fernando de Magallanes, que haya gloria; y porque V. M. tenga noticia de las principales cosas que hemos pasado, con brevedad escribo ésta.

Tras una breve relación de lo acaecido –hambre, sed, tempestades, escorbuto, motines, combates, naufragios–, explicó la huida de Cabo Verde y la llegada a España:

Pero resolvimos, de común acuerdo, morir antes que caer en manos de los portugueses, y así, con grandísimo trabajo de la bomba, que de día y de noche no hacíamos otra cosa que echar fuera el agua, estando tan extenuados como hombre alguno lo ha estado, con la ayuda de Dios y de Nuestra Señora, después de pasados tres años dimos fondo. Por tanto suplico a vuestra alta Majestad que provea con el rey de Portugal la libertad de aquellos hombres, que tanto tiempo le han servido, y más sabrá V. M. que aquello que más debemos estimar y temer es que hemos descubierto y dado la vuelta a toda la redondez del mundo, que yendo para el occidente hayamos regresado por el oriente.

Carlos V recibió a Elcano en Valladolid, donde le concedió, entre otras mercedes, el privilegio de usar como escudo de armas uno partido en dos mitades: la superior, con los colores y armas de Castilla; la inferior, con dos palos de canela, tres nueces moscadas en aspa y dos clavos en campo dorado; como cimera, un globo terráqueo con la inscripción "Primus circumdedisti me" (Fuiste el primero en circunvalarme).

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