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Manuel Llamas

Por qué los ecologistas deberían abrazar el capitalismo

La acumulación de riqueza que genera la libertad económica le sienta extraordinariamente bien al medioambiente.

Manuel Llamas
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La acumulación de riqueza que genera la libertad económica le sienta extraordinariamente bien al medioambiente.
David Alonso Rincón

Los nuevos vergeles ya no se ubican en las tradicionales economías subdesarrolladas, donde las malvadas zarpas del capitalismo todavía no han hecho aparición, tal y como alegan los estatistas de toda índole y condición, sino que ahora se extienden por las grandes potencias del primer mundo. Sí, la acumulación de riqueza que genera la libertad económica le sienta extraordinariamente bien al medioambiente, desbaratando, una vez más, los negros augurios que han pregonado durante décadas socialistas y ecolojetas.

Para demostrarlo, basta con observar la evolución que ha registrado la masa forestal. Así, mientras que los grandes bosques de Sudamérica y el África subsahariana, donde el capitalismo brilla por su ausencia, están sufriendo una grave deforestación, con casi 5 millones de hectáreas netas perdidas cada año, las zonas verdes no dejan de crecer en las economías más avanzadas. En Estados Unidos, por ejemplo, la masa forestal ha crecido en más de 76.000 kilómetros cuadrados desde 1990.

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Y lo mismo sucede con Europa Occidental, donde ha aumentado de 327.000 a casi 350.000 kilómetros cuadrados.

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Los bosques ocupaban el 28% del territorio español en 1990, y ahora ocupan el 37. En Grecia e Italia han subido del 26 al 32% durante ese mismo período, mientras que en Irlanda han pasado de apenas el 1% al 11 actual, diez veces más, y el Gobierno de Dublín confía en que la zona arbolada se sitúe en el 18% en la década de 2040, tal y como recoge The Economist.

Lo más sorprendente, sin embargo, es observar el drástico cambio a mejor que ha experimentado la masa forestal en el último siglo, tal y como muestra un estudio de la Universidad de Wageningen (Holanda). Valga como muestra la siguiente imagen de la Península Ibérica, cuya mejora se puede extrapolar, igualmente, al resto del continente, América del Norte y Australia. España nunca ha estado más verde que ahora en la historia contemporánea.

Las causas de este reverdecimiento son diversas, pero parten de una raíz común, que no es otra que el avance del capitalismo. A medida que la riqueza per cápita ha ido aumentando alrededor del globo tras la caída del Muro de Berlín y la apertura al libre mercado de China, India y los países del Sudeste Asiático, la pobreza se ha reducido hasta mínimos históricos, hasta el punto de que en 2030 las situaciones de extrema necesidad –sobrevivir con menos de 2 dólares al día– se extinguirán por primera vez en la historia de la Humanidad, siempre y cuando se mantenga la actual senda de desarrollo.

La cuestión es que, a medida que el bienestar de las poblaciones mejora, su preocupación por el medioambiente y la naturaleza se incrementa. Este cambio, unido a los avances tecnológicos derivados de la acumulación de capital, se traduce, por ejemplo, en un sustancial aumento de los rendimientos agrícolas por hectárea cultivada, una mayor productividad del agua, la extensión de la masa forestal y el descenso de las emisiones de gases contaminantes.

No es casualidad que Suiza, uno de los países más capitalistas del mundo, sea también el más respetuoso con el medioambiente, junto a otros campeones de la libertad económica como Noruega, Suecia, Austria Luxemburgo o Singapur. Los datos evidencian que a mayor libertad económica, mejor desempeño ambiental.

Tal y como demostró el economista Daniel Fernández, si ordenamos los países de más a menos libres (por cuartiles) vemos cómo, efectivamente, aquellos con mayor puntuación en el índice de libertad económica son también los más verdes desde el punto de vista ambiental.

Los ecologistas, por tanto, deberían abrazar el capitalismo, pero, por desgracia, no lo harán, puesto que su verdadero fin, en muchos casos, no es la protección ni la mejora del medioambiente, sino la imposición de su liberticida y miserable ideario socialista empleando como excusa el cuidado de la naturaleza, en vez de la fracasada y errónea lucha de clases, cuyo gran emblema, la Unión Soviética, colapsó en 1989.

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