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Brújula hacia la racionalidad

Sebreli escribió su libro para hacernos pensar, seamos religiosos, agnósticos, ateos… o escépticos incorregibles.

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Si el mundo contemporáneo amenaza con convertirse en la nave de los locos que enfila hacia los arrecifes, la minoría que aún anhela cambiar el rumbo letal encontrará una brújula hacia la racionalidad en Dios en el laberinto (Sudamericana, Buenos Aires, 2016), el ensayo más reciente de Juan José Sebreli.

Reflexión esclarecedora

Escribí en el prólogo de la edición española de El asedio a la modernidad (Ariel, 1992):

Juan José Sebreli, nacido en Buenos Aires en 1930, y autor de una decena de libros de indagación histórica y divulgación sociológica, vuelca en El asedio a la modernidad los frutos de toda una vida consagrada al estudio y a la impugnación de los mitos y falacias que obstaculizan el desarrollo de sociedades auténticamente civilizadas.

Sebreli ha sumado otros diez libros a la lista y ahora culmina, con esta opera magna de 738 páginas, su incansable campaña en defensa de la racionalidad, la modernidad y, en fin, nuestra civilización. No será fácil condensar la reflexión esclarecedora que nos aporta. Procuraré remitirme, sobre todo, a sus propias palabras. Advierte en la introducción, con la modestia del pensador abierto al progreso del conocimiento:

Escribo para disuadir, para convencer de que mi interpretación es, no la verdadera, pero sí la más adecuada, aunque siempre expuesta a ser modificada por nuevos descubrimientos, por distintas experiencias. Algunos de mis críticos me reprochan no tanto las repeticiones sino las contradicciones, sin percatarse de que solo el que no piensa, no cambia y permanece inmutable, aferrado a su pasado, se resiste a la crítica de su error.

Y después de definirse como agnóstico y de confesarse deudor, en cuestiones de teología, del heterodoxo Hans Küng, agrega:

Distante de todas las religiones, soy respetuoso de su diversidad y de la libertad de expresión de los creyentes, siempre y cuando no pretendan inmiscuirse en la vida de los que no comparten su credo ni presionar en las instituciones públicas para lograr el objetivo de imponer un estilo de vida único. Defiendo los principios de la libertad de conciencia y la laicidad, y soy contrario a las teocracias o los Estados confesionales, así como también al poco frecuente ateísmo de Estado.

Vulgaridad chabacana

A partir de esta presentación, Sebreli entra en materia y lo hace con un balance del estado actual de la religión. Reconoce que

no existe sociedad sin religión; los creyentes siguen siendo una inmensa mayoría, los ateos son minoría y el agnosticismo es una autodesignación limitada a intelectuales, El hombre corriente vive de emociones más que de razonamientos y carece del interés por el saber del espíritu crítico. Los conocimientos científicos y filosóficos son difíciles de comprender.

De todos modos, la sociedad moderna asiste a cambios radicales en la forma de expresar los sentimientos religiosos, que a menudo asumen configuraciones atípicas hasta derivar en cultos esotéricos y supersticiones atávicas. Sebreli agota este tema antes de incursionar en "las cuevas del Vaticano", escenario de escandalosos episodios de corrupción. Y desemboca en un fenómeno que lo obsesiona: "Francisco, un Papa populista". Setenta y una páginas del libro están dedicadas exclusivamente a desenmascarar la política demagógica de Jorge Marío Bergoglio, aunque su nombre reaparece en el texto cada vez que este hace referencia al mesianismo o a las consignas irracionales que la Iglesia católica utiliza para encandilar a las masas. Eso sí, Sebreli contrasta la despreciable vulgaridad chabacana de las arengas de Bergoglio con la densidad intelectual de los escritos de Joseph Ratzinger y con el pensamiento crítico de Hans Küng.

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Jorge Mario Bergoglio.

El papa Francisco se ha convertido en el principal adalid de la teología de la pobreza, tardío retoño de la teología de la liberación. Ambas fueron elaboradas por teólogos y sacerdotes privilegiados que salieron de los claustros de la Universidad de Lovaina y otras de Europa y Estados Unidos, y el papa Francisco las ha elevado, a la una y la otra, a la dimensión global, desde su atril, convertido en cátedra del populismo peronista. En verdad, el anhelo de los pobres consiste en dejar de serlo para ingresar en la denigrada clase media, materialista, consumidora y amante del dinero ("estiércol del diablo", Bergoglio dixit), y no en practicar en el infierno de sus chabolas, favelas y villas miseria la degradante cultura de la pobreza que idealizan los iluminados pastores del rebaño.

Erudición sin límites

Cuando Sebreli entra en el laberinto que da título al libro, su brújula marca el norte de la racionalidad, guiada por una erudición que no reconoce límites en cuestiones de historia, teología, filosofía, política y cultura. Todo ello complementado por un profundo conocimiento de las fuentes de todas las religiones. Cito al autor:

Los llamados "libros sagrados", muchos de ellos supuestamente dictados por Dios, tanto la Biblia como el Corán, y los más antiguos del Lejano Oriente, como los Vedas, Upanishads, Send-Avesta, Baghavad Gita (El Canto del Señor), Mahabhárata, Ramayana, Purana, Libro de los Muertos, el I Ching (Libro de las Mutaciones), constituyen un género literario en sí, mezcla de crónicas, apologética, máximas y cantos litúrgicos, todos ellos de procedencia oriental.

(…)

Occidente no tuvo libros sagrados, nadie pretendió que las teogonías de los primitivos fueran dictadas por Dios. Para Hesíodo, ni Zeus ni Júpiter se ocuparon de dictar ningún libro sobre sus hazañas; solo aparecían en la poesía épica y en la tragedia. La religión estaba relegada a género literario. (…) La cultura occidental fue secular desde el origen. La Biblia, adoptada en un periodo tardío de su evolución, era, tanto en el Vetero como en el Neotestamento, netamente oriental.

Utopías mortíferas

A continuación, Sebreli emprende su viaje por el laberinto: desmenuza los textos sagrados de las tres religiones abrahámicas –judía, cristiana y musulmana– y de sus competidoras orientales y occidentales; documenta el desarrollo de todas ellas y de sus ramificaciones a lo largo de la historia, con sus cismas y sus guerras, sus complicidades y sus enfrentamientos con el poder terrenal, así como su ambición de monopolizarlo, sus ortodoxias y sus herejías, sus sincretismos y sus depuraciones, sus sexofobias y sus libertinajes, sus sabios y sus inquisidores.

Subraya el autor que, en todas las etapas, la necesidad que tiene el ser humano de abrazar certidumbres tranquilizadoras prevalece tanto mediante la fe en los cultos tradicionales como, en tiempos de crisis y desconcierto, mediante la masificación en torno de sucedáneos espirituales espurios, supersticiosos e involucionistas, o de utopías políticas mortíferas, cuya máxima expresión han sido el nazismo y el comunismo. Neopagano el primero y ateo el segundo. En ambos casos, irracionales. Como también lo son, con peligrosidad variable, las teologías redentoras que, mezclando religión y política, van desde el tercermundismo puro y duro hasta las aberraciones guerrilleras. Temas todos estos de los que el autor se ocupa extensamente con las consabidas remisiones al populismo de Bergoglio.

Procesos civilizadores

Sebreli tampoco descuida su preferencia por los procesos civilizadores. Al abordar "la batalla cultural entre la modernidad y las religiones", evoca desprejuiciadamente:

Estas relaciones hostiles eran, sin embargo, contradictorias: el Renacimiento, periodo de esplendor, fue promovido por la propia Iglesia que paradójicamente sufría la decadencia del papado y del clero. Los Borgia y los Médici expresaban la corrupción de la Iglesia, pero a la vez el resurgimiento de la ciencia y las artes. El papa León X, hijo de Lorenzo el Magnífico, fue un ejemplo de esta doble faz de la religión: protegió la cultura y al mismo tiempo sumió a la Iglesia en una degradación que culminó con la venta de indulgencias que eximían del castigo por los pecados, provocando la rebelión de Lutero.

En cambio, en esa misma época el purificador fray Girolamo Savonarola enviaba a la hoguera las obras de arte y a sus autores en su afán por salvar la virtud.

Al ocuparse de España, recuerda que, tras el reinado absolutista de los Habsburgo, los Borbones y, aunque cueste admitirlo, la invasión napoleónica sembraron la semilla del liberalismo ilustrado.

Otro testimonio de la preferencia de Sebreli por la civilización occidental es su crítica al Mahatma Gandhi, con "su idea, característica de todo fundamentalismo, de la unidad de la política y la religión". Prosigue:

La política de Gandhi era el nacionalismo, o mejor, la "identidad cultural", que remitía a su vez a la religión. (…) La opción por el ascetismo, el uso de la rueca medieval contra la industrialización, el rechazo de la medicina occidental incluidas las vacunas, expresaban el fanatismo religioso y el repudio de Gandhi a la modernidad y a la ciencia.

En la orilla opuesta estaba Jawaharlal Nehru, artífice de la independencia de la India, que proclamaba:

Hoy día la antigua cultura de la India se sobrevive a sí misma. Silenciosa y desesperadamente lucha contra un adversario nuevo y todo poderoso: la civilización del Occidente capitalista. Es seguro que sucumbirá porque el Oeste aporta la ciencia y la ciencia supone el pan para millones de hambrientos.

Nehru pecó de optimista, como casi todos los que depositan -depositamos- excesiva confianza en el poder disuasorio del liberalismo político y económico y de la ciencia, pero si la India se hubiera estancado en el primitivismo gandhiano estaría mucho peor.

Nos quedamos pensando

Por fin, Sebreli se interna en los vericuetos de la ciencia y la filosofía y culmina el viaje con una emocionante "confesión de mis pensamientos sobre la muerte y las imaginaciones acerca del después", y con la pregunta: "¿Existe Dios?". La respuesta está implícita en su autodefinición: "Por qué soy agnóstico". Para quienes nos guiamos por la brújula de la racionalidad que él maneja con maestría son estimulantes los argumentos que vierte para explicar por qué se define como agnóstico y no como ateo. Quienes, admirando la lucidez de Sebreli, nos hemos definido como ateos, nos quedamos pensando.

Para eso escribió Sebreli su libro. Para hacernos pensar, seamos religiosos, agnósticos, ateos… o escépticos incorregibles, que también existen y ofrecen una alternativa que Sebreli rechaza pero que no deja de ser tentadora.

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