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El marketing del acoso

Nos pondríamos de espaldas a la naturaleza humana si negáramos que en el mundo del sexo también operan los intereses materiales.

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Catherine Deneuve | Cordon Press

Que quede claro de entrada, para evitar malas interpretaciones: soy firme partidario de endurecer las sanciones del Código Penal a los delitos de asesinato, violación, malos tratos y pedofilia. No hago discriminaciones según el sexo de las víctimas y los victimarios. Pero el acoso… ¿qué es el acoso?

Antes de que Hollywood lo convirtiera, en su versión más obscena, en un truco de marketing para promover las relaciones públicas de algunas actrices y algunos actores, lo que hoy llaman acoso era lo que los profanos catalogábamos sencillamente, sin tremendismos oportunistas, como una tentativa de seducción. O de ligue, en términos más vulgares. Con un desenlace que podía depender de las tácticas de quien tomaba la iniciativa y de la predisposición de la persona elegida. En los despachos de empresas y universidades han resonado tantas bofetadas coléricas como besos chasqueantes. Para no hablar de la Sala Oval de la Casa Blanca en tiempos de John F. Kennedy, Lyndon B. Johnson y Bill Clinton. En cuanto al Palacio del Elíseo, es mejor olvidar la libido hiperactiva del licencioso matrimonio Pompidou y del refinado epicúreo François Mitterrand. (Más información en mi artículo "Berlusconi no está solo", LD, 11/2/2011).

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