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Defender a los catalanes. Defender España

Se hace obligada una defensa a ultranza, visible e incondicional, de todos esos catalanes no nacionalistas que llevan décadas resistiendo.

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Se hace obligada una defensa a ultranza, visible e incondicional, de todos esos catalanes no nacionalistas que llevan décadas resistiendo.

Más allá de las medidas que imperativamente deberán tomarse en el ámbito jurídico, incluido el penal, para salir de la situación insurreccional que vive Cataluña, hay otros dos aspectos sobre los que –en mi opinión– hay que incidir cuanto antes y en el futuro. Uno es la obligación de desmontar la propaganda y las mentiras independentistas, que por increíble que parezca han convencido a tanta gente, y armar de una vez un relato propio e indiscutible. El otro es apoyar y defender, y eso es clave, a más de la mitad de catalanes que, pese al bombardeo mediático y a la presión social de los últimos 40 años, sigue sintiéndose española. Si la propaganda sigue calando y, por ello, el número de independentistas sigue aumentando, no habrá forma de impedir la ruptura.

Empecemos por el relato. Al poco tiempo de formar su primer Gobierno, en 2011, Mariano Rajoy tomó la decisión de suprimir la dirección general de comunicación internacional y crear en su lugar una subdirección de gestión meramente administrativa bajo la batuta de la Secretaría de Comunicación. Decisiones y cambios de este tipo suelen pasar desapercibidos políticamente y rara vez llegan a la opinión pública. Sin embargo, ahora sabemos que fue una medida de gran calado, amén de incomprensible si tenemos en cuenta que España se estaba jugando entonces su futuro. Bruselas nos iba a intervenir y España estaba en el ojo del huracán de los inversores internacionales.

Con nuestro país al borde del abismo, la sabia decisión de Moncloa fue prácticamente renunciar a lo que tenía que haber sido una prioridad máxima: diseñar una verdadera estrategia de comunicación internacionalque sirviera para calmar los mercados. Prueba del desinterés del Gobierno por llegar al mundo con un mensaje propio fue poner, hasta hoy, a dos personas sin apenas conocimientos de idiomas al frente de esa Secretaría. Si esa visión tan arcaica de lo que debe ser la comunicación en pleno siglo XXI fue de una evidente torpeza durante la crisis financiera, en el caso del golpe de Estado independentista que ahora nos ocupa nos ha abierto un boquete tremendo.

Cuando la crisis catalana empezó a suscitar el interés de la prensa internacional, la consigna de Madrid a nuestras embajadas fue inequívoca: "perfil bajo". Pretendían algo imposible, que no se hablara del tema, así que por norma guardaron silencio frente al relato independentista. Nadie en las cancillerías tenía autorización para dar la cara. Rechazaban cuantas peticiones de entrevistas recibían. Rehusaron el debate al no acudir a las conferencias donde debían contrastarse las dos posturas. No se analizaba qué tratamiento daban los principales medios internacionales sobre el asunto, y mucho menos trataban de neutralizarlo. Y la gestión de los corresponsales extranjeros en España no pudo ser más desastrosa.

Justo lo contrario que el bloque independentista, que ha logrado colar en la prensa internacional su relato pese a que, desde un punto de vista democrático y jurídico, es absolutamente insostenible. ¿Cómo es posible? Concedamos que el movimiento independentista ha hecho bien su trabajo. Y concedamos también que tanto los editoriales como la cobertura periodística de los principales medios internacionales ha sido miserable, salvo alguna excepción. Una académica francesa me lo decía el otro día desde París: "Toda la cobertura se concentra sobre los que están a favor y nada sobre los que están en contra. Y los periodistas no ponen en cuestión la verdadera naturaleza del problema".

Peor aún es la falta de rigor generalizada. Empezando por los medios anglosajones, a los que se les llena la boca –cuando les interesa– con el sacrosanto principio de legalidad –o rule of law–, sobre el que se asientan los sistemas democráticos, pero que no fueron capaces de entender que la (clínica) actuación policial el 1–O no tenía nada que ver con el derecho a votar sino con tratar de impedir un golpe de Estado. Un golpe que se fragua, de hecho, sobre la base de ir quebrando la legalidad vigente. Ciertamente, que sus portadas del lunes se redujeran a esos supuestos 800 heridos, de los cuales sólo dos fueron hospitalizados, y que ninguno de esos periodistas de raza comprobase la veracidad del dato dice mucho de lo frívola que es ahora la profesión periodística.

En cualquier caso, que la prensa extranjera se haya desprestigiado para siempre al hacer, gran parte de ella, de correa transmisora de la propaganda independentista no atenúa un ápice la culpa del Gobierno de Rajoy por negarse a plantar cara al independentismo también en el ámbito de las ideas. Ahora pagamos las consecuencias, y no sólo en la prensa extranjera. A nivel nacional, y por poner sólo un ejemplo: ¿cómo es posible que nadie contrarrestara desde instancias oficiales el discurso del "España nos roba"? En los últimos años esa falacia ha convencido a miles y miles de integrantes de la burguesía catalana, que, al son de la música celestial que tocaban La Vanguardiay TV3, son ahora "independentistas económicos", según su autodefinición.

Por qué nadie ha neutralizado éste y otros discursos propagandísticos, a cual más ofensivo, es inexplicable. También lo es que no se hayan denunciado suficientemente todos los atropellos del nacionalismo, en todos los ámbitos, desde hace cuatro décadas. Pero hay una verdad universalque hay que desmontar con urgencia: la de que los independentistas son mayoría en Cataluña. Esa verdad se ha ido construyendo sobre la base de las cifras de asistencia a sus movilizaciones callejeras desde 2010, todas convenientemente falseadas a favor de obra. Sociedad Civil Catalana contó uno a uno, usando para ello 107.000 imágenes aéreas, los participantes de la cadena humana de la Diada de 2013. Contaron 793.683; los convocantes hablaron de dos millones.

En la manifestación del pasado septiembre, con el fervor independentista en su apogeo, también asistió un millón de personas. Pero la estimación de una empresa de medición estimó que no superaban las 160.000. En elecciones, consultas y sondeos de los últimos años se confirma que el secesionismo no es en absoluto mayoritario, pues cuenta con un apoyo que oscila entre el 34 y el 47%. Y en el fraudulento 1-O no es ilógico pensar que, dado que ese día se aprestaban a vivir un momento histórico, quienes defienden esa opción estuvieran especialmente movilizados. Pues bien, pese al pucherazo en la votación y en el recuento, con todo a favor, el apoyo al independentismo no superó el 38% del censo catalán.

En las últimas semanas el movimiento independentista se ha radicalizado aún más, pero no tiene apariencia de haber aumentado su apoyo. Por tanto, más allá de consideraciones democráticas, ser una minoría les hace perder además toda legitimidad moral, si es que alguna vez la tuvieron. Si violentar la ley para alcanzar el poder es ya de por sí gravísimo, que una minoría de catalanes trate de arrastrar coactivamente a una mayoría al desastre, y que en la misma jugada birlen también al resto de españoles su derecho a decidir sobre una parte del territorio nacional, es además intolerable. Es aquí, por tanto, precisamente en este punto, donde se hace obligada una defensa a ultranza, visible e incondicional, de todos esos catalanes no nacionalistas que llevan décadas resistiendo. Ellos tienen la llave y han estado siempre solos.

Es descorazonador para todos ellos ver la falta de liderazgo de Rajoy, y de iniciativa del Gobierno, que tiene entre sus obligaciones la de defenderlos. Si de la izquierda revolucionaria no se espera absolutamente nada, es letal cuando la izquierda que se dice constitucionalista da una de cal y tres de arena. No entienden tampoco que Pujol no esté en la cárcel o que la Fiscalía levantara de su imputación el único delito que habría llevado a Artur Mas a la cárcel. O que TV3 insulte a diario a España y a los españoles sin que nadie alce la voz. Y qué decir de todos esos equidistantes, a los que bien les vendría leer "Los abstemios", un formidable artículo de Fernando Savater al respecto.

Los catalanes no nacionalistas necesitan sentirse defendidos. Por ello, tras décadas de abandono y orfandad, el discurso del rey del pasado martes fue mano de santo. Un revulsivo. Se espera un lleno total en la manifestación del domingo en Barcelona. En defensa de España y contra el golpismo. Sin diálogo. Al fin.

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