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José Carlos Rodríguez

El conservadurismo después de Trump

Trump se aferra a la sociedad que no se ha avenido a cambiar con los designios del progresismo

José Carlos Rodríguez
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José Carlos Rodríguez - El conservadurismo después de Trump
Donald Trump, en un cóctel con 1.000 hamburguesas I Susan Walsh / AP

Se llama conservadurismo por algo. Es una resistencia al cambio, cuando éste pone en peligro lo que conocemos y apreciamos. El cambio, después de la Revolución francesa, viene impregnado de la voluntad de cambiar la sociedad para ahormarla a un conjunto de ensoñaciones, no tan complejas como para no caber en un discurso. De modo que el conservadurismo siempre tiene algo de reacción; despierta en cuanto ve la amenaza. El conservadurismo lleva, necesariamente, a una reflexión sobre lo que hay, o sobre lo que hubo, en busca de sentido; en busca de las miserias, pero también de las virtudes del entramado humano del pasado.

El pensamiento político en los Estados Unidos no ha asumido esa dicotomía entre un progreso esplendoroso y un pasado humilde pero real, hasta la emergencia del progresismo a finales del XIX. Aún así, el conservadurismo tardó en despertar; quizá lo hizo demasiado tarde, cuando las dos Guerras Mundiales y el New Deal acabaron por transformar la sociedad y la política estadounidense.

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