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El centrismo insurgente

El centrista vendría a ser un pragmático con principios, escéptico comprensivo, desconfiado innovador, negociador transaccional y patriota constitucional leal al Estado de Derecho.

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Deusto | Beatriz Becerra

Piense en las personas que más le inspiran. En las que confía. A las que admira. Seguro que tiene una buena lista de palabras para definirlas. Y apostaría a que en ninguna de esas listas aparece el adjetivo moderado, ¿me equivoco? Es lo normal. Cuando de liderar o transformar el mundo se trata, todos tendemos a señalar características como la audacia, la creatividad, la valentía, la visión, la belleza, el esfuerzo, la honestidad, la brillantez intelectual... Pero, más allá de sus atributos caracterizadores, resulta un ejercicio sorprendente comprobar que la posición ante la vida de una inmensa mayoría de esas personas que admiramos es radicalmente moderada. Centrista, vamos. ¿Por qué digo esto?

El centrista es radicalmente procambio y antiinmovilismo: su máxima es progresar, mejorar, reformar. Y eso diferencia al centro de esas especulares izquierda y derecha que, a lo Lampedusa, hacen como que lo quieren cambiar todo para que en realidad nada cambie. Lo único que rechaza el centrista es el arrebato destructivo, el extremismo y la violencia (también la intelectual). El centrista, por mucho que insistan los interesados en confundir o caricaturizar, no ha caído en el medio porque no podía llegar a los extremos. No sólo no es débil, tibio, aburrido, indeciso o equidistante, sino precisamente lo contrario: ser centrista es tremendamente provocador. Atractivo. Sexy. Estimulante. Y les voy a explicar por qué.

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