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Domingo Soriano

"¿De qué deben de estar huyendo para arriesgarse así?"

Mitchell narra algunos de los primeros intentos de fuga de Berlín Este tras la construcción del Muro. El paraíso comunista era esto: miedo y miseria.

Domingo Soriano
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Mitchell narra algunos de los primeros intentos de fuga de Berlín Este tras la construcción del Muro. El paraíso comunista era esto: miedo y miseria.
Los Túneles

Si hay algo que sorprende de la historia del comunismo es la resistencia de sus seguidores a aceptar la realidad. El mito de la utopía es tan potente que sirve como venda para taparse los ojos ante el más palpable de los fracasos. Se parapetan sus defensores (y no son pocos; de hecho, a raíz de la crisis de 2007-08 se han multiplicado) detrás del argumento de que nunca se ha aplicado aquello que propugnan. Lo que no deja de ser curioso, porque hasta el día antes de su desplome siempre lo defendieron con entusiasmo.

Algo así ocurrió con el Muro de Berlín. Los mismos que te decían en 1988 que la URSS pronto superaría a EEUU en términos de renta per cápita y prosperidad... (y sí, había numerosos europeos occidentales que lo afirmaban con determinación), esos mismos te decían en 1991 que el problema es que no se había aplicado el comunismo real o que el experimento salió mal porque los líderes no estuvieron a la altura. El problema es que no hablamos de un país. De un fracaso. De un líder. A lo largo del siglo XX, a partir de ese fatídico 1917 que algunos conmemoran este año, decenas de países se embarcaron en el más terrorífico experimento social que el ser humano haya conocido nunca. En ninguno salió bien. Todos ellos –TODOS, sin excepción– acabaron igual: sin libertades políticas ni sociales, con represión, cárceles, miedo, terror. No deberíamos hablar tanto los economistas de esto: porque lo menos grave del comunismo es la miseria económica a la que condenó a sus ciudadanos. Si sólo hubiera sido eso…

Siempre he pensado que la mejor manera de combatir (y hay que seguir haciéndolo) el comunismo no es con gráficas, ni con datos, ni mucho menos con estadísticas. Sólo el retrato de las sociedades en las que enraizó conseguirá que los ciegos que no quieren ver entreabran un ojo. La historia de ese espía que se pone en el lugar del tipo al que debe vigilar en La vida de los otros, la mirada alucinada del protagonista de Deutschland 83 (una fantástica serie alemana de hace un par de temporadas) cuando llega al Oeste y prueba por primera vez un walkman, una foto de un supermercado venezolano vacío, una imagen aérea de La Habana cayéndose a pedazos... Eso es el comunismo y ninguna cifra de PIB lo explicará mejor.

Hace unas semanas Ariel publicaba Los túneles, de Greg Mitchell. Es la historia de un puñado de alemanes de Berlín (Este y Oeste) que a lo largo de 1962, todavía en shock por la construcción del muro que dividía su ciudad, decidieron cavar unos túneles de un lado a otro de las calles separadas por la frontera de hormigón para salvarse y salvar. Para escapar y ayudar a escapar. La iniciativa surgió para rescatar a amigos o familiares y acabó convirtiéndose en una preciosa historia de valentía, riesgo, solidaridad (de la de verdad) y heroísmo que la NBC filmó para uno de los documentales más premiados y vistos de la historia de la televisión norteamericana (se emitió el 10 de diciembre de 1962).

El relato es vertiginoso: aunque tiene un bache alrededor del segundo tercio, cuando se detiene en las cuestiones políticas sobre la emisión o no del largometraje, se recupera de nuevo al final y mantiene muy bien la tensión a lo largo de la mayor parte del libro. En realidad, las historias de los protagonistas son tan poderosas que no necesitan más que un notario que transcriba sus vivencias. Y de eso se encarga Mitchell. Hay varias escenas memorables. De esas que todos deberíamos guardar, de esas que deberían convencer al más fanático, de esas que no lo lograrán porque no quieren ser convencidos.

Porque si la construcción del Muro no consiguió terminar con el comunismo (la ideología que más terror, muerte, destrucción y pobreza ha generado nunca), nada lo hará. Porque nunca un sistema político ha llegado a lo que logró éste: construir un muro no para evitar que la gente entre... ¡sino para evitar que se vaya porque no la puedes retener de otra manera!

Los que nacimos y crecimos sabiendo que existía un muro en Berlín llegamos a acostumbrarnos, como si fuera normal. Pero no lo era. Es que no es normal querer irte de tu casa. Casi nadie quiere salir de su país a no ser que no le quede otro remedio. Y menos aún arriesgando su vida. Vemos ahora a los inmigrantes que sortean toda clase de peligros escapando de la guerra en Siria o la miseria africana y nos preguntamos cómo de mal deben de estar pasándolo para atreverse a algo así. En Alemania del Este era todavía peor. No había guerra. Había grandes carencias materiales, pero no había hambruna. Y si te pillaban intentándolo, te metían en la cárcel, a ti y a los tuyos. Pues bien, incluso así, tuvieron que hacer un muro para que sus ciudadanos no cruzasen una calle. Tuvieron que amenazarles. Y a pesar de todo, lo intentaban.

Tres escenas (hay muchas más en el libro) servirán para retratar la miseria de un sistema que los Carlos Sánchez Mato y los Alberto Garzón de turno todavía defienden (y no, eso no les convierte en unos apestados políticos, como le ocurriría, con razón, a cualquiera que justificase el nazismo o el fascismo). La primera está en la página 138, cuando el autor explica qué llevó a Anita Moeller a querer escaparse tras haber formado parte de los Jóvenes Pioneros comunistas: "Quería la vida que había visto en las visitas a la familia de su madre, en Colonia. Cuando veía las fotos de los soldados en la Puerta de Brandeburgo, apuntando hacia el este y no hacia el oeste, lo tomaba como un símbolo". Sí, eso es el comunismo, un ejército que no apunta al enemigo exterior... sino a sus ciudadanos.

La segunda escena transcurre en la salida de uno de los túneles que fracasaron. La Stasi recibió un soplo y se personó en la casa a través de la que pensaban escapar más de cuatro decenas de alemanes del Este. La temible policía secreta llegó antes de tiempo y arrestó a los dueños: "Observaron que las habitaciones de su casa estaban sospechosamente sobrecargadas de artículos del mercado negro: mantequilla, salchichas, harina, vino, coñac, champán, papel higiénico, café, chocolate". No es un argumento económico, que también: ¿qué clase de país es ese en el que estos artículos sólo se pueden conseguir de forma ilegal?; es sobre todo político: ¿qué clase de sistema castiga a alguien por tener en casa café? Sí, eso es el comunismo.

Pero quizás el momento más emocionante sea la imagen y la frase con la que el documental termina la escena de las fugas. La cámara muestra cómo van saliendo uno a uno aquellos pobres desgraciados, que lo habían abandonado todo a cambio de un poco de libertad, con sus hijos a cuestas, arriesgando sus vidas, sabiendo que si les pillaban en el intento les condenarían a fuertes penas de cárcel y también sus familiares serían castigados:

Inge gateó como una desesperada por el túnel con su abrigo de cuadros, rozándose e hiriéndose con el raíl de acero (…) Llegan la hermana de Hasso y su hijita. Las jóvenes madres, con las medias desgarradas y las piernas manchadas de barro, limpian a los bebés. (…) Actuaban como muñecos mecánicos: sin hacer pausa, sin quejas... incluso cuando veían lo oscuro y húmedo que estaba el túnel. Los podían haber conducido como ovejas al matadero o a los brazos de la Stasi.

Pero a pesar de esa incertidumbre entraban en el túnel, con la esperanza de dejar atrás el terror y la miseria. La frase de la NBC lo resumió a la perfección: "¿De qué deben de estar huyendo para arriesgarse a algo así?". Pues eso, de la utopía. De lo mismo que escapan los que arriesgan su vida tratando de salir de Corea del Norte o Cuba... del comunismo. Como decía un chiste muy habitual en aquellos años en el Berlín Oriental: "Adán y Eva eran alemanes del Este: iban desnudos, sólo tenían una manzana para los dos... y les decían que vivían en el Paraíso". Algunos miserables, en la España de 2017, todavía lo dicen.

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