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Jesús Laínz

Estadistas

A diferencia del político, el estadista no actúa pensando en las siguientes elecciones, sino en las siguientes generaciones. Franco y Pujol lo fueron. Rubalcaba, no.

Jesús Laínz
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A diferencia del político, el estadista no actúa pensando en las siguientes elecciones, sino en las siguientes generaciones. Franco y Pujol lo fueron. Rubalcaba, no.
Alfredo Pérez Rubalcaba, en un acto el pasado 29 de noviembre | EFE

En algún momento del siglo XVII, cuando la estrella del Imperio español comenzaba a declinar, abriendo la posibilidad de que la británica comenzara a ascender, los gobernantes de Londres comprendieron que la hegemonía europea, y por lo tanto mundial, sólo podía conseguirse mediante el dominio de los mares. Britannia, rule the waves.

Flotas poderosas, marinos hábiles, soldados aguerridos, todas ellas eran piezas esenciales del plan. Y junto a ellas, la posesión de los puntos claves del globo para garantizar comunicaciones, apoyos y avituallamientos a la vez que se estrangulaban los de los demás. Ésa fue la razón por la que, poco a poco, aquellos puntos fueron cayendo bajo dominio británico: Gibraltar, Menorca, Malta, Chipre, el canal de Suez, Ciudad del Cabo, Santa Elena, Isla Ascensión, Tristán de Acuña, las Malvinas, etc. Alguno se le escapó, como Santoña y las Canarias, donde Nelson se dejó un brazo.

Pero lo más importante de todo fue la continuidad en el esfuerzo. Durante tres siglos, sin importar qué rey reinara o qué político mandara, los gobernantes británicos ejecutaron un plan a largo plazo que acabaría convirtiendo a su país en la primera potencia mundial hasta 1918. Ni las luchas dinásticas, ni las ambiciones personales, ni los enfrentamientos partidistas influyeron en ello. Nadie puso en duda el supremo interés nacional, que persiguieron infatigablemente pasándose el testigo unos a otros. Compárese con el lamentable guirigay en el que naufragó la España del XIX, la de los reyes felones, los espadones ridículos, las guerras carlistas, los pleitos dinásticos, los reyes de quita y pon, los Gobiernos efímeros y el presidente Figueras exclamando: "¡Estoy hasta los cojones de todos nosotros!".

En esto consiste un estadista, según la célebre sentencia generalmente atribuida a Churchill: en que, a diferencia del político, no actúa pensando en las siguientes elecciones, sino en las siguientes generaciones. De ésos hemos tenido pocos en la España de los últimos tiempos. El más importante, sin duda, Franco, como demostró, por ejemplo, en la ocasión en la que Nixon, interesado en preservar el orden en el Mediterráneo, envió a Vernon Walters a sonsacarle su opinión sobre lo que podría suceder en España cuando él faltara. Así lo relató Walters al ABC el 15 de agosto de 2000:

–Yo he creado –dijo Franco– ciertas instituciones que nadie piensa que funcionarán. Están equivocados. El príncipe será rey, porque no hay alternativa. España irá lejos en el camino que desean ustedes, los ingleses y los franceses: democracia, pornografía, droga y qué sé yo. Habrá grandes locuras, pero ninguna de ellas será fatal para España.

–Pero, mi general, ¿cómo puede usted estar seguro?
–Porque yo voy a dejar algo que no encontré al asumir el gobierno de este país hace cuarenta años.

Yo pensé que iba a decir las Fuerzas Armadas, pero él dijo:

–La clase media española. Diga a su presidente que confíe en el buen sentido del pueblo español. No habrá otra guerra civil.

Por lo que se refiere al actual régimen, el único político con talla de estadista ha sido Jordi Pujol. Pues mientras él, amparado en las competencias autonómicas, construía piedra a piedra un Estado paralelo con técnicas mendaces y mentalidad totalitaria, los mediocres inquilinos de la Moncloa, sin excepción, demostraron su desinterés por enterarse de lo que sucedía más allá de sus narices y su incapacidad para pensar a largo plazo.

El 17 de abril de 2006, El Mundo publicó una entrevista realizada por Pedro J. Ramírez al presidente Zapatero. Uno de los temas centrales fue el nuevo estatuto catalán promovido por su camarada Maragall. "¿Se sentirá responsable si dentro de diez años Cataluña inicia un proceso de ruptura con el Estado?", preguntó el periodista. "Dentro de diez años España será más fuerte, Cataluña estará más integrada y usted y yo lo viviremos".

Tres meses antes, el 22 de enero, Zapatero había declarado a La Vanguardia:

No hay que hacer caso de los profetas del miedo (…) El nuevo Estatut hará más fuerte a España.

Aquel mismo día El País publicó un artículo explicando algunos entresijos de la negociación estatutaria, con Alfredo Pérez Rubalcaba, portavoz socialista en el Congreso y representante gubernamental en las negociaciones con el tripartito catalán, como protagonista principal: "¿Y si el estatuto fuera un paso previo a la independencia?", "Los partidos catalanes no la quieren", rechaza el portavoz socialista. "¿Y en el futuro?". Rubalcaba se encoge de hombros: "Quién sabe lo que será Europa dentro de treinta años".

Por aquellos mismos días, Gonzalo Altozano conversó con el mismo Rubalcaba en su despacho del Congreso. El tema estrella, de nuevo, el estatuto catalán. El ministro socialista vino a decirle al periodista que con el nuevo estatuto íbamos a tener entretenidos a los nacionalistas otros veinticinco años, como lo habían estado hasta ese momento con el de 1979. Entonces Altozano le preguntó si, por culpa del nuevo estatuto, dentro de veinticinco años la situación de España no podría acabar siendo aún peor. A lo que el ministro replicó: dentro de veinticinco años yo ya no estaré aquí. "Así que, ¿el que venga detrás, que arree?", inquirió el periodista. El ministro se encogió de hombros y sonrió.

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