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Jesús Laínz

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El sueño de cualquier dictador: que los ciudadanos sean los gendarmes de sí mismos, no reprimidos por la porra, sino por su propia autocensura.

Jesús Laínz
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El sueño de cualquier dictador: que los ciudadanos sean los gendarmes de sí mismos, no reprimidos por la porra, sino por su propia autocensura.
Humpty Dumpty | Lewis Clarke

La semana pasada hablamos aquí de los estragos que, tanto en el pensamiento como en su expresión, provoca la perniciosa cursilería de la corrección política. Pero si sólo se tratase de cursilería, bastaría con mantenerse al margen de ella para ser feliz. El problema, sin embargo, consiste en que con ella se construye el pensamiento único que caracteriza a todo totalitarismo. El sueño de cualquier dictador: que los ciudadanos sean los gendarmes de sí mismos, no reprimidos por la porra, sino por su propia autocensura.

Nacida, como casi todos los disolventes ideológicos ideados desde la Segunda Guerra Mundial, en las muy progres universidades estadounidenses, la corrección política se ha extendido cual coronavirus por eso que, a duras penas, seguimos llamando Occidente. Y de ahí, evidentemente, a casi todo el mundo, ansioso de imitar, tanto en lo bueno como en lo malo, tanto en lo inteligente como en lo estúpido, al imperio de la Coca-Cola.

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