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'Imperiofobia y leyenda negra'

España no se molestó en defenderse de los libelos cuando dominaba el mundo. Tenía asuntos más importantes de los que ocuparse. Quizá vaya siendo hora.

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Imperofobia

Un personaje de la exitosa serie de televisión La que se avecina espeta en un episodio a una pareja de estadounidenses:

Malditos yanquis. Que os creéis la policía del mundo. Y sois una panda de gordos con escopeta. Que no tenéis ni historia ni nada. Cuando España dominaba el mundo, vosotros ibais en taparrabos.

Seguramente muchos españoles suscribirían esas frases. A raíz de la elección de Donald Trump volvieron a aparecer estos estereotipos acerca de los estadounidenses. Se insistió en que los blancos sin estudios habían votado masivamente por Donald Trump como para sugerir la idea de que era un presidente elegido por racistas ignorantes. Hubo algo de eso. Claro que sí. Pero también lo votaron afroamericanos y latinos de diverso nivel cultural y diferentes ingresos. De cualquier modo, las elecciones de Estados Unidos sirvieron para airear y actualizar los tópicos desdeñosos sobre la nación más poderosa de nuestra época.

De esto trata el libro Imperiofobia y leyenda negra, de María Elvira Roca Barea y con prólogo del periodista Arcadi Espada. El objetivo principal del libro es hallar los motivos por los que las naciones que han dominado a otras han tenido –y tienen– tan mala reputación. Aunque ya no hay conquistas ni campañas militares en las que el líder se ponga al frente de sus tropas y las arengue con frases épicas, las naciones continúan queriendo despuntar y tener preponderancia. Lo hace Estados Unidos, pero también China, con su influencia económica en Latinoamérica y África y sus islas artificiales en el Mar de la China Meridional. Tampoco olviden que Rusia entró en la guerra de Siria a favor de su aliado Bashar al Asad.

Cada 12 de octubre, algunos lamentan que España conquistase América. No hay nada que celebrar, dicen. Sucede igual con la conmemoración de la toma de Granada cada 2 de enero. Una mayoría de españoles mira hacia su pasado con vergüenza. El sintagma que define esa vergüenza histórica que sigue pasándose de generación en generación y que nunca parece extinguirse es el de leyenda negra. Y aquí hay que hacer un inciso. Imperiofobias hay muchas, pero el sintagma leyenda negra, como entidad, solo ha sido asestado a España. Con eso y con todo, no crean que esta leyenda negra es una ocurrencia nueva. A pesar de que podría intuirse que es una autocrítica surgida en las sociedades libres que tienen la valentía de mirar hacia atrás con sentido analítico, lo cierto es que la leyenda negra española se gestó al mismo tiempo que España dominaba el mundo.

Parece que la leyenda negra contra España nació en Italia. El sur de este país mediterráneo fue lo primero en ser conquistado en las épocas de la expansión de la Corona de Aragón durante la Edad Media. No era la primera vez que un pueblo sometido vertía acusaciones contra la nación que lo dominaba. De hecho, el libro de María Elvira Roca muestra que las causas se asemejan aunque los actores sean distintos. Desde Roma hasta Estados Unidos, siempre se ha querido denostar a la nación dominante aduciendo motivos similares. Quienes comenzaron las imperiofobias fueron siempre los mismos: una élite ilustrada que había sido arrinconada por los nuevos mandamases. Esto aconteció en Italia. Resultó que los españoles eran unos gañanes sin clase que estaban manchados de sangre impura –judía y musulmana– y que conquistaban y dominaban por pura chiripa. Así de paradójico es el asunto. En la Edad Media y en siglos posteriores, los españoles fueron acusados de ser demasiado permisivos con quienes ensuciaban la sangre cristiana. En la actualidad se les culpa de lo contrario: de haber sido racistas e intolerantes con las otras etnias de la Península. Las excusas se adaptan a los tiempos.

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Como ven, las razones con que se vilipendiaba a España eran muy parejas a las que puedan usarse hoy contra Estados Unidos: un imperio de gente bruta, racista y arrogante que no sería nada sin su fuerza militar. La existencia y el éxito de organismos como la NASA o el Instituto Tecnológico de Massachusetts no les trastocan sus prejuicios. Pero acaso los datos más novedosos –o menos difundidos– de este Imperiofobia y leyenda negra sean los referidos a Roma. Los romanos dominaron y sometieron gran parte del mundo conocido. ¿Y dónde había una élite ilustrada capaz de esparcir ideas infamantes sobre Roma? En Grecia. Algunos autores helenos incidieron en la idea de que los romanos habían logrado su imperio por un cúmulo de circunstancias como el defenderse al verse atacados o valiéndose de la inepcia de los demás. En definitiva: era otro imperio de chiripa. Los romanos eran demasiado toscos para haber conseguido tan magna obra por méritos propios. La torsión de los hechos se vio en el cambio de actitud de varios historiadores griegos hacia Alejandro Magno: el macedonio –que había sido percibido como un tirano en su tiempo– fue redimido durante el dominio romano y presentado como un culto antídoto contra la zafiedad del imperio ganador. Fíjense en que siempre hay una idea clasista: quienes subyugan son bastos y tienen mucha suerte. Son indignos de su fortuna. Le ocurre a Estados Unidos y le ocurrió a España. Sus virtudes son diluidas para rebajar la humillación de quienes se tienen por un pueblo doblegado.

En la Italia del siglo XVI, los italianos usaban la voz marrano como sinónimo peyorativo de español. Se servían del antisemitismo con el fin de arrojar sobre los españoles la duda sobre su pureza de sangre. ¿Cómo era posible que estos españoles mezclados con judíos nos domeñasen con tanta facilidad?, se preguntaban. Pero esto era la versión reducida del desprecio. Los españoles tampoco habían sido capaces de aportar nada a la alta cultura del continente, y el Renacimiento había tenido lugar a pesar de los españoles y no gracias a su contribución. Además, los italianos tachaban de godos a los españoles al objeto de resaltar su barbarie. Este insulto desapareció en cuanto naciones de origen germánico como Inglaterra o los Países Bajos empezaron a tener influencia y recurrieron a tachar a los españoles de semitas. De nuevo, la misma leyenda negra era activada con diferentes justificaciones.

El libro incluye dos testimonios claros de que el origen de estas negras leyendas son siempre élites agraviadas. El primero es del Gran Capitán en una carta a Fernando el Católico. El militar escribe al rey preguntándole qué hacer con un noble aliado de los españoles que trataba muy mal a sus vasallos y al que había que castigar. Se dan cuenta de que necesitan el apoyo de los poderosos pero, a la vez, quieren impartir una justicia imparcial. El siguiente testimonio es del embajador veneciano Suriano, que deplora que los españoles apliquen la ley sin reparar en la naturaleza noble o plebeya de los acusados. La inquina surgía entre los más opulentos, que eran quienes tenían la capacidad de redactar soflamas y darlas a conocer, pues sabían escribir e hilar argumentos y podían pagarse una imprenta.

Por último, la tesis más interesante, además del rastreo de la imperiofobia, es la de cómo las naciones se configuran y se estructuran con más facilidad frente a otras. El odio a los españoles facilitó que la identidad italiana fuera creándose. El rechazo a la invasión napoleónica situó los mimbres para robustecer la identidad rusa que narraron autores como Dostoyevski. Los nacionalismos catalán y vasco invocan continuamente la leyenda negra española para distanciarse y diferenciarse de una nación que consideran atrasada. El luteranismo fue también consecuencia de un nacionalismo alemán que quería quitarse de encima el calificativo de bárbaros –así los señalaban los italianos– y que consideraba demonios y anticristos a los católicos. En la propaganda luterana se llama a los españoles sodomitas, violadores, turcos y marranos. Lutero escribe: "Alemania será humillada y despojada de sus hombres y de sus bienes. Será sometida al reino de España. Esto lo procura Satanás porque intenta impedir que haya una Alemania libre". Igualmente, la identidad de las naciones protestantes se originó mediante la denigración de las naciones católicas. Enrique VIII mató a unas 72.000 personas. Su hija María Tudor –que era católica–, 284 personas. Quien se llevó el apelativo de "sanguinaria" fue ella.

La autora destaca que España no se molestó en defenderse de los libelos cuando dominaba el mundo. Tenía asuntos más importantes de los que ocuparse. Quizá vaya siendo hora. Al menos, para que los españoles dejen de hacer suya la propaganda de otros.

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