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José María Marco

La revolución democrática

No sabía yo en 1992 que estábamos en el umbral de una nueva revolución, aún más potente que la del 68 y que la que acabó con la utopía socialista.

José María Marco
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No sabía yo en 1992 que estábamos en el umbral de una nueva revolución, aún más potente que la del 68 y que la que acabó con la utopía socialista.

Un mediodía de octubre de 1992 estaba almorzando con un conocido en Madrid. Yo seguía bajo el shock de lo ocurrido poco antes, con el arco que va de la caída del Muro de Berlín al colapso de la Unión Soviética. Y, dejándome llevar por la improvisación, le expuse a mi comensal una paradoja. Y es que, habiendo pensado siempre que vivíamos un tiempo postrevolucionario, resultaba que habíamos vivido dos revoluciones: la antiautoritaria del 68, que nos había cogido a los dos de pleno, y en cierto modo sin defensas, y luego la que había acabado con la utopía socialista. (Intuí por su actitud que aquello no le había gustado, apenas volvimos a vernos desde entonces). No sabía yo por entonces que estábamos en el umbral de una nueva revolución, aún más potente que las otras dos.

En 1973 se desencadenó la llamada crisis del petróleo, que, junto con las consecuencias de lo ocurrido en el año 1968, acabó con el orden de lo político forjado en los países desarrollados desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Yo era demasiado joven como para tomar conciencia de lo ocurrido, pero por eso mismo quedé instalado naturalmente en la crisis. Y es que aquel gran cambio no iba a verse seguido de un nuevo período de estabilidad. Al contrario, desde entonces hemos vivido en crisis permanente, sin tiempo para el descanso y la seguridad. Los años de entre 1996 y 2008 trajeron un período de prosperidad y crecimiento como yo –al menos– no había visto nunca, e incluso hubo voces que hablaron del final de los ciclos económicos. Aquello resultaba demasiado teórico y si alguna creencia estuvo vigente en todo ese tiempo es que siempre viviríamos en un mundo inestable, con cambio o disrupción –como se dice ahora– permanente.

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