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Jesús Laínz

Regreso al Edén

Sin la baja pasión del resentimiento no se explican ni el indigenismo, ni el separatismo ni el izquierdismo.

Jesús Laínz
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Sin la baja pasión del resentimiento no se explican ni el indigenismo, ni el separatismo ni el izquierdismo.
José L. R. Zapatero y Pedro Sánchez | PSOE

Se ha explicado muchas veces: uno de los elementos claves del nacionalismo, de cualquier nacionalismo en cualquier parte del mundo, consiste en la reivindicación de un paraíso perdido, de un edén nacional que fue violado por el enemigo y que los presentes están obligados a recuperar.

Los casos españoles (con perdón) son clarísimos: el primero, el de aquellos vascos cuya "independencia originaria", tan antigua como la existencia de los cromañones, se perdió el día en que fueron invadidos por los españoles. Por sorprendente que parezca, no hay acuerdo sobre la fecha de la pérdida: a veces se echa mano de la cantinela del domuit vascones aunque sea un cuento chino; otras veces aparece alguna extraña invasión castellana en la Edad Media; en otras se viene más cerca, hasta los tiempos de Espartero o los de Cánovas; y luego está la definitiva "reinvasión" (término de reciente invención) de Franco en 1937, de la que surge la alucinación de las "fuerzas de ocupación" que sirvió de excusa para los crímenes de ETA. El segundo caso, por supuesto, es el de aquellos catalanes que vivían chapoteando en oro en una Cataluña independiente que desapareció con la invasión española. Éstos al menos indican la fecha exacta de la pérdida del Edén, más modesta que la antediluviana vascongada: el 11 de septiembre de 1714. Otros han intentado seguir su ejemplo, como ésos que, creyéndose nietos de Breogán, añoran una democrática Galicia prehistórica; o esos andaluces que sitúan su paraíso perdido en los harenes musulmanes.

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