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José María Marco

Neonacionalistas a lo Trump

La inesperada victoria de Donald Trump en 2016 tenía que acabar suscitando una oleada de reflexión que la explicara, la justificara y la articulara como una propuesta ideológica nueva.

José María Marco
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La inesperada victoria de Donald Trump en 2016 tenía que acabar suscitando una oleada de reflexión que la explicara, la justificara y la articulara como una propuesta ideológica nueva.
EFE

Era cuestión de tiempo. La inesperada victoria de Donald Trump en noviembre de 2016 tenía que acabar suscitando una oleada de reflexión que la explicara, la justificara y la articulara como una propuesta ideológica nueva, ajena, o por lo menos distinta a las liberales (o libertarias) y conservadoras que habían constituido el pensamiento de derechas norteamericano desde los años 70.

Así es como "America First", el célebre slogan trumpista, ha desembocado en una reivindicación no ya del patriotismo, del amor o la lealtad a Estados Unidos, sino en una reivindicación del nacionalismo. Nacionalismo norteamericano, claro está, con todo lo que eso conlleva de exaltación de las (supuestas) formas culturales propias, pero también del término y la idea nacionalista.

Así se ha podido comprobar recientemente, en una de esas conferencias a las que tan aficionados son los conservadores norteamericanos, esta vez celebrada en Washington DC, el pasado mes de julio, a cargo de una nueva organización, la Edmund Burke Foundation, que pide prestado su nombre al ilustre crítico de la Revolución Francesa (y admirador en cambio de la norteamericana) para promocionar lo que llama conservadurismo nacional, o nacional-conservadurismo. El nacional-conservadurismo vendría a ser una nueva afirmación de la idea nacional, como un valor en sí, antepuesto a cualquier interés local o comunitario. Ofrecería una alternativa al globalismo y preservaría unos intereses y unos valores que todos los nacionales compartirían. También se definen como antiliberales (y antilibertarios). Al mismo tiempo que la nación preservaría su soberanía, amenazada por el globalismo, también protegería la cultura propia, nacida de un pasado compartido y que los nacionales reciben como un legado.

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