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Amando de Miguel

La experiencia del confinamiento por mor del virus

Los españoles, tan extravertidos, no hemos experimentado una situación así en nuestra historia contemporánea, ni siquiera en tiempos bélicos.

Amando de Miguel
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Los españoles, tan extravertidos, no hemos experimentado una situación así en nuestra historia contemporánea, ni siquiera en tiempos bélicos.
Una joven aplaude desde su balcón a los sanitarios que están en primera línea en la lucha contra el Covid-19 | EFE

En nuestros abrumados tiempos, es tan general el derecho a la libertad de movimientos que la prescripción oficial de ‘no salir de casa’ por razón de la epidemia resulta una extravagancia. Los españoles, tan extravertidos, no hemos experimentado una situación así en nuestra historia contemporánea, ni siquiera en tiempos bélicos. Otra cosa es que, por mandato judicial o policial, uno se venga obligado al arresto domiciliario, pero eso fue una pena de cuando el lejano franquismo. Yo pasé por ella junto a otros muchos compatriotas de mi generación y mi ambiente. Ahora la movilidad no es solo un derecho, sino que constituye el objeto central de un ministerio del Gobierno, antes encargado de levantar obras públicas.

Pero lo de ahora resulta insólito. Se trata de una especie de arresto domiciliario colectivo, que puede ser sancionado por la Policía si se contraviene. No me queda clara la figura jurídica ni el alcance de la prohibición. ¿Puedo salir a la calle a sacar el cubo de la basura? ¿Puedo acudir a la parroquia a rezar o a cumplir con Pascua? ¿Puedo acercarme al ayuntamiento a solicitar un servicio? ¿Puedo salir a comprar una bebida o un bocadillo en una máquina dispensadora? ¿Puedo salir a Correos para enviar una carta certificada? ¿Puedo visitar a un médico privado o a mi asesor fiscal? Tengo más preguntas, pero no quiero cansar al lector, suponiendo que haya llegado hasta aquí.

El hecho es que me parece notorio el alto grado de civismo de mis compatriotas. Hemos aceptado el ucase de recluirnos en nuestros domicilios. Nos han dicho que la cuarentena era de quince días, pero no nos lo creímos y mucho nos tememos que lleguen a cuarenta. Los 40 días es un plazo que lo vemos repetido en la Biblia y que significa un tiempo indeterminado. Que conste que mi mujer y yo tomamos la decisión de enclaustrarnos días antes de que la impusiera el Gobierno. Se veía venir.

Menos mal que el confinamiento masivo ha llegado en la época de la internet y del teléfono universal. Gracias a lo cual nos pasamos todo el día comunicándonos con los parientes y amigos. Algunos llaman simplemente para saber si estamos vivos. Observo, además, que los mensajes telemáticos son más largos de lo que eran antes.

Algunos corresponsales me dicen que, como desahogo ante el forzado confinamiento, han decidido escribir un diario; vamos, como el del capitán del barco romántico. Me parece una idea excelente. De prodigarse la iniciativa, los psicólogos y sociólogos de dentro de un tiempo dispondrán de una buena fuente para estudiar los efectos de la benévola reclusión por la epidemia.

Algunos amigos con hijos en edad escolar me aseguran que está resultando muy positiva la experiencia de que sus vástagos adelanten sus deberes a través del ordenador. Tendría gracia que, mediante esta pequeña argucia de la historia, descubriéramos que los centros (presenciales) de enseñanza se han vuelto superfluos.

Por lo mismo, muchas empresas han tomado la iniciativa de que los empleados continúen haciendo su trabajo on line o por videoconferencia. Es todo un descubrimiento. Puede que, cuando la situación se normalice, algunas empresas se percaten de que no necesitan tantos empleados presenciales. Ya veo que se van a poner en venta muchos locales de oficinas.

También puede suceder que, como consecuencia de la forzada reclusión en los hogares, aumenten los conflictos domésticos. Pero puede ser lo contrario; que, si se consiguen alejar los conflictos, se refuerce el cariño entre los miembros del hogar. Más tareas para los psicólogos y sociólogos.

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