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Iván Vélez

Se busca Marshall

¿Quién va a pagar y a quién beneficiaría semejante plan inspirado en aquel que pusieron en marcha los Estados Unidos de Norteamérica contra la Unión Soviética?

Iván Vélez
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¿Quién va a pagar y a quién beneficiaría semejante plan inspirado en aquel que pusieron en marcha los Estados Unidos de Norteamérica contra la Unión Soviética?
Pedro Sánchez | Europa Press

Ebrio de europeísmo, en el curso de una de sus interminables intervenciones televisivas Pedro Sánchez reclamó a la Unión Europea la puesta en marcha de un Plan Marshall capaz de impulsar un gran programa de inversiones públicas en todo el territorio cubierto por el azul marino y las estrellas marianas. Una petición de auxilio coherente con la trayectoria descrita por los partidos hegemónicos españoles, de entre cuyas filas se alzaron voces como la de García Margallo, quien, en extravagante metáfora conyugal en relación a la Unión del futuro, se mostró dispuesto a "ceder toneladas gigantescas de soberanía". Con el Reino Unido ya desgajado de este proyecto puesto en marcha durante la Guerra Fría, el reclamo de Sánchez choca con una tozuda realidad: España es contribuyente neto dentro de este club. La pregunta que surge en este contexto, máxime después de ver el trato norteño dado a los PIGS durante la actual pestilencia coronavírica, es: ¿quién va a pagar y a quién beneficiaría semejante plan inspirado en aquel que pusieron en marcha los Estados Unidos de Norteamérica contra la Unión Soviética?

Sánchez, tal nos tememos, es un subproducto europeísta más, consecuencia lógica de su pertenencia a una sociedad, plurinacional según Iglesias Turrión, que se distingue por ser la que con más beatería adora el mito de Europa. Una Europa que, tras la irrupción del célebre virus, ha visto cómo las fronteras nacionales, esas que se han tratado de borrar con planes juveniles apadrinados por el mismo Erasmo al que no le placía España y con una moneda común, nunca desaparecieron. Pese al voluntarismo unionista del doctor, la realidad es que las medidas adoptadas durante esta crisis de final incierto han sido diferentes en cada nación y que cada uno de los miembros del club busca ayuda allá donde la pueda encontrar, incluyendo una China que, naturalmente, juega sus bazas geoestratégicas y comerciales.

No poseemos la ciencia media para columbrar qué pasará en el futuro, sin embargo, sí conocemos lo que ocurrió en el pasado. Allí donde Sánchez o sus asesores han hallado un nuevo rótulo que pueda arrojar algún rédito mediático, mientras se desea la llegada de un punto de inflexión en unas gráficas tras las que se oculta una gran mortandad y una grave crisis económica que, aunque haya propiciado el uso de metáforas alusivas a un escenario bélico, no se ajusta a los devastadores efectos de una guerra como la que terminó en 1945. Somos, por otro lado, conscientes de que la apelación marshalliana de Sánchez busca ofrecer la imagen identificable de una estrategia salvadora, casi siempre buscada fuera de nuestras fronteras por nuestros gobernantes. Conviene, no obstante, aprovechar la evocación de aquellos días para extraer alguna que otra conclusión.

Fue después de una guerra real con unos intereses muy concretos, no precisamente basados en un ingenuo altruismo, impensable dentro del tablero de la política, cuando los Estados Unidos pusieron en marcha el Plan Marshall, que comenzó a fraguarse en 1947 y se extendió por Europa hasta 1952. El plan tenía entre sus principales objetivos el levantamiento de un dique anticomunista que sirviera para implantar un conjunto de democracias propicias para el establecimiento de un mercado menos regulado que el que funcionaba tras los Urales. Como es sabido, España, carente de un sistema político homologado con el estadounidense y todavía lastrada por su colaboración con el Eje, como muy bien reflejó el divisionario Berlanga en el filme ambientado en la folclorizada Villar del Río, vio pasar de lejos aquel Plan. Sin embargo, nuestra nación no se quedó fuera del influjo norteamericano, naturalmente.

Un año después de la extinción de ese plan, España entró oficialmente en la órbita norteamericana con la firma, en septiembre de 1953, de los convenios España-EEUU, que sirvieron para la implantación de bases militares norteamericanas en España a cambio de ayuda económica y técnica. Este aval supuso un revés para los comunistas españoles, cuyas posibilidades de éxito pasaban por una España aislada; pero también para liberales, monárquicos donjuanistas y nacionalistas fraccionarios, que vieron cómo el gigante americano daba sus bendiciones al general Franco, en quien Washington vio al gobernante –de un Estado centralizado– capaz de llevar a cabo el trabajo de acumulación capitalista necesario para la implantación de una democracia de mercado, requisito indispensable para entrar en la Comunidad Económica –y subrayamos este adjetivo hoy desaparecido– Europea. Marshall, en efecto, no pasó por España, pero el país del dólar desplegó un amplio programa de becas de las cuales se beneficiaron diversos sectores profesionales. Entre ellos el de la medicina.

Dos años después de aquella firma, en 1955 llegó a España la campaña Átomos para la Paz, presente en las ferias de muestras de Valencia y Barcelona. Las exposiciones venían acompañadas de documentales como El átomo y la agricultura, El átomo y la ciencia biológica o El átomo y la medicina, contrapartida audiovisual de la colaboración que condujo a la construcción de centrales nucleares en España. Aquel despliegue, que incidía en las bondades sanitarias de la tecnología atómica, venía a completar un amplio sistema de becas al que se acogieron cientos de estudiantes y profesionales españoles que viajaron a los Estados Unidos para completar su formación, un alto número de los cuales estaban vinculados a la medicina –los hermanos Grisolía entre ellos–, la farmacia, la óptica o la química, disciplinas imprescindibles para el desarrollo de fármacos y remedios contra las enfermedades.

En definitiva, el actual sistema médico español, tanto el público como el que opera bajo la fórmula de Muface, a la que se acogen egregias figuras de nuestra socialdemocracia, es deudor, en gran medida, de aquellas estrategias de posguerra que sentaron las bases de nuestro hoy amenazado, por una insostenibilidad que va más allá de lo epidémico, sistema de bienestar. Teniendo en cuenta estos precedentes, cabe preguntarse, dónde habita hoy, en un contexto en el cual el pulso económico enfrenta a Estados Unidos con China, ese Marshall al que saludar con alegría.

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