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Sartori: el realismo democrático

La originalidad profunda de Sartori estribó en ese peculiar e insobornable estado de alerta permanente, que le permitía detectar y describir los riesgos antes de que asomaran del todo.

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De Giovanni Sartori, recién fallecido, se recordará su profunda italianità, por así decirlo. Sartori está entre los grandes pensadores políticos de nuestro tiempo, pero lo que lo caracteriza más íntimamente, en un grado incomparable, es la finura del análisis, la sofisticación conceptual, la precisión y, con todo eso, la posibilidad siempre abierta a que las cosas pudieran agenciarse de otra manera porque la fortuna, es decir aquello que escapa por imprevisible al control humano, lo domina casi todo y, más en particular, la política. Por eso al escucharle y al leerle, siempre quedaba flotando esa sonrisa a veces sarcástica que no era propiamente escepticismo ni (al menos no del todo) conciencia de su propia superioridad, sino convicción de que siempre hay un límite que, en un momento dado, no puede ser traspasado. Era la sonrisa del hombre civilizado.

En estos mismos días, de Sartori se recuerdan algunas reflexiones pegadas a la actualidad política y social, porque el maestro, además de sus excelentes análisis de la política italiana, se interesaba –y con qué apasionamiento- por la sociedad en la que vivía. Fueron muy polémicas las que realizó sobre la influencia de la televisión, aunque aquello fue, más que un análisis de un medio de comunicación que empezaba por entonces a perder su influencia, una advertencia sobre la banalización de la cultura política. El fenómeno dejaba entrever, aunque el problema no se planteara de este modo, la deriva populista que iba a llegar algún tiempo después.

También se recuerda su análisis del multiculturalismo que no era para él, como a veces se tiende a pensar, el pluralismo en el que Sartori siempre se sintió a gusto y que considera la base de las sociedades abiertas, sino la desaparición del sistema de principios, creencias y virtudes que conforman una sociedad, en nuestro caso la que está en la base de las democracias liberales en las que vivimos. Su análisis, quizás por cierta indiferencia a la historia, no tuvo en cuenta factores como la evolución del concepto de nación (Manent) o el abandono de la religión (Gauchet). Aun así, sus observaciones, muy debatidas cuando se publicó lo que se llamó –no sin razón– un "panfleto", también han sido confirmadas por la evolución de nuestras sociedades, que requieren la reafirmación y el cultivo de la propia cultura, en vez del ejercicio permanente de destrucción al que la ha sometido la abrasiva celebración multicultural que acaba haciendo imposible la convivencia en libertad.

Más polémicas todavía, si cabe, fueron sus afirmaciones sobre el final de la izquierda, que parece en contradicción con lo que está ocurriendo en algunos países, como el nuestro y antes, Grecia. En realidad, estos movimientos populistas de extrema izquierda, revisitación en clave postsesentayocho de la ortodoxia marxista, están mucho más cerca de lo que Sartori diagnosticó, que es el hundimiento de la izquierda en la actitud postmoderna y multicultural, que de cualquier resurrección. De hecho son, como Rodríguez Zapatero y luego Pablo Iglesias lo han sido para el socialismo español, la rúbrica de su defunción.

También en este caso se puede echar de menos aspectos sobresalientes de este proceso, como son la globalización (Giddens, por citar sólo a un autor), lo que Gauchet (otra vez) llama la "antipolítica" de los derechos humanos, la estetización del mundo (aquí los postmodernos, como Lipovetsky) o la venganza de las identidades (Gray). Aun así el análisis, fascinante en su momento, ha ido resultando cada vez más pertinente con el tiempo.

Su tema, que es el tema de nuestro tiempo desde la revolución norteamericana y Tocqueville, es la democracia. (Es excelente el breve manual La democracia en treinta lecciones). Tuvo suerte, porque le tocó vivir en un tiempo, la segunda mitad del siglo XX, en el que la democracia –la democracia liberal, más exactamente-, se convirtió por fin en el modo de vida de los europeos, al menos de aquellos que se habían librado del totalitarismo marxista. Así que pudo analizar una realidad política nueva en Europa al tiempo que esta se iba construyendo, alcanzaba su esplendor y, al llegar su triunfo con el colapso del comunismo, empezaba a enfrentarse a retos nuevos. Algunos de estos, justamente, están entre los que se esforzó por comprender en sus ensayos de los últimos años.

La contribución de Sartori es complementaria a la de otros grandes autores, como Dahl o Linz –también los neocon a lo Harold Bloom–, pero hoy en día, cuando pensamos y argumentamos sobre política y cultura democrática, echamos mano, muchas veces sin saberlo, de conceptos que Sartori forjó o contribuyó a afinar, desde el papel de las elites a la democracia directa, pasando por la función y los límites del consenso o la democracia empírica y la racional). La originalidad profunda de Sartori estribó en ese peculiar e insobornable estado de alerta permanente, que le permitía detectar y describir los riesgos antes de que asomaran del todo. La misma inteligencia le llevó a elaborar una teoría de la democracia tan rigurosa como realista, abierta siempre, por tanto, al ajuste empírico y conceptual. Conocer el límite es el primer paso para saber qué hay que cambiar para conservar y en su caso –tal vez– mejorar.

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