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Mikel Buesa

Transición ecológica

Pensar que en 2040 o 2050 España habrá conseguido una reducción sustancial de sus emisiones de gases de efecto invernadero gracias a una ley que consagra unas tecnologías aún emergentes no deja de ser pretencioso y, tal vez, irresponsable.

Mikel Buesa
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Pensar que en 2040 o 2050 España habrá conseguido una reducción sustancial de sus emisiones de gases de efecto invernadero gracias a una ley que consagra unas tecnologías aún emergentes no deja de ser pretencioso y, tal vez, irresponsable.
La ministra de Transición Ecológica, Teresa Ribera, visita Valladolid | Agencia ICAL

El revuelo que se ha montado con ocasión de la difusión de las intenciones del Gobierno en materia de transición ecológica, plasmadas en una futura ley sobre el asunto, ha sido mayúsculo. Enseguida han aparecido entusiastas defensores entre los catastrofistas que creen que la muerte de la Tierra es inminente, y también detractores porque ven en peligro sus empleos o su actual modo de vida. Por mi parte, no me apunto ni a lo uno ni a lo otro; y no porque considere que hay que dejar las cosas como están, sino porque no creo que la manera de abordar este tipo de temas sea la de promulgar una norma jurídica en la que se establece el horizonte tecnológico de la sociedad con décadas de antelación. Me parece que este es un mal procedimiento, fundamentalmente porque nuestra capacidad de predecir el futuro en lo que al conocimiento científico y la tecnología se refiere es prácticamente nula. Y el problema de la ley del doctor Sánchez está precisamente ahí: en que considera que ya en el momento actual están establecidas las tecnologías que dentro de dos o tres decenios solventarán la cuestión de las emisiones de efecto invernadero.

Vayamos por partes. Lo primero es dejar claro que todo el progreso científico y tecnológico está sometido a una fuerte incertidumbre, y, en consecuencia, nunca podremos estar seguros de que nuestras decisiones actuales para apoyar un determinado tipo de desarrollos vayan a ofrecer los resultados deseados en el futuro. Por ejemplo, la apuesta exclusiva del Gobierno de Sánchez por el coche eléctrico o por la pila de hidrógeno –tecnologías ambas aún incipientes que no tienen resueltos todos los problemas que se plantean de cara a la completa sustitución de los hidrocarburos como fuente de combustible– cierra otras posibles vías para descontaminar la circulación automovilística. Vías, incluso, que podrían no haberse asomado al horizonte de las soluciones para el problema planteado. Es pertinente a este respecto citar la reflexión que a finales del siglo pasado escribió John Maddox –el prestigioso editor de la revista Nature– en el prólogo de su libro Lo que queda por descubrir:

La historia demuestra que generaciones de científicos se han sorprendido una y otra vez por descubrimientos imprevistos (…) ¿Quién habría podido suponer a finales del siglo XIX que la física se iba a volver del revés gracias a la relatividad y la mecánica cuántica, o que la estructura del ADN iba a hacer inteligible la vida? ¿Y quién se atreve ahora mismo a decir que los tiempos de las sorpresas ya pasaron?

La incertidumbre tiene, por otra parte, una segunda implicación muy relevante para el asunto que aquí se discute. Se trata de que no puede establecerse, de manera razonable, un horizonte temporal para dar por resueltos los problemas que se pretendan abordar. Cuando en 1937 el Congreso de Estados Unidos creó el National Cancer Institute se dijo que en medio siglo se vencería esta enfermedad. Se ha sobrepasado ese tiempo y, pese a los avances logrados, aún la Humanidad espera pacientemente una solución completa para ella. Por tanto, pensar que en 2040 o 2050 España habrá conseguido una reducción sustancial de sus emisiones de gases de efecto invernadero gracias a una ley que consagra unas tecnologías aún emergentes no deja de ser pretencioso y, tal vez, irresponsable, por las implicaciones que tal norma jurídica pueda tener para la vida social de los españoles.

Sin embargo, también hay que señalar que, aun cuando los horizontes del conocimiento científico y tecnológico sean siempre inciertos, éste sólo puede desarrollarse y agrandarse a partir de lo que ya conocemos, sobre todo, como también señala Maddox, ahondando en "las contradicciones que se han hecho aparentes". Parece terrible que, para encontrar soluciones a los problemas que nos acucian, únicamente podamos recurrir a lo que ya conocemos, sabiendo como sabemos que, en eso, aquellas brillan por su ausencia y que, además, en algún momento inesperado, todo podría dar un vuelco que haga obsoletos nuestros conocimientos. Pero así es la ciencia y la tecnología. Y la Humanidad no ha progresado lamentándose de las limitaciones en las que se desenvuelve el conocimiento, sino aplicando rigurosamente unas metodologías científicas que, generalmente, acaban desechando, algún tiempo después, a quienes las aplican y obtienen resultados a partir de ellas. Por eso, sorprende que, cuando el Gobierno y los legisladores pretenden abordar con una ley un problema de la envergadura del cambio ecológico, en su proyecto no se destaque la dedicación de recursos económicos con los que emprender las investigaciones científicas y tecnológicas necesarias para explorar unas soluciones que tal vez no lleguen, pero que nunca llegarán si tales estudios nunca se emprenden. Resuena en esto el viejo estereotipo que destacó Unamuno en su polémica con Ortega y Gasset sobre la relación entre España y Europa: "¡Que inventen ellos!". Esta es, una vez más, la tragedia española.

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