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Santiago Navajas

Un ensayo-mapa para tiempos laberínticos

De la Rubia no confunde la libertad y el pluralismo con el relativismo y la incapacidad de distinguir el bien del mal, lo verdadero de lo falso.

Un ensayo-mapa para tiempos laberínticos - Santiago Navajas
laberinto, destino, de distancia | Pixabay/CC/PIRO4D

En la ingente producción libresca anual, dominada por las listas de más vendidos, cabe destacar las aportaciones minoritarias en cantidad pero que brillan por su calidad. Un ejemplo en el terreno del ensayo es Photocall. Imagen, presencia y opinión, inmersión entre lo académico y lo mundano en nuestra civilización del espectáculo, de la indignación, de la empatía, dominada por las imágenes que se muestran al público en los diversos medios de (in)comunicación, de las televisiones clásicas a Youtube, pasando por Instagram, Onlyfans y el Metaverso que ha puesto de moda Zuckerberg.

Su autor, José Antonio de la Rubia, es un ironista que, acompañado por una pléyade de autores, de Arcadi Espada a Susan Sontag, pasando por artículos publicados en Libertad Digital o Jot Down, hace un análisis fenomenológico de esa pandemia de virus en forma de imágenes que nos presentan en el mundo digital, en el que gastamos tantas horas como en el atómico: de los terroristas que suben a Youtube su última decapitación al cocinillas que publica en Instagram una foto de la paella que está realizando.

El photocall es, más bien, una especie de narcisismo compartido, una exigencia estructural de los procesos que modelan al yo. La gente no suele poner selfies en sus fotos de perfil sino una imagen externa de ellos haciéndose un selfie ante un espejo. Lo que aparece es el yo compartido ectoplasmático. Una aparición que rellena lo que, de otro modo, sería un espacio desolado. Una sesión de egoespiritismo.

Al análisis de este egoespiritismo están dedicadas las doscientas cincuenta páginas del libro, divididas en 20 escenas (más la final), en las que José Antonio de la Rubia defiende una versión del zoon politikon de Aristóteles en la era de los medios de comunicación de masas. Seguimos siendo sociales, sí, pero con miles de amigos en Facebook y seguidos/seguidores en Twitter. La novedad de José Antonio de la Rubia es que sustituye la comunicación como núcleo de lo que son los medios por la presencialidad o publicidad. Los seres humanos habríamos pasado a estar orientados hacia una presencia digital que pasa a ser más fuerte que la realidad del ser de carne y hueso. No cae, sin embargo, en el pesimismo boomer de autores como Sartori o Vargas Llosa, que demonizan lo visual en nombre de la escritura, pero sí revela nuestra actual esencia digital no analógica.

La fotografía se ha convertido en un arte a posteriori. Es la postfotografía. La foto no se hace. Se descubre.

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José Antonio de la Rubia es un ilustrado, pero sin la ingenuidad ni el catastrofismo de Postman y Sartori (en suma, más bien en la senda del escepticismo creativo de Karl Popper). Por ello aplica a las imágenes la racionalidad y la normatividad que según el paradigma del racionalismo estreñido sólo cabe aplicar al lenguaje y a las grandes obras literarias. En lugar del rechazo a la civilización del espectáculo, del entretenimiento y de la visión, el autor les aplica sin desmayo una serie de reflexiones y traza una panoplia de metodologías para hacer de la nueva época digital una era ilustrada, al estilo de los que defendieron al cinematógrafo de la acusación, a principios del siglo XX, de ser un show de pandereta para analfabetos. De ahí que sea un fino epistemólogo moralista:

Belleza y verdad no tienen por qué ser incompatibles, sólo hay que saber establecer un orden de prioridades en el periodismo. No se puede manipular una foto ni siquiera para hacerla más verdadera. Ni más conmovedora.

Quizás el origen de este libro reside en el trauma que confiesa el autor cuando miraba, entre adicto y extasiado, unos programas de Iñaki Gabilondo en los que sensibilizaba sobre las víctimas de accidentes de trabajo. No informar, como se supone que deben de hacer los periodistas, sino concienciar (otra expresión-lapa dentro del terrorismo empático que nos asola).

El logo es la esencia del photocall.

Iñaki Gabilondo era un logo al estilo del escudo de la policía en las imágenes de incautación de drogas: un certificado de calidad. O, mejor dicho, presunta calidad. Porque, en realidad, "todo photocall genera un espacio público y todo lo público es publicidad". Dado que vivimos en una "sociedad hiperarticulada mediáticamente", en la que incluso los que aspiran a una vida familiar y rural, campestre y sana, alejada de las urbes globalizadas, nunca renunciarían al wifi y su red social favorita, el ensayo de José Antonio de la Rubia es una fiesta de reflexión y humor, en la que destaca la visión lúcida, irónica y profunda de alguien que conoce bien el talante a favor de la claridad expositiva de la filosofía analítica a la par que es consciente de la necesidad de aplicar dicha iluminación a los problemas más acuciantes de la vida, en lugar de refugiarse en las torres de la esterilidad académica.

Photocall es el dios de nuestra época, defiende José Antonio de la Rubia, que se manifiesta en la Santísima Trinidad de la Atención, la Indignación y la Subjetividad. Una época extraña en la que hay gente que mira fascinada a la par que horrorizada las decapitaciones que retransmiten los yihadistas, pero no deja de mirar, y en la que feministas de izquierdas montan exposiciones de fotos pornográficas para denunciar la pornografía que atraen, fundamentalmente, a tipos como Travis Bickle, el protagonista de Taxi Driver. Un efecto del ensayo podría ser hacernos caer en el cinismo, la desesperación y el pesimismo, la Santísima Trinidad de los avinagrados de la contemporaneidad. Sin embargo, José Antonio de la Rubia se nos aparece de vez en cuando como alguien que no confunde la libertad y el pluralismo con el relativismo y la incapacidad de distinguir el bien del mal, lo verdadero de lo falso (como sí le sucedió al liberal Walter Lippmann, cuyo análisis da pie a una de las mejores páginas de libro). En definitiva, para estos tiempos laberínticos modelados por las imágenes retocadas, José Antonio de la Rubia nos ha procurado, como una moderna Ariadna, un hilo bien hilvanado, firmemente fundamentado y fenomenalmente trenzado en Photocall.

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