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Jesús Laínz

Menéndez Pelayo, más catalán que los catalanes

Pero todo lo grande que fue su amor por Cataluña, lo fue también su rechazo al incipiente nacionalismo catalán.

Jesús Laínz
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Pero todo lo grande que fue su amor por Cataluña, lo fue también su rechazo al incipiente nacionalismo catalán.
Marcelino Menéndez Pelayo | Archivo

Cuando en 1833 los empleados del banquero Gaspar Remisa decidieron regalarle unos poemas por su santo, a Buenaventura Carlos Aribau le tocó hacerlo en catalán. Y como nunca había empleado su lengua materna para escribir, se dirigió a su amigo Francisco Renart y Arús para que le corrigiera los errores:

Amigo mío: Recibe con paciencia mis pejigueras y disimula si sólo cuando las hay tomo la pluma para escribirte. Necesito de ti de veras. Para el día de san Gaspar presentamos al Jefe unas composiciones en varias lenguas. A mí me ha tocado el catalán y he forjado estos informes alejandrinos que te incluyo para que los revises y taches y enmiendes lo que juzgares, pues yo en mi vida las vi más gordas.

Aquellos "informes alejandrinos" fueron nada más y nada menos que la Oda a la Patria, primera chispa de la Renaixença. Posteriormente sólo escribiría en catalán tres breves poemas de poca enjundia, prácticamente nada frente a su copiosa producción en castellano. Además, nunca manifestó interés por el movimiento de recuperación de la lengua catalana que él había encendido involuntariamente con su regalo a Remisa. E incluso alabó el esfuerzo del Gobierno español "por generalizar en todos sus dominios una misma lengua".

Pero seis años más tarde, en 1839, empezaron a aparecer en el Diario de Barcelona unos poemas de Joaquín Rubió y Ors, bajo el seudónimo de Lo Gayter del Llobregat, recogidos en libro dos años después. En su prólogo, Rubió lamentó que sólo él considerase la catalana como lengua literaria y defendió su cultivo en una región bilingüe que para dichos fines utilizaba solamente la castellana. La aparición de estos poemas causó muchos sinsabores a su autor, pues la mayoría de sus paisanos ridiculizaba la pretensión de utilizar literariamente una lengua que consideraban anticuada y sólo utilizable en familia, especialmente entre las clases bajas y rurales. Rubió lo había previsto al reconocer que "a muchos les parecerá una extravagancia, un anacronismo ridículo", y se dolió de que sus paisanos "se avergüencen de que se los sorprenda hablando en catalán, como un criminal pillado in fraganti".

En marzo de 1843 apareció Lo Verdader Catalá, primera revista escrita en catalán, con el objetivo de "sacar del abatimiento y estado de postración en que se encuentra nuestra hermosa lengua". Dos meses y seis números después, sus promotores la cerraron debido al escaso interés despertado y las críticas recibidas por redactarla sólo en catalán. Se despidieron de sus pocos lectores lamentando "la más ultrajante injuria contra la patria" que significaba "tener tanto desprecio por su lenguaje" y la "sinrazón por la que se tiene por inculto y grosero el idioma catalán (…) ¡Pobre Cataluña! ¡¡¡Cómo desprecian tus ingratos hijos una de tus mayores glorias!!!".

Pero tanto autores como lectores fueron aumentando paulatinamente su interés por el cultivo de la lengua arrinconada hasta provocar la restauración de los Juegos Florales de Barcelona en 1859, lo que, sin embargo, no impediría que muchos catalanes continuasen considerando la lengua de su región como impropia de gentes educadas. Medio siglo más tarde, ya entrado el siglo XX, Prat de la Riba seguiría lamentando que muchos paisanos suyos siguiesen considerando una afrenta recibir cartas escritas en catalán.

Contrariamente a muchos catalanes, algunos intelectuales del resto de España prestaron gran atención a los frutos literarios de la Renaixença, a la que consideraron un éxito de la cultura española. El que más entusiasmo manifestó por el renovado brío de las letras catalanas fue el erudito montañés Marcelino Menéndez Pelayo, buen conocedor de Cataluña y de su lengua desde sus tiempos de estudiante en Barcelona y de discípulo de Milá y Fontanals, y defensor de ella incluso ante los muy numerosos catalanes que la menospreciaban. En 1884 declaró lo siguiente en Palma de Mallorca:

[El catalán fue] la primera entre todas las lenguas vulgares que sirvió para la especulación filosófica, heredando en esta parte al latín de las escuelas mucho antes que el italiano, muchos años antes que el castellano y muchísimo antes que el francés. Tenemos en España esta doble gloria que ningún otro de los romances neolatinos puede disputarnos. En castellano hablaron, por primera vez, las matemáticas y la astronomía, por boca de Alfonso el Sabio. En catalán habló, por primera vez, la filosofía, por boca de Ramón Llull.

Pero la más completa enunciación de su visión sobre las lenguas de España, y en concreto sobre la catalana, llegaría cuatro años más tarde con motivo del discurso que pronunció en catalán, ante la reina María Cristina, en los Juegos Florales de Barcelona de 1888:

Esta lengua, retoño generoso del tronco latino, yacía, no hace medio siglo, en triste y vergonzosa postración. Hasta su nombre propio y genuino se le negaba, ni ¿quién lo había de conocer bajo el disfraz de aquellas peregrinas denominaciones de lemosina y provenzal con que solían designarla los pocos eruditos que se dignaban acordarse de ella, aunque fuese para darla por muerta y relegarla desdeñosamente a algún museo de antiguallas? Es cierto que en los labios del pueblo la lengua continuaba viviendo, pero ¡qué diferente de aquel bell catalanesc que hablaba Muntaner! (…) Sólo un milagro podía salvar el habla catalana de su ruina y afanosa descomposición (…) Y Dios quiso que este milagro sucediese. Dios, que cura a los individuos y a los pueblos, y que les devuelve la memoria cuando más falta les hace, consintió que la muerta se levantase de su sepulcro y comenzase a hablar como si estuviese viva. Y aquí la tenéis, Señora, lanzando de sus labios el chorro de la palabra armoniosa y eterna (…) Y por esto, Señora, habéis venido a escuchar amorosamente los acentos de esta lengua ni forastera ni exótica, sino española y limpia de toda mancha de bastardía. Vuestro generoso y magnánimo espíritu comprende que la unidad de los pueblos es unidad orgánica y viva, y no puede ser aquella unidad ficticia, verdadera unidad de la muerte: y comprende también que las lenguas, signo y prenda de la raza, ni se forjan caprichosamente ni se imponen por la fuerza, ni se prohíben ni manan por ley, ni se dejan ni se toman a voluntad, pues nada hay más inviolable y más santo en la conciencia humana que el nexo secreto en que viven la palabra y el pensamiento (…) Y quiera Dios, Señora, que si alguna niebla, resto de pasados errores y tempestades, se sigue interponiendo entre el alma de Cataluña y el de Castilla, tan hechas para amarse y comprenderse, caiga deshecha ante Vos, que sois el amor de ambos pueblos juntados en uno (…) Reciba de nuevo Vuestra Majestad el homenaje agradecido que en nombre de Cataluña le tributa este Consistorio, y reciba también el testimonio del común afecto de todas las corporaciones y personas que han contribuido al lucimiento de esta solemnidad sin igual, que con apariencias de regional y exclusiva, en el fondo es una de las más enérgicas afirmaciones del sentido tradicional de la nación española.

Mientras que Pérez Galdós reprochó a su colega Narcís Oller que escribiese sus novelas en catalán, por su corto alcance regional, Menéndez Pelayo le animó a que siguiese escribiendo en su lengua materna. Y, en su faceta de crítico literario, alabó a los grandes escritores catalanes medievales y promovió la obra de sus coetáneos.

Por lo que se refiere a su visión histórica de España, Menéndez Pelayo lamentó la derrota del bando habsbúrgico en la Guerra de Sucesión, pues consideró la victoria de Felipe V una desgracia para la España tradicional que él admiró y reivindicó, y cuyo último bastión fue la Barcelona de septiembre de 1714:

No es ciertamente agradable ocupación, para quien quiera que tenga sangre española en las venas, penetrar en el oscuro y tenebroso laberinto de las intrigas que se agitaron en torno al lecho de muerte de Carlos II, y ver a nuestra nación, sin armas, sin tesoros ni grandeza, codiciada y vilipendiada a un tiempo mismo por los extraños; repartida de antemano y como país de conquista en tratados de alianza, violación abominable del derecho de gentes, y luego sometida a vergonzosa tutela, satélite humilde de la Francia, para servir siempre vencedora o vencida, y perder sus mejores posesiones de Europa por el Tratado de Utrecht, en que inicuamente se la sacrificó a los intereses de sus aliados, y perder hasta los últimos restos de sus sagradas libertades provinciales y municipales, sepultadas bajo los escombros humeantes de la heroica Barcelona (...) ¡Cuánto padecieron con la nueva dinastía el carácter y la dignidad nacionales! ¡Cuánto la lengua! ¡Cuánto la genuina cultura española, la tradición del saber de nuestros padres! ¡Cuánto su vieja libertad cristiana, ahogada por la centralización administrativa! (...).

Por su promoción de los literatos de la Renaixença, Menéndez Pelayo fue muy amado en Cataluña y recibió el reconocimiento de sus próceres culturales. El destacado historiador del arte Josep Pijoán, por ejemplo, glosando su labor de rehabilitador de la literatura catalana de siglos pasados y promotor de la presente, escribió que se trataba del hombre con más "derecho a ser llamado catalán que todos nosotros". Antonio Rubió i Lluch, hijo del Gayter del Llobregat, le escribió así en 1906:

Has sido el español que, con voz más autorizada e independiente, has proclamado el valor científico y literario de nuestra lengua. Lo que has escrito acerca de ella y de su literatura son para nosotros páginas de inestimable precio, que grabaríamos, a ser posible, en letras de oro.

Cuando falleció seis años después, Rubió proclamó:

Este hombre extraordinario, para nosotros no es ningún forastero; es un hijo de las mismas entrañas espirituales de nuestra patria y el más grande admirador que Cataluña ha tenido en tierra española.

Pero todo lo grande que fue su amor por Cataluña, lo fue también su rechazo al incipiente nacionalismo catalán. Ferviente defensor del regionalismo ("No puede amar a su nación quien no ama a su país nativo y comienza por afirmar este amor como base para un patriotismo más amplio. El regionalismo egoísta es odioso y estéril, pero el regionalismo benévolo y fraternal puede ser un gran elemento de progreso y quizá la única salvación de España"), Menéndez Pelayo detestó un catalanismo político al que consideró pernicioso. En carta a Juan Valera de 7 de agosto de 1887, meses después de la aparición de Lo Catalanisme de Valentí Almirall, le explicó así su disgusto:

El catalanismo, aunque es una aberración puramente retórica contra la cual está el buen sentido y el interés de todos los catalanes que trabajan, debe ser perseguido sin descanso porque puede ser peligroso si se apoderan de él los federales como Almirall, que ya han comenzado a torcerle y a desvirtuar el carácter literario que al principio tuvo. El tal Almirall es un fanático todavía de peor casta que Pi y Margall, a quien siguió en un tiempo, pero cuyo catalanismo ya no le satisface o le sabe a poco. Está haciendo una propaganda antinacional de mil diablos. Y asómbrese usted: le apoya el mismísimo Mañé y Flaquer desde las columnas del archiconservador Diario de Barcelona. El misterio de todos estos autonomismos está en que a esos señores no se les ha hecho ni se les hace en Madrid todo el caso que ellos se figuran merecer.

La correspondencia con sus amigos catalanes está repleta de críticas al catalanismo político. Un solo ejemplo: en 1897, a meses del Desastre, varios intelectuales catalanes firmaron un mensaje al rey de Grecia, escrito por Prat de la Riba, felicitándole por su apoyo a la insurreción de Creta contra el dominio turco, pretendiendo con ello establecer un paralelismo con la situación de Cataluña en España. El 8 de diciembre, Menéndez Pelayo escribió esta dura carta a su amigo Rubió y Lluch, uno de los firmantes:

Debo decirte además que te escribí una carta muy larga (la cual, por parecerme demasiado cruda, rompí en el acto sin enviártela) cuando salisteis con aquella pampirolada del missatge al Rey de Grecia (como si a vosotros os importase nada de lo que por allá pasa) e hicisteis y dijisteis tales tonterías, que por sí solas hubieran bastado para desacreditar el catalanismo político y militante, que en circunstancias tan tristes como las actuales ha llegado a ser un crimen de lesa nación, y que además acabará por matar el catalanismo literario, haciéndole insufrible y antipático al resto de los españoles. En esa carta te aconsejaba como amigo franco y leal que te apartases cuanto pudieras de esa pandilla de locos, que son además unos solemnísimos ignorantes; y que te concretases a trabajar con entero desinterés científico, sin pensar para nada en las miserias actuales, sobre la antigua historia y literatura de Cataluña, de que ellos nada saben y de que tú puedes decir tantas cosas nuevas y excelentes. Mírate en el espejo de Milá y de Aguiló, y sé cauto y guarda la capa. Al cabo, tú eres un funcionario del Estado, y tienes ciertos respetos que guardar, que no tienen, por ejemplo, el disparatado de Guimerá o el mamarracho de Massó y Torrents.

Paradojas de la historia, el gran patrón del catalanismo de la primera mitad del siglo XX, Francesc Cambó, entregado a la causa franquista cuando la revolución marxista llamó a su puerta en 1936, se convertiría en sus últimos años en un ferviente promotor de la obra de Menéndez Pelayo por considerarla esencial para la correcta orientación del nuevo régimen. En 1937 escribió a Jesús Pabón, uno de los dirigentes de la propaganda del bando alzado, que estaba dispuesto a financiar una edición masiva de la Historia de España del erudito montañés para ser vendida al precio simbólico de una peseta, porque "para forjar la España de mañana, es preciso que las nuevas generaciones conozcan todas las glorias de la tradición española que nadie ha conocido y expuesto tan perfectamente como Menéndez Pelayo". Y en noviembre de 1939, ya concluida la guerra, escribió en su diario estas desesperanzadas palabras:

Hoy en España se habla mucho de Imperio, en cambio, reina una mentalidad modestamente provinciana. Menéndez Pelayo, el mayor paladín de la cultura española, de toda la cultura española, no hablaba de Imperio, pero a la lengua y a la cultura española les daba categoría imperial… que el Imperio no es más que una unidad superior por encima de diversidades bien fuertes y acusadas. Con Menéndez Pelayo o con la aplicación de su doctrina, sería bien fácil resolver el problema catalán. Con los hombres pequeños, incultos, ruines, de la España nacional el problema catalán volverá a ser un trágico problema.

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