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Alicia Delibes

Pablo Iglesias se desnudó demasiado pronto

La lucha por la hegemonía de esa nueva izquierda que representa Podemos no ha hecho más que comenzar.

Alicia Delibes
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La lucha por la hegemonía de esa nueva izquierda que representa Podemos no ha hecho más que comenzar.
Pablo Iglesias | Cordon Press

El 25 de mayo de 2014 se celebraron elecciones al Parlamento Europeo. Los resultados fueron una auténtica sorpresa. Podemos, un partido casi desconocido, obtenía 1.245.948 votos (el 8% de total), y cinco escaños en el Parlamento.

Podemos había sido registrado como partido dos meses antes de las elecciones, exactamente el 11 de marzo de 2014. Muy poco antes de cerrarse el plazo para presentar las candidaturas, sus dirigentes habían decidido cambiar el logo de las papeletas por la imagen de su líder, Pablo Iglesias, para la mayoría un desconocido y para unos pocos ese profesor de la coleta que salía en la televisión.

El éxito de Podemos desató la curiosidad de los medios de comunicación y la alarma en los dos grandes partidos que se habían alternado en el poder desde la Transición. En los estantes de las librerías comenzaron a aparecer publicaciones sobre el nuevo partido que pretendían dar respuesta a las preguntas que esos días se hacían muchos españoles: ¿quiénes son?, ¿de dónde salen?, ¿qué proponen?

Poco a poco fuimos conociendo sus orígenes. Supimos que los líderes de Podemos eran profesores marxistas que llevaban mucho tiempo haciendo proselitismo en las aulas universitarias. Se supo también que habían sido asesorados, o eran asesores, de los líderes populistas de Venezuela, que tenían conexiones con el partido Syriza de Grecia y que habían preparado su salto a la política desde las televisiones y, sobre todo, a través de las redes sociales.

El PP, que dos años y medio antes había ganado las elecciones con un apoyo del 44,6% de la población, pensaba, o quería pensar, que aquello había sido excepcional, que la gente en las europeas no votaba como en las generales, que la trayectoria de Podemos sería tan corta que no llegarían vivos a las elecciones autonómicas de la siguiente primavera. Sin embargo, no solo llegaron vivos, sino que en junio de 2015 se hicieron con el gobierno de los Ayuntamientos de cinco de las grandes capitales españolas: Madrid, Barcelona, Valencia, Cádiz y La Coruña. Su triunfo se debió, en gran parte, a la habilidad de Pablo Iglesias para reunir pequeños partidos y colectivos con mensajes políticos diferentes pero con una base ideológica común. Todos ellos se declaraban anticapitalistas y antineoliberales.

Muchos de esos colectivos se habían formado en las asambleas y manifestaciones del movimiento 15-M que surgió tras la acampada de la Puerta del Sol de Madrid en mayo de 2011. Los llamados "indignados" del 15-M clamaban contra la corrupción de "la casta", el sistema financiero ("los bancos nos roban") y los recortes en el gasto público y exigían una nueva forma de democracia ("¡Democracia real ya!").

Tras su fracaso en las elecciones catalanas del 27 de septiembre de 2015, en las que Podemos, que se presentaba como CatSIqueesPot, no llegó al 9% de los votos, parecía que Pablo Iglesias perdía fuerza y que en las generales no iba a suponer un peligro tan grande como se temía desde los dos grandes partidos. Sin embargo, las elecciones del 20 de diciembre de ese mismo año resultaron de nuevo una sorpresa. Podemos, con el 20,7% de los votos (5.189.463), obtuvo 69 escaños en el Parlamento y se convirtió en la tercera fuerza política en España.

El PP había ganado las elecciones pero no consiguió una mayoría suficiente y, ante la imposibilidad de investir a un candidato como presidente del Gobierno, seis meses más tarde, el 26-J, hubo que volver a las urnas. Pablo Iglesias decidió repetir la estrategia de sumar voluntades, que tan buen resultado le había dado en ciudades como Madrid y Barcelona, y se presentó en alianza con la Izquierda Unida de Alberto Garzón, que el 20-D, con el nombre de Unidad Popular en Común, había obtenido 923.133 votos.

Tanto los de Iglesias como los de Garzón debieron pensar que, aunque se perdieran algunos electores, no sería difícil superar los 5,5 millones de votos que había obtenido el PSOE. Pablo Iglesias, a pesar de que su fe en el determinismo histórico le había hecho creerse que había llegado su hora de tomar al asalto los cielos del poder, sufrió un gran batacazo electoral. No solo no sumó uno solo de los votos de Alberto Garzón, sino que perdió parte de los suyos. El 26 de junio de 2016, la alianza de Iglesias y Garzón obtuvo 5.049.734 de votos, casi 140.00 menos de los que Iglesias había conseguido en solitario seis meses antes. A pesar de que era evidente que la alianza con el viejo comunismo de Anguita le había pasado factura, Pablo Iglesias, en el más puro estilo leninista, en la primera reunión que tuvo con la directiva de su partido para analizar sus malos resultados dejó claro que sobre esa alianza no estaba dispuesto a aceptar crítica alguna.

En mayo de 2012, en un debate de La Tuerca, Pablo Iglesias llamaba a los suyos a la "prudencia", a no mostrar sus cartas antes de tiempo, a ocultar sus intenciones para ganar partidarios. Tened en cuenta, les decía, que Lenin en 1917 no dijo "comunismo", dijo "paz y pan", porque si bien es cierto que "hay que desnudarse para follar, para ligar hay que vestirse". Si no ha olvidado lo que dijo entonces, Pablo Iglesias debe de ser consciente de que ha metido la pata desnudándose demasiado pronto. Se había creído que el pueblo ya estaba preparado para aceptar la verdad. Y esa verdad, como dijo Anguita, es que el partido Unidos Podemos es el nuevo comunismo, el comunismo del siglo XXI, pero, sin duda, el comunismo de siempre.

Tras el batacazo de Pablo Iglesias ya se empieza a oír que Podemos ha tocado techo y que empieza su declive político. No se puede ser demasiado optimista. Gracias a las explicaciones dadas por Anguita, todo el mundo ha podido enterarse de que Pablo Iglesias es tan socialdemócrata como decía serlo Lenin, pero, aun así, Podemos sigue teniendo cinco millones de votos.

Por otra parte, no sabemos a dónde ha ido el millón de votos que Iglesias pensaba sumar con su nuevo socio –ni, mucho menos, a dónde iría en el caso de que hubiera unas terceras elecciones–. Desde luego, no ha sido al PSOE ni, tampoco, a Ciudadanos, pues ambos partidos han visto reducido su electorado. Si se comparan los números de votos obtenidos en ambos procesos electorales se observa que casi un millón de votos de la izquierda ha desaparecido.

Para Pablo Iglesias, la política es un "juego de tronos". Se marcó un primer objetivo, ser la única izquierda a la izquierda del PSOE, y ya lo ha conseguido. El paso siguiente era sustituir al PSOE como "casa común de la izquierda". Su error ha sido querer juntar esos dos pasos en uno. Como en el juego del escondite inglés, en las batallas políticas, si das un paso demasiado grande y te pillan, has de volver al punto de partida y empezar de nuevo el camino hacia la meta. Sencillamente, el problema de Iglesias es que ha descubierto sus cartas demasiado pronto y mucha de esa gente que él creía suya le ha pillado la trampa. Si no se aburre de jugar a las guerras, se replegará, buscará nuevos disfraces y volverá al ataque. La lucha por la hegemonía de esa nueva izquierda que representa Podemos no ha hecho más que comenzar.

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