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Agua

No es descartable que la renovada confianza que los directivos de Agbar tienen en el Gobierno nacionalista-insurreccional sea una especie de seguro de permanencia en el negocio.

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El del agua es un negocio fabuloso porque todo el mundo tiene sed y, cuando el grifo se seca, se queja amargamente prometiendo no volver a votar a los que mandan aunque sea el clima el causante del estrago. Que se lo digan si no a aquel alcalde de Vitoria que, hace un poco más de sesenta años, enfrentado a los problemas de suministro que la inmigración inducida por el desarrollo industrial había provocado, sentenció: "El problema de Vitoria es el agua y la solución es el vino". Dicho y hecho: con una tasa municipal sobre el consumo de txikitos recaudó lo necesario para ampliar el abastecimiento de la ciudad desde los embalses de Ullíbarri y Albina. A día de hoy, el servicio correspondiente es el mejor valorado, de entre todos los municipales, por los vitorianos.

Es curioso ver que, sobre este asunto, las soluciones públicas y privadas funcionan de una manera más bien pareja. Por ejemplo, cuando las reservas amenazan con agotarse, todos los gestores del servicio propugnan restringir el suministro por las noches, algo que puede parecer insólito –porque de noche todos los gatos son pardos y, además, salvo los insomnes, nadie consume agua– pero que tiene su razón de ser en el hecho de que uno de los mayores consumos urbanos es el del agua que se va por los agujeros que hay en la red de distribución, desperdiciándose miserablemente. A veces, los responsables del servicio se dedican a arreglar las tuberías y entonces se producen acontecimientos de extraña apariencia, como el de aquel alcalde de Córdoba que se negó a cortar el preciado líquido durante una sequía.

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