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Iván Vélez

Olga Tokarczuk, fabuladora negrolegendaria

Tal condición le hará ganar adeptos entre el amplio colectivo de personas adscritas a las numerosas sectas salvíficas que marcan nuestro presente.

Iván Vélez
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Tal condición le hará ganar adeptos entre el amplio colectivo de personas adscritas a las numerosas sectas salvíficas que marcan nuestro presente.
Tokarczuk, durante la ceremonia de entrega del Premio Nobel de Literatura | Cordon Press

El momento que ahora podemos ver a través del tiempo llevó a la muerte de 56 millones de los casi 60 millones de nativos americanos. En ese momento, representaban aproximadamente el 10 por ciento de la población total del mundo. Sin darse cuenta, los europeos les trajeron algunos regalos letales: enfermedades y bacterias a las que los habitantes indígenas de América no tenían resistencia. Además de eso vino la despiadada opresión y el asesinato. El exterminio continuó durante años y cambió la naturaleza de la tierra.

Las palabras reproducidas forman parte del discurso pronunciado por la escritora polaca Olga Tokarczuk (Sulechów, 1962) durante la ceremonia de entrega del Premio Nobel de Literatura del año 2018, organizada por la Academia Sueca tras la parálisis producida por la concesión del mismo a Bob Dylan y el afloramiento de ciertos casos de escandinava corrupción. La escritora merece las felicitaciones de los lectores españoles por su obra de ficción, sin embargo, resulta difícil permanecer en silencio ante la pretendida conexión que estableció entre el descubrimiento de América, la desaparición de la población indígena y el cambio climático.

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Como tantos noveleros, por emplear la fórmula quevedesca, Tokarczuk se acoge a algunos de los más populares estereotipos de la Leyenda Negra, conveniente y climáticamente actualizados para la ocasión. La escritora se deleita incluso cantando las bondades de la agricultura prehispánica, cuyas armónicas y sostenibles canalizaciones fueron pasto de la selva tras la llegada de los barbudos. Sin embargo, pese a estas obligadas pinceladas ecológicas, el grueso de la crítica de la polaca gravita sobre el tópico del "exterminio" de la población nativa, que pretende demostrar con cifras más que discutibles, de cuyo origen nada dice, pues doña Olga no desvela las fuentes de las que bebe. Según afirmó durante su intervención en la Sala de Conciertos de Estocolmo, antes de la llegada de los europeos había sesenta millones de nativos americanos, números alejadísimos de los que manejara en su día alguien también nacido en Polonia, Ángel Rosenblat, que en su La población indígena de América desde 1492 hasta la actualidad (Buenos Aires, 1945) calculó que antes de la llegada de Colón el número de indígenas que vivían en todo el continente era algo superior a los trece millones, cifra que en 1570 había descendido a once millones y que en 1825, dentro ya de los procesos de cristalización de las naciones políticas hispanoamericanas, se situaba en ocho.

Al margen de la cuestión numérica, ha de tenerse en cuenta que esas poblaciones estaban a menudo desconectadas entre sí, cuando no enfrentadas o estructuradas según patrones esclavistas. Ello por no hablar de prácticas que mermaban la cantidad de americanos: los sacrificios humanos, de los cuales la arqueología aporta cada vez más numerosas y macabras pruebas, como se ha podido comprobar tras el hallazgo, hace años, del tzompantli –estructura hecha a base de cráneos humanos– cercano al Templo Mayor de la Ciudad de México, del que hablan las crónicas españolas, o con la aparición de momias andinas que conservan los cuerpos entregados a los dioses. Esta realidad refuta el mito del indio considerado un "manso cordero", tal y como lo definió Bartolomé de Las Casas, y demuestra que antes de la expedición española el continente distaba mucho de ser una tierra paradisiaca, como parece sugerir la Tokarczuk, que, no obstante, acierta al hablar de los devastadores efectos, imposibles de evitar por parte de los españoles, que tuvieron las enfermedades europeas sobre unos hombres que carecían de defensas naturales contra ellas. Una morbosa realidad contra la que estos combatieron, pues conviene recordar que los españoles fundaron cientos de hospitales en las ciudades que dieron forma a su imperio civilizador. Un ánimo sanitario que se mantuvo en el tiempo, como prueba el hecho de que en 1803 se organizara la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna, capitaneada por Francisco Javier de Balmis, primer cirujano del Hospital de San Juan de Dios mexicano, gracias a la cual la vacuna contra la viruela llegó a Puerto Rico, Caracas, La Habana, Veracruz, la Ciudad de México e incluso Filipinas, desde donde saltó a los enclaves chinos de Macao y Cantón.

Olga Tokarczuk, tal nos parece, está cautiva de las mismas falsas nuevas que ella misma critica pero, al mismo tiempo, reproduce, pues si la cantidad de indígenas que murieron a causa de las enfermedades, de las que los españoles, en su caso, no se libraron, y de unas violencias que no negamos, es muy inferior a la que ella acepta, los devastadores efectos climáticos de esa pérdida de vidas no pudo darse a tan gran escala. Frente la tópica imagen de un imperio marcado por la "despiadada opresión", el "asesinato" y el "exterminio", se alza la realidad de una Corona que, a diferencia de sus coetáneas, marcadas por la depredación y el desprecio por los indígenas, impulsó numerosas leyes que protegían a los naturales. Un cuerpo legal que ya está presente en el codicilo del testamento de Isabel I de Castilla, en el cual la reina católica, en trance de muerte, dejó escrito que sus herederos en el trono

non consientan e den lugar que los indios vezinos e moradores en las dichas Indias e tierra firme, ganadas e por ganar, reciban agravio alguno en sus personas e bienes; mas mando que sea bien e justamente tratados.

A este documento debemos añadir las monumentales leyes indianas, correctoras de excesos individuales y protectoras de comunidades que fueron prácticamente barridas con la llegada de determinados vientos decimonónicos europeos a unas naciones hispanoamericanas ávidas de blanqueamiento racial. No podemos finalizar esta fugaz enumeración legislativa sin referirnos a la obra del dominico español Francisco de Vitoria, en la que muchos han visto un precedente de los Derechos Humanos. Cabe, por otro lado, aclarar que, aunque los polacos estén acostumbrados a la expresión "colonias españolas", tal expresión es ajena a la terminología genuinamente española. Las tierras descubiertas y ganadas para la Corona constituían un territorio del mismo rango que las peninsulares.

Por estas y otras muchas razones, se puede aplicar a la fabuladora Olga Tokarczuk el calificativo de escritora negrolegendaria, condición que, sin duda, le hará ganar lectores y adeptos entre el amplio colectivo de personas adscritas a las numerosas sectas salvíficas, del planeta y de sus propias conciencias, que marcan nuestro presente buscando culpables ajenos, en ocasiones tan remotos como los que dieron cuerpo al Imperio, católico en lo territorial y en lo religioso, español. Tal vez para Tokarczuk, tal y como ella misma nos revela, "la ficción es siempre una especie de verdad", pero probablemente solo lo sea dentro del mundo literario. Sin embargo, cuando la autora quiere hablar con autoridad sobre "ciertos momentos de la Historia", debería referirse a la bibliografía científica sobre el tema y leer los documentos al respecto. En el caso contrario, como ella misma dijo, "una mentira se convierte en un arma de destrucción masiva".

(Versión en español del artículo que, traducido al polaco por Malgorzata Wolczyk, se publicó el pasado 4 de enero en la versión digital del semanario Do Rzeczy).

Iván Vélez, presidente de la Fundación Denaes.

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