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José María Marco

El Muro de Berlín y el nuevo liberalismo

La seguridad, la tradición, la autoridad, los lazos sociales son elementos que el liberalismo y la democracia liberal habrán de volver a tener en cuenta.

Muro de Berlín en el East Side | C.Jordá

Cuando el Muro de Berlín cayó, bajo la presión de los países occidentales, las Iglesias cristianas y los habitantes de la República Democrática Alemana, se cerró un siglo: el siglo XX; el siglo que había empezado con el apartamiento del liberalismo como principio político. Lo sustituyó el socialismo, que en su versión socialdemócrata consiguió una posición hegemónica, compartida con los conservadores de diversas observancias, hasta la crisis económica de 1973. En su versión de comunismo totalitario, el socialismo duró un tiempo similar, hasta la revolución antiautoritaria de los años 60, con dos hitos como fueron la invasión de Praga por los soviéticos en agosto del 68 y la publicación de Archipiélago Gulag en 1973. La Caída del Muro de Berlín señaló el final definitivo de algo que, aunque no sin prestigio ni sin seguidores a partir de ahí, no alumbraría ya más que la nostalgia y la defensa, siempre violenta, de privilegios de clase.

Tony Blair señaló bien el sentido histórico de lo ocurrido cuando apuntó que la mayor tragedia del siglo XX había sido empeñarse en olvidar el liberalismo. Su recuperación por los partidos de tradición más o menos socialdemócrata –en el Reino Unido y en España, por ejemplo–ponía fin también a unos años en los que los países europeos (Estados Unidos también, pero de otro modo, más crudo y más trágico) habían logrado el milagro de hacer compatibles el crecimiento y la consistencia social, y la tolerancia con la permanencia de algunos grandes consensos sociales, por ejemplo los referidos a la familia, a la nación, a la presencia de la religión en la sociedad.

La caída del Muro de Berlín significó por tanto el acceso a la libertad de millones de seres humanos y una oleada de democratización que alcanzó a numerosos países, entre ellos los que habían quedado separados de sus hermanos europeos. También abrió el camino al capitalismo, que ha permitido un progreso y una prosperidad nunca vistos en la historia de la Humanidad. Y restauró un liberalismo que poco tenía que ver con el que había olvidado el siglo XX.

Ya en los mismos años noventa, hubo voces, como John Gray en su Falso amanecer o Anthony Giddens en Un mundo desbocado, que avisaron de las dificultades a las que se enfrentaba un nuevo mundo que había descartado, o derruido, los equilibrios previos sin intentar siquiera plantar la posibilidad de unos nuevos, precisamente porque cualquier consenso que no fuera el estrictamente político y jurídico, sin referencias a la moral, parecía resucitar lo anterior. El historiador Tony Judt expuso muy bien la nostalgia de los años de posguerra en los que progreso económico y consenso moral habían resultado compatibles.

La caída del Muro de Berlín restauró un liberalismo que poco tenía que ver con el que había olvidado el siglo XX.

Ya entonces resultó discutible la idea del "fin de la Historia". Lo que había pasado, en realidad, era que la Historia se había puesto de nuevo en marcha: la caída del Muro de Berlín era la rúbrica de este final –el final grandioso imaginado por el idealismo alemán– y el ingreso en un mundo mucho más inseguro que antes, sin certezas y en el que nadie tendría ya autoridad para decidir la validez de las elecciones personales. A partir de los años 70, y mucho más desde los años 90, se impuso el individualismo, según el cual cada uno podía elegir su identidad sin referencia alguna a la autoridad o a la tradición: es lo que llamamos globalización. Así quedaba abierta la puerta a una sociedad en la que la autonomía de los individuos iba a alcanzar cotas –otra vez– nunca vistas en la historia de la Humanidad.

Y al mismo tiempo se producía un fenómeno nuevo, la ampliación del alcance y las competencias del Estado, también como no se había visto nunca con excepción de los regímenes totalitarios comunistas. Hoy, en las democracias liberales, el Estado está presente en todas las facetas de nuestra vida, y en los países antiguamente sometidos al comunismo no ha perdido nada de su autoridad ni de su popularidad. Ni en China ni en Rusia la opinión pública manifiesta su ansiedad por vivir en una democracia liberal, aunque también ahí se ha ido ensanchando el campo de las opciones individuales. El totalitarismo, desde esta perspectiva, parece un fenómeno del pasado.

En los países democráticos, la ampliación hasta el infinito de estas opciones no entra en contradicción con el crecimiento del Estado. Ocurre más bien que este crecimiento sostiene la autonomía y ha acabado constituyendo su garantía. Es algo que los liberales clásicos no podían prever y que conduce a un replanteamiento a fondo del significado de la palabra liberal, un replanteamiento actualmente en curso desde muy diversas perspectivas. La seguridad, la tradición, la autoridad, los lazos sociales son elementos que el liberalismo y la democracia liberal habrán de volver a tener en cuenta.

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