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Gonzalo Altozano

El sueño empresarial de Al Capone

De haber perseverado, Capone quizás habría terminado por convertirse en lo que secretamente siempre ambicionó: un honrado comerciante de leche.

Gonzalo Altozano
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De haber perseverado, Capone quizás habría terminado por convertirse en lo que secretamente siempre ambicionó: un honrado comerciante de leche.
Al Capone | Cordon Press

Según un estudio de la Harvard Business School, Al Capone aplicó métodos de gestión empresarial los años en que fue el zar del crimen de Chicago. No fue el primero ni el último. Antes que él, Johnny Torrio, su mentor, trató de poner orden en el hampa local organizándola como una gran compañía. Y después, Lucky Luciano perfeccionó el método con el trust de familias de Nueva York. Lo que no significa que toda empresa capitalista llevada a sus últimas consecuencias se convierta en una organización criminal, como tiene escrito el merluzo de Hanz Magnus Enzerberger, distinguido –¡cómo no!– con el Premio Príncipe de Asturias.

Por centrarnos en Capone, su banda –The Outfit, o sea, "La Organización"– facturó en 1926 105 millones de dólares de la época, cifras que le daba de sobra para mantener un ejército de mil hombres en nómina, no solo pistoleros, también políticos, periodistas, polis, testaferros, ayudantes de fiscales de distrito y, directamente, fiscales de distrito. Capone juraba –y, sobre todo, perjuraba– que su único contacto con los bajos fondos eran sus viajes al fin de la noche para rescatar de allí a malos malísimos a los que reconvertir en honrados ciudadanos por medio de un empleo y un salario. Conque mejor que no lo metieran en la cárcel, advertía a las autoridades, no fuera que tantísimo matón volviera a campar por sus desafueros.

Pero no solo jugaba a los filántropos para evitar un temporada a la sombra, también porque en el fondo hubiera deseado que le comparasen con magnates como Ford o Hearst. De hecho, quiso contratar al relaciones públicas que lavó la imagen de John D. Rockefeller tras el escandalazo de la Standard Oil Company. Sin éxito. Por más que se empeñara, el establishment nunca le reconocería como uno de los suyos. Como mucho, acudiría a alguna de sus fiestas, pero más que por interés por morbo, por la curiosidad de ver de cerca a un mafioso y sin que la sangre le salpicara los zapatos. Al fin y al cabo, su cursus honorum difería del de tantos self-made men: repartidor de palizas a domicilio, gorila de bar, brazo ejecutor de gatillo fácil, señor y dador de muerte en el Chicago de los años 20 y 30…

Ser rechazado tantas veces y de forma tan hipócrita le produjo un amargor rayano en el resentimiento: "Cuando vendo licor, lo llaman contrabando; cuando mis clientes lo sirven en bandeja de plata en Leixure Drive, lo llaman hospitalidad", solía lamentar. Ojo, que nunca se avergonzó de ser el principal proveedor de alcohol de los más de 10.000 tugurios clandestinos de la ciudad de Chicago. Como tampoco se avergonzó de que lo relacionaran con el juego. Cosa distinta era la prostitución, donde también estaba metido de hoz y coz. El caso es que no pasaba una broma. Quién sabe si porque la sífilis que le contagió de joven una fulanilla fue la causa última que le llevó a la tumba en 1947, con solo 48 años.

Su reinado, sin embargo, había acabado muchos años antes, en 1931, cuando le metieron en la cárcel por evadir impuestos. Tenía 32 años. Lo curioso es que había alcanzado la cúspide con solo 26, así que para representarlo creíblemente en el cine deberían darle el papel a algún yogurín de la factoría Disney y no a un talludito Robert De Niro.

Antes de morir, Al Capone tuvo tiempo de arrepentirse de sus muchos crímenes y pecados, poniéndose incluso a buenas con Dios. Era verdad que la temprana muerte del padre, dejando viuda y numerosa prole, le empujó a dejar la escuela en sexto grado y a abrirse paso en los bajos fondos. Pero también era verdad que otros italoamericanos, en peor situación que la de él, se labraron un futuro con la sola ayuda de sus manos y de un primo en Taylor Street, siempre dentro de la ley y ni un solo cadáver en el armario.

De haber perseverado en la senda estrecha, Capone quizás habría terminado por convertirse en lo que secretamente siempre ambicionó: un honrado comerciante de leche. Lo que es seguro es que, de nacer de nuevo, en lugar de Scarface, apodo que detestaba, se habría pedido el personaje de Sunny Jim, muñequito anunciador de cereales para el desayuno y mantequilla de cacahuete.

Así pasa la gloria del mundo.

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