Colabora
José Sánchez Tortosa

Catálogo de nostalgias al despertar

¿Cómo extraer belleza, y verdad, de tanta miseria, de tanta mentira?

Confluencias

En alguna ocasión ha contado el profesor Albiac su propuesta de publicar sin nombre de autor sus obras y, en particular, sus novelas. La idea fue rechazada por las editoriales, en un alarde de comprensible política editorial. Sin embargo, la extravagancia en cuestión tiene una profundidad acaso inadvertida.

Sin necesidad de incurrir en metafísicas abstrusas, resulta una evidencia dolorosa, o cuando menos decepcionante para la vanidad propia del escritor vocacional, la insignificancia relativa de las tribulaciones biográficas del autor en comparación con la grandeza de la obra. En los recurrentes ejemplos inversos, la gigantesca sombra del ego denota, correlativamente, la mediocridad proporcional de un producto inerme sin los reclamos del nombre propio que le da credibilidad o fama. Un ego inmenso se impone a la obra, la oculta o distorsiona, y ésta es apenas la excrecencia o residuo que sólo es aceptada por la identidad del autor.

Por el contrario, las obras verdaderamente grandes, valiosas por sí mismas, se sobreponen y se elevan por encima del accidental sujeto que las urdió, casi siempre a su pesar, cuyo nombre merece el olvido o, como suele, su identificación con la obra, quedando sus peculiaridades personales reducidas a motivo de morbo para curiosos o de uso, usurpación, manipulación y prostitución a manos de los buitres ideológicos de toda laya. Cervantes no es ya tanto el nombre de un sujeto concreto, históricamente acotado, demiurgo de la gran novela moderna, sino el nombre de una obra literaria inmensa, producto no sólo de las operaciones intelectuales y manuales de un individuo, sino de toda una tradición, con sus traumas, rupturas y continuidades diacrónicas, minuciosa cristalización de corrientes populares, lingüísticas, estéticas, religiosas, consuetudinarias de largo aliento y riqueza singular que anteceden y suceden al átomo que escribe. Don Quijote es superior a Cervantes, como ya advertía Unamuno. Recordamos a Cervantes por Don Quijote, y no a la inversa, igual que se estudia a Pitágoras por su teorema, no al teorema por ser de Pitágoras.

La obra deja, en un sentido muy preciso, de ser del que la ha producido una vez ha puesto el punto final, escapa de sus manos en ese momento, no porque la pierda, sino porque pasa a ser además patrimonio de todo el que la lea o pueda leerla, y hacerla suya, por tanto. Como sentenciaba Séneca: el conocimiento es mío en propiedad precisamente por ser universal:

Todo cuanto es verdad me pertenece.

Por eso resulta una pequeña pero maravillosa traición, cometida por Confluencias, la reedición en forma de trilogía de las tres novelas de Gabriel Albiac, cuyo nombre se silenciará a partir de este punto para hacerle el gusto. Son las crónicas noveladas de un final de siglo maldito, paradójico, demasiado humano, que recorren con amargura desencantada y humor ácido los avatares de un puñado de sujetos incrustados en los tumultos que sacudieron la Historia. Víctimas de sí mismas y de su tiempo, aquejados de una sobreconsciencia tragicómica, recurso dramático deliberado sin el cual la apuesta literaria y vital de las tramas palidecería y se perdería, son personajes cosidos al magnetismo de mitologías ya ajadas, devotos o mártires de revoluciones soñadas, nunca abandonadas del todo, de anhelos de trascendencia en un mundo caído, encadenado a inmanencias implacables que ninguna máscara sagrada puede hacer ya tolerables a los que han sucumbido, sacudidos violentamente por la realidad hasta el despertar más frío y punzante, insomnio en plena madrugada buscando refugio en la radio, las drogas, el sexo, el cine, la literatura, el rock, formas de frágil anestesia, de amnesia precaria, siempre insuficiente, sed que no se sacia.

Las grandes heridas del Occidente agonizante, Mayo del 68, la caída de la Unión Soviética, el 11-S y el 11-M, fijan el encuadre cronológico, el ecosistema cuasi apocalíptico en el cual germinan y mueren ensoñaciones generacionales. Tres décadas ominosas bajo las cuales el mundo vivido y soñado por los personajes de la trilogía se vino abajo. El fulgor efímero e ilusorio que ofrece la belleza fatigada de la decadencia y la extinción se revela en ella. La literatura que nos convoca recoge esa estampa, avivando en la densidad estética de las palabras lo irremediable de una grandeza histórica víctima de su propio éxito.

En forma de novela negra, esta trilogía finisecular entrega a la lectura o relectura un lento y paulatino fundido en negro de espejismos desvelados demasiado tarde, de recuerdos que acechan, que contaminan, que mienten, como un ajuste de cuentas sin cerrar, relata el espanto de atravesar fronteras generacionales e históricas como insectos envanecidos, ciegos de sí mismos y engañados por su falaz conciencia psicótica de ser algo. Barridos por el tiempo, que quisieron hacer suyo y que los engulló, se debaten entre la dosis necesaria de olvido que les permita soportarse todavía y la amarga nostalgia que les impida saberse culpables de alta traición, mancha indeleble que asoma una y otra vez entre diálogos, bromas, gestos, elusiones, vericuetos con los que engañarse, seguir en pie meramente existiendo, no viviendo ya.

El estilo narrativo se abre a fogonazos, a picotazos, sintagmas brevísimos a menudo, una palabra a veces, a modo de guion cinematográfico, planos congelados para dramas de hielo, de invierno, de voluntades postreras, en atmósferas íntimas, clandestinas, neblinosas, hechas de claroscuros geométricos al estilo de los clásicos del cine, de claridades invadidas por sombras, juegos de espejos empañados, tal vez alegorías de esas certezas irrenunciables acosadas por la dura verdad de los tiempos negros que las abaten.

Llevamos la costra de esos años, Lucía. En el alma. Nada nos limpiará eso. No añadas más dolor al mundo. No hay libro que merezca existir.

(Palacios de invierno)

En el fondo, la escritura, bajo la apariencia de novela triple aquí, se agita en el afán insobornable por dar respuesta a la gran cuestión literaria y estéticamente esencial: ¿cómo extraer belleza, y verdad, de tanta miseria, de tanta mentira?

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