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Progresismo, izquierda y socialismo

La izquierda española es la viva imagen del fracaso. Sus ideas son injustas, contrarias a los derechos de la persona, y encima no sirven para alcanzar los fines propuestos.

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EFE

Una de las falacias que trata de colar la izquierda es la de que su falta de propuestas se debe a que todas las que tenía se han impuesto ya. Se supone que los avances de los que disfruta la sociedad europea son consecuencia de la ejecución de los programas de izquierda. Tal éxito habría dejado a ésta sin programa que ejecutar, dado que prácticamente todas sus aspiraciones se habrían incorporado al acerbo social común.

Esto es sencillamente falso.

Es verdad que, desde la Revolución francesa, la izquierda ha ido imponiendo su programa. Así sucedió cuando convirtió a los súbditos en ciudadanos, titulares de derechos y libertades que hoy nadie discute. Pero estos logros no fueron alcanzados por los socialistas, sino por los partidos liberales y democráticos, verdaderos partidos progresistas que eran la izquierda del siglo XIX y principios del XX. En cambio, nada de la ideología socialista ha sido aceptado como propio por las sociedades europeas. Las patrañas del marxismo, la plusvalía culpable, las infraestructuras y las superestructuras, la lucha de clases o el materialismo histórico son algo extraño a nuestras sociedades. No sólo, sino que allí donde el socialismo o el comunismo alcanzaron el poder, sus teorías y recetas fracasaron, en muchas ocasiones, de forma cruenta. Ni siquiera el amable socialismo escandinavo puede ufanarse de haber tenido éxito, no digamos el comunismo soviético.

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