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Una oportunidad de curación para la Iglesia

Comprender que uno tiene un tumor y no un resfriado es el primer paso para aplicar una terapia efectiva.

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EFE

Me ha costado mucho escribir este artículo. "No hay que perturbar la fe de los sencillos" (ya está perturbada: en Irlanda cayó veinte puntos el porcentaje de católicos tras el escándalo de los abusos sexuales). "Los trapos sucios se lavan en casa" (imposible en la era de internet). "No hay que desacreditar públicamente a la Iglesia" (pero nada desacredita más que el silencio encubridor).

De hecho, casi tenía decidido no escribirlo. Pero entonces conocí un detalle del terrible –y rigurosamente fundamentado– informe del Gran Jurado de Pensilvania: los sacerdotes pervertidos marcaban con determinadas medallitas piadosas a los jóvenes que sabían accesibles, a fin de que pudieran ser identificados y usados por otros clérigos de la red maldita (pues de una red organizada se trataba, con una sección especializada, por ejemplo, en la producción de pornografía infantil). Las gotas que colman el vaso suelen ser así de triviales.

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