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Elías Cohen

¿Por qué resurge el nacionalismo?

Ante la incertidumbre del futuro, las identidades nacionales se han convertido en un valor refugio.

Ante la incertidumbre del futuro, las identidades nacionales se han convertido en un valor refugio.
El presidente de EEUU, Donald Trump | EFE

El nacionalismo ha vuelto. Legiones de pensadores y politólogos intentan explicar el fenómeno, y muchos aún andan totalmente descolocados desde el triunfo del Brexit y la victoria de Trump, o ante los buenos resultados electorales de los partidos nacionalistas en Europa.

Los motivos del resurgimiento del nacionalismo son muy primarios, y siempre han estado ahí.

El miedo

La Humanidad se encuentra en su mejor momento. Actualmente mueren más personas por obesidad que por inanición, las plagas matan menos que la vejez y hay más fallecimientos por accidentes que por violencia. En las sociedades occidentales, nunca hemos sido más libres, iguales y prósperos; nunca antes hemos estado más sanos, seguros y protegidos. Y, sin embargo, creemos que todo está a punto de desmoronarse. Tenemos miedo, y está justificado.

Ciertamente, mientras seguimos sin normalizar el buen momento que vive la Humanidad, nos enfrentamos a desafíos gigantes que pueden dejar la época actual reducida a polvo histórico. El envejecimiento de la población, la automatización del trabajo, la inmigración masiva, el cambio climático, las armas nucleares, etc., amenazan con derribar las puertas de nuestras casas y acabar con nuestras vidas tal como las conocemos.

Nos sentimos desamparados ante los problemas que nos abordarán en los próximos años y no encontramos en quién depositar la responsabilidad de enfrentarlos. La confianza en los expertos está en horas muy bajas, y para qué hablar de las que suscitan los representantes públicos al uso. Muchos, cada vez más, están encontrando respuestas en un estadio más primario del yo político: las identidades nacionales. Yuval Noah Harari, al que siempre hay que leer, aunque se esté en desacuerdo con él, nos recuerda que nuestra herencia genética nos desplaza hacia el tribalismo –hace muy poco, en términos absolutos, que salimos de la tribu– como el mar nos succiona cuando hay resaca. El resurgir del nacionalismo es un hecho y no debe parecernos extraño.

Al fin y al cabo, queremos las certezas de vuelta, queremos percibir que tenemos el control, que somos algo —Take Back Control fue el lema que hizo ganar al Brexit—. Durante los últimos siglos, pertenecer a los Estados-nación y estar representados por sus símbolos colmaban estos deseos. Errejón, antes de su errejonazo, dijo en una entrevista, justificando su reivindicación de la bandera española, que la gente necesita pertenecer a algo; y, sin que, por favor, sirva de precedente, tenía razón.

Ante la incertidumbre del futuro, las identidades nacionales se han convertido en un valor refugio. En un mundo global, conectado, líquido, inmediato y cada vez más pequeño, el nacionalismo ha vuelto y, como apunta Gideon Rachman, la gran batalla de nuestro tiempo es Globalismo vs. Nacionalismo.

Las naciones se resisten a morir

Sin embargo, el resurgir del nacionalismo en todo Occidente no sólo es producto del miedo.

Si nos paramos a pensar un momento, eliminamos los constantes estímulos a los que estamos sometidos y cogemos una bola del mundo, de esas que poníamos en nuestros escritorios cuando éramos niños, podremos extraer interesantes conclusiones. La primera y más importante es que las fronteras están desapareciendo. Desde París podemos comprar un producto fabricado en India mediante una aplicación noruega utilizando nuestro teléfono móvil fabricado en China. Un mensaje alojado en un servidor norteamericano puede ser enviado desde Málaga hasta Hong Kong en cuestión de segundos, sin que nadie ni nada lo impidan. Tras estas reflexiones, si seguimos sosteniendo la bola del mundo –prohibido jugar con ella como hace Chaplin en El Gran Dictador– suponemos que las naciones no podrán resistir semejante envite. Las fronteras, uno de los principales elementos de las soberanías nacionales, están siendo levantadas todos los días de mil y una maneras posibles.

En un mundo tan conectado, ¿podrán sobrevivir las naciones? No lo sabemos; lo que es seguro es que no se están dejando matar. Las naciones se defienden –y en el golpe de Estado en Cataluña tenemos un claro ejemplo de cómo una nación ha reaccionado ante un ataque–.

Estos tiempos ya han sido predichos, no es algo nuevo con lo que nos hayamos encontrado de sopetón. El concepto VUCA (Volatilidad, Incertidumbre, Complejidad y Ambigüedad) utilizado por el Ejército norteamericano tras la caída de la Unión Soviética, la modernidad líquida de Zygmunt Baumman, el G-Zero World de Ian Bremmer o… incluso el aún en cuestión fin de la Historia de Francis Fukuyama son teorizaciones del mismo fenómeno: la globalización y el mundo multipolar. Algunos lo vieron venir, sí; no obstante, quizá muchos subestimaron la resistencia que las naciones opondrían a su desaparición.

Puede que estemos vendiendo la piel del oso antes de cazarlo y buscando soluciones incorrectas a problemas complejos. En su libro La virtud del nacionalismo, Yoram Hazony opina que las naciones son los mejores instrumentos para el progreso humano. Pero la extensión del libre comercio ha traído la era de prosperidad más alta de la Humanidad y los nacionalismos excluyentes y los proteccionismos exacerbados, en cambio, han solido beneficiar a unos pocos y provocar conflictos cataclísmicos.

Bret Stephens, al que también hay que leer siempre aunque no compremos todo lo que opina, dice que estamos en un momento de autonegación civilizacional. Que con la caída del Muro de Berlín y la derrota de los soviéticos pensábamos que era suficiente y nos olvidamos de continuar con la batalla de las ideas. En todo caso, estamos en un momento de reafirmación civilizacional ante los desafíos acuciantes del futuro.

Vivimos un momento interesante –los chinos y sus maldiciones–, y el nacionalismo es un protagonista indiscutible. Los motivos de su resurgimiento, a falta de más enmiendas, son, en suma, dos: el miedo ante la incertidumbre y la propia resistencia de las naciones ante la posmodernidad líquida.

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