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Transición ecológica

Pensar que en 2040 o 2050 España habrá conseguido una reducción sustancial de sus emisiones de gases de efecto invernadero gracias a una ley que consagra unas tecnologías aún emergentes no deja de ser pretencioso y, tal vez, irresponsable.

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La ministra de Transición Ecológica, Teresa Ribera, visita Valladolid | Agencia ICAL

El revuelo que se ha montado con ocasión de la difusión de las intenciones del Gobierno en materia de transición ecológica, plasmadas en una futura ley sobre el asunto, ha sido mayúsculo. Enseguida han aparecido entusiastas defensores entre los catastrofistas que creen que la muerte de la Tierra es inminente, y también detractores porque ven en peligro sus empleos o su actual modo de vida. Por mi parte, no me apunto ni a lo uno ni a lo otro; y no porque considere que hay que dejar las cosas como están, sino porque no creo que la manera de abordar este tipo de temas sea la de promulgar una norma jurídica en la que se establece el horizonte tecnológico de la sociedad con décadas de antelación. Me parece que este es un mal procedimiento, fundamentalmente porque nuestra capacidad de predecir el futuro en lo que al conocimiento científico y la tecnología se refiere es prácticamente nula. Y el problema de la ley del doctor Sánchez está precisamente ahí: en que considera que ya en el momento actual están establecidas las tecnologías que dentro de dos o tres decenios solventarán la cuestión de las emisiones de efecto invernadero.

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