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Jesús Laínz

Pereda, el novelista catalanista

Nunca sabremos lo que debió de pasarle por la cabeza y el corazón al conocer en qué se había convertido el catalanismo literario que tanto amó.

Jesús Laínz
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Nunca sabremos lo que debió de pasarle por la cabeza y el corazón al conocer en qué se había convertido el catalanismo literario que tanto amó.
José María de Pereda. Croquis de A. Clapés | Wikipedia

El más destacado representante del costumbrismo y la novela regional en la España del siglo XIX fue el montañés José María de Pereda. Diputado carlista en la legislatura de 1871, fue un tradicionalista que rechazó la época en que le tocó vivir, como reflejó en una obra novelística sembrada de nostalgia por los tiempos pasados y de sarcasmo hacia las nuevas modas e ideas, como la democracia, el liberalismo, el laicismo, el krausismo, el hegelianismo y otras corrientes filosóficas a las que calificó de "farsa alemanesca".

Los madrileños le caían a Pereda bastante antipáticos, pues consideraba que Madrid era la fuente de todas las novedades perniciosas que acababan infectando hasta los más alejados y patriarcales rincones de España, como aquel Santander decimonónico al que los emisarios de la modernidad llegaban bajo la forma de veraneantes capitalinos ansiosos de aliviar sus recalentados pellejos en las frescas aguas del Cantábrico. Por el contrario, sintió gran aprecio por Cataluña y por el movimiento recuperador de la lengua catalana, al que alabó por considerarlo una magnífica aportación a la grandeza cultural de España.

Dejando al margen su breve experiencia como diputado, a Pereda nunca le interesó la política, centrado como estaba en la creación literaria. Pero, evidentemente, su acendrado patriotismo se evidenció en el trágico 98, momento en el que blandió la pluma para colaborar en la recaudación de fondos para el ejército mediante un fogoso texto contra los Estados Unidos:

Un pueblo que se conceptúa fuerte porque es rico y desalmado contra toda justicia, contra todo derecho y faltando con el mayor cinismo a la amistad jurada, se inmiscuye en nuestros asuntos interiores, y nos declara la guerra brutalmente cuando nos considera desangrados y empobrecidos con la que estamos sosteniendo contra una rebelión de forajidos a quienes él ampara y favorece. No hay razón que le convenza de que va contra ley en sus propósitos, ni concesión honrosa a que nos negamos en bien de la paz, invocada por él mismo, como pretexto de su conducta desleal. Se cree el más fuerte de los dos, ambiciona lo que es nuestro, aspira a su conquista, y nos obliga con ello a defenderlo con la vida y con la hacienda, porque es ya la honra nacional para nosotros, consumado sin asombro ni protesta de otros pueblos este inconcebible ultraje al derecho universal; sola y desamparada de todos, menos de Dios en quien cree y de quien espera la justicia que parecen negarla los hombres, desenvaina España el acero de sus grandes victorias, y sin contar los enemigos, entra en este duelo a que se la arrastra inicuamente decidida a triunfar en la defensa de la integridad de sus dominios o a morir en el empeño (…) Uno solo es el enemigo y una sola la aspiración de todos; el extranjero rapaz, el pirata norteamericano, y la lucha por la integridad, la independencia y el honor de la patria. Y aún es más que todo esto, tan sagrado para nosotros, lo que ha de ventilarse en la ruda y desigual contienda. Nuestra causa es, además, la protesta armada del débil contra el fuerte; de la justicia contra la arbitrariedad; de la civilización bien entendida contra la soberbia de un tirano embrutecido con la borrachera del oro mal ganado; es en fin, la causa de todos los hombres de bien del mundo entero, contra imposiciones y descomedimientos de la canalla ambiciosa y engreída (…) Así vencen los pueblos generosos cuando pelean por su independencia y sus derechos; y si caen en la lucha a pesar de ello, caen con gloria, ceñidos de laureles, reverdecidos con su sangre, la de sus antepasados y dejando a los venideros el perdurable ejemplo de su heroísmo, como Numancia, Trafalgar y Zaragoza.

Pero su indudable patriotismo no le impidió considerar, coincidiendo con su íntimo amigo y paisano Menéndez Pelayo, que los incipientes regionalismos podían aportar nueva energía cultural a la España de sus días. En su novela Nubes de Estío, publicada en 1891, Pereda lamentó, a través de uno de sus personajes, la ignorancia que en Madrid se tenía de la literatura catalana:

–No se trata de unas cuantas individualidades dispersas por las provincias, sino de una literatura entera y verdadera, lozana, vigorosa y floreciente. En esa literatura, de abolengo ilustre, hay novelistas como los mejores de Europa; hay poetas líricos y dramáticos admirables; costumbristas, como ustedes dicen, y críticos superiores; y, para mayor refuerzo de mi tesis, a esa literatura pertenecen el único poeta épico que hoy tiene España, y el casi único dramaturgo contemporáneo en cuyas tragedias centellea el numen soberano de Shakespeare (…) Pues de esa literatura no saben ustedes una jota (…) Jamás he visto un nombre de esos estampado en los periódicos de Madrid. Entre tanto, todos ellos son conocidísimos y estimados en Francia y hasta en Rusia.

–Que escriban en castellano si quieren que los leamos en Castilla –replicó el periodista, con un dejillo de zumba, como si se tratara de los moros del Riff.

–No escriben en castellano porque deben escribir en la lengua en que discurren, si quieren escribir bien. Ya sabe usted que "todos los poetas antiguos escribieron en la lengua que mamaron en la leche... para declarar la alteza de sus conceptos... y no debe desestimarse ni aun al vizcaíno que escribiese en la suya". Díjolo Cervantes, y así es ello de acertado. Lo derecho, lo regular, seria que ustedes aprendieran el catalán para leerlos y saborearlos como deben, porque a ello les obliga la profesión, ya que les falte el entusiasmo.

En mayo de 1892, pocos meses después la aparición de Nubes de Estío, invitado por los escritores catalanes, Pereda pronunciaba un discurso como mantenedor de los Juegos Florales de Barcelona en el que arremetió contra los que consideraba pseudopatriotas centralistas, incapaces de comprender la variedad de España:

Traigo guardado en el fondo del corazón un tributo de adhesión y de cariño a vuestros usos y costumbres, a vuestras letras regionales y a cuanto hay de venerando y ejemplar en vuestro espíritu de apego indestructible a las cosas del terruño nativo, a la patria chica (…) En este sentido, soy regionalista como vosotros, y en la justa proporción, cómplice vuestro también en el delito de lesa patria común, atribuido a los que, como nosotros, viven enamorados de la región nativa, por los hospicianos de la patria grande. Porque es un hecho notorio que, para estos pseudopatriotas, vosotros, que con rico abolengo e ilustre solar en el mundo de las letras, trabajáis incansables para acrecentar lo heredado y ennoblecer lo adquirido y, como vosotros, los nativos de otras regiones de parecido caudal al de la vuestra, y hasta los que, como yo, de más modesto linaje, llevan al libro la luz y las brisas y los panoramas y el modo de ser de las gentes, cuanto hay, en fin, de más caro y sensible en la tierra nativa al corazón de sus hijos, todos por igual trabajamos por el desdoro y la ruina de las letras nacionales, y hasta relajamos los vínculos de la unidad española. ¡Peregrina manera de entender el patriotismo! Tanto valdría afirmar que un cuerpo se debilita a medida que se robustece cada uno de sus miembros; tanto valdría creer, viniendo a lo concreto, que por ser una misma la sangre que corre por los nativos de todas las comarcas españolas, iguales son también los temperamentos, las inclinaciones y las costumbres de los hombres a todas partes (…); que la lengua nacional se modula de igual modo en todas las comarcas españolas; que no las hay entre ellas con su dialecto peculiar, y alguna, como la vuestra, con rica lengua propia, de conocido y viejo solar, y una literatura esplendente y cada día más vigorosa, hija legítima de esa lengua; y por razón de esta cultura excepcional, una riqueza en todas las esferas de la especulación humana (…) Y entendiéndolo así, declaro que no cabe en mi mente la idea de que trabajar en el sentido indicado conduzca al empobrecimiento del caudal de la patria común en el orden literario ni en ninguno de los imaginables. ¡La unidad de la patria! ¡Buena andaría esa unidad si no tuviera otra solidez, otros vínculos de cohesión, que la voluntad de unos cuantos hombres que turnan en el oficio de gobernarnos, y el prestigio de un puñado de cláusulas estampadas en un libro bajo rótulo de Leyes del Estado! (…) Pretender que este noble sentimiento que se impone al corazón humano en todos los actos de la vida social, no se refleje, cuando menos, en las letras y en las artes, es lo que me parece a mí delito, no solamente de lesa patria, sino de lesa cultura, de lesa familia, de lesa humanidad (…) Permitidme todos satisfacer uno de los más vivos anhelos de mi corazón: el de saludar fraternal y cariñosamente en vosotros, y en nombre también de las letras montañesas y de todos mis coterráneos, noblemente envidiosos de vuestra prosperidad, el renacimiento glorioso de vuestra literatura riquísima, a la gran ciudad, reina del Mediterráneo, emporio de cultura y de las artes industriales, y al pueblo todo de Cataluña, al pueblo artista por excelencia, inteligente y trabajador, honra y prez de España.

Aprovechando su estancia en Barcelona, Pereda visitó a su gran amigo Narcís Oller, quien le leyó el esbozo de una novela que se disponía a escribir. Titulada Un català a Espanya, trataba sobre un catalán que, deseoso de instalar una industria, se encontraba con tantos obstáculos burocráticos, políticos y judiciales que acaba muriendo amargado, sin poder llevar su proyecto a cabo, mientras los funcionarios españoles culpables de ello continuaban imparables sus carreras profesionales. Pereda reaccionó escandalizado:

–¡Oller, por Dios! Eso sería una novela separatista. ¡Qué injusticia! ¡Qué enormidad! No escriba usted eso. Se lo prohíbo yo, que tanto le quiero.

Pereda debió de triunfar en la discusión, pues Oller abandonó su proyecto novelístico para siempre.

Sin embargo, seis años más tarde llegaría el Desastre del 98, y con él el súbito despegue del catalanismo, hasta entonces movimiento literario y ahora proyecto político separatista. Pereda ya estaba muy mayor y, sobre todo, inactivo y recluido por el inmenso dolor que le provocó el suicidio de su hijo en 1893. Casi no volvió a coger la pluma hasta su fallecimiento en 1906. Nunca sabremos lo que debió de pasarle por la cabeza y el corazón al conocer en qué se había convertido el catalanismo literario que tanto amó.

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