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Daniel Rodríguez Herrera

Una crítica a 'En defensa de la Ilustración'

El problema es que el raciocinio del propio Pinker se cae por el retrete cuando se trata de hablar de política.

Daniel Rodríguez Herrera
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Pocas cosas me gustan más entre las tendencias del mundo intelectual de los últimos años que los libros que nos recuerdan que, pese a todo, el mundo va bien. Se dieron los primeros pasos con En defensa del capitalismo global de Johan Norberg y El ecologista escéptico de Bjorn Lomborg, que dejaban claro que esa capitalismo global que hacía que los ricos se hicieran más ricos y los pobres más pobres mientras destruía la naturaleza en realidad estaba reduciendo la pobreza en un ritmo récord y al mismo tiempo reduciendo el impacto sobre el medio ambiente. Pero es quizá a partir de El optimista racional de Matt Ridley que este género de ensayos ha empezado a tener cierto impacto en el mundo, como indican los éxitos recientes del Factfulness del difunto Hans Rosling, Progreso de Norberg y las dos últimas obras de Steven Pinker.

Ha sido posiblemente con En defensa de la Ilustración de Pinker cuando más ha estado en boca de todos la idea de que el mundo lleva siglos, con sus dientes de sierra, mejorando de forma ostensible en todos los ámbitos que normalmente nos preocupan, desde la salud hasta la ecología, pasando por la economía, la libertad y casi todo lo que se nos ocurra. En ese sentido, es una ampliación a muchos más ámbitos de su anterior Los ángeles que llevamos dentro, que se ocupaba exclusivamente de la violencia. Se le han hecho muchas críticas injustas, desde que da por sentado el progreso a que desprecia los problemas que seguimos teniendo, pasando por que llame Ilustración, que en esencia no deja de ser una corriente de pensamiento del siglo XVIII que acabó desembocando en la guillotina y la masacre de la Vendeé, al ideal de usar la ciencia y la razón para mejorar la condición humana.

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