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Cosmopolitismo y nacionalismo, las dos caras de una misma moneda

"¿Y si nuestros pseudocosmopolitas sintieran por el extranjero la misma fobia que los nacionalistas?", se pregunta Pascal Bruckner en 'El vértigo de Babel'.

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Acantilado | pascal.jpg

"¿Y si nuestros pseudocosmopolitas sintieran por el extranjero la misma fobia que los nacionalistas?", se pregunta Pascal Bruckner en El vértigo de Babel. Da la sensación, en tiempos convulsos, de que ante una manera tambaleante de entender el mundo siempre aparece otra, opuesta, que la justifica. La imagen podría parecerse a la mecánica de un caballete o a un castillo de naipes. Desde dos extremos, como reflejos oponibles y haciendo palanca, dos ideas que se contradicen se apoyan la una en la otra y acaban, paradójicamente, por darse vida mutuamente. Ese maniqueísmo simplista funciona casi siempre, precisamente, por su sencillez. Pocas cosas hay más atractivas que entender la complejidad del mundo a través de esquemas asequibles, que dibujan la realidad de una manera clara, aunque no necesariamente veraz. Y suele suceder también, para bien de las sociedades, que cuando triunfan esos discursos que se niegan recíprocamente, y que difícilmente encuentran entre ellos puntos en común, aparecen de pronto algunas voces ignoradas que aportan otro punto de vista y que despejan la incógnita que siempre surge en las mentes críticas: ¿quién, de entre los dos portavoces de las ideas que se anulan, tiene razón? La respuesta es simple y obliga a hacer examen: ambos y ninguno, al mismo tiempo.

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