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José Carlos Rodríguez

Censura orwelliana en el ‘New York Times’

La Vieja Dama Gris cede ante la turba, y hace efectiva la censura.

José Carlos Rodríguez
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La Vieja Dama Gris cede ante la turba, y hace efectiva la censura.
Sede del 'New York Times' I Archivo

Politico ha publicado un importante artículo firmado por Pamela Paresky, Jonathan Haidt y Steven Pinker. Los tres autores son expertos reconocidos en el área de la psicología teórica, que se plantea cómo formamos las ideas, y cómo las interacciones de los individuos y de los grupos a los que pertenecen favorecen o condicionan la capacidad de inteligir de los primeros.

El artículo se titula "The New York Times Surrendered to an Outrage Mob. Journalism Will Suffer for It", algo así como "El New York Times se rinde ante la turba enfurecida. El periodismo lo pagará". Sus tres autores denuncian que el periódico ha sucumbido ante la enfurecida reacción, sí, de una turba de zelotes por la publicación de un artículo en sus páginas.

Ese artículo estaba escrito por Bret Stephens, un periodista moderadamente conservador que lleva tres años escribiendo en la Vieja Dama Gris, probablemente porque su conservadurismo le ha llevado a oponerse a Donald Trump. Stephens, en esa pieza, titulada "Los secretos del genio judío", parte de un artículo científico que recogía el hecho de que los judíos askenazíes ocupan un papel descollante en la inteligencia del país. Stephen ilustra este hecho recordando que

durante el siglo XX, [los judíos asquenazíes] suponían alrededor del 3 por ciento de la población de los Estados Unidos y consiguieron el 27 por ciento de los premios Nobel de ciencias concedidos a estadounidenses y el 25 por ciento de los premios ACM Turing. Y son más de la mitad de los campeones mundiales de ajedrez.

Antes de seguir, es necesario hacer una aclaración que ni Stephens en el NYT ni los expertos en psicología que han escrito para Politico han aclarado. Según explica Thomas Sowell en Ethnic America –pero también en algún otro sitio–, esas diferencias pueden resultar engañosas, porque por lo general unas pequeñas diferencias en la media llevan a que en los extremos de la curva de Bell (en este caso, en el extremo de los más inteligentes) las variaciones sean enormes. De modo que, sensu contrario, esta descollante posición de los judíos askenazíes en el extremo no indica que las diferencias medias con el resto de la población sean tan acusadas. No lo son.

La polémica surge por la reacción del NYT ante el linchamiento del autor por parte de unos descerebrados. Los autores del artículo científico en el que se basaba Stephens achacaban esas diferencias en la inteligencia a factores genéticos. La impronta genética es un tabú desde que Alemania perdió la II Guerra Mundial. De haberla ganado, Hollywood estaría a la vanguardia cultural del nacional-socialismo, y el New York Times habría censurado asimismo el artículo de Stephens, todo en nombre de la corrección política.

Lo habría hecho, pero por otros motivos. Stephens recababa los datos del artículo científico, pero ofrecía una explicación distinta; contraria, cabe decir. Los judíos asquenazíes descuellan entre el resto de los estadounidenses en inteligencia por motivos culturales, no genéticos. El origen, entiende el columnista del NYT, se debe a que la cultura judía ha predispuesto a sus participantes a adoptar ciertos hábitos mentales que favorecen el desarrollo de la inteligencia.

Que la cultura tiene una impronta clara en la inteligencia parece obvio. Volvemos a Sowell. En Ethnic America dice (página 8):

En torno a la Primera Guerra Mundial, los judíos obtenían resultados suficientemente bajos en los test como para que un destacado experto del momento dijera que "echan por tierra la creencia popular de que el judío es muy inteligente".

Esta situación cambió con el tiempo, a medida que los judíos se fueron integrando en la sociedad estadounidense y aprovechando todos los recursos para el progreso personal que ofrece ese país. Lo mismo ha ocurrido con otros grupos en situación de desventaja, bien porque acababan de llegar a ese país, bien porque, como es el caso de los negros, fueron sometidos durante décadas a la esclavitud y a la opresión legal y social. Y todos han mejorado su integración en la cultura y, así, sus resultados en las pruebas de inteligencia. Sowell da muchas razones para explicar que la carga genética no es determinante. La más demoledora es que "los huérfanos negros acogidos por familias blancas tienen una inteligencia que supera la media nacional" (página 281).

Stephens no se basó en la guía segura de Sowell, pero tenía claro que el argumento genetista era un error, y lo descartó. Recogió del artículo los datos, que son comprobables y se pueden recoger de otras fuentes. Y les dio una interpretación que, incluso para mentes que necesiten una segunda o enésima oportunidad para entender conceptos abstractos, no es racista en absoluto. Si esas diferencias se deben a cuestiones históricas, a factores sociales cambiantes, el elemento racial no desempeña aquí ningún papel.

Pero hay mentes incapaces de manejar estos conceptos, muchas de las cuales se dedican al oficio periodístico. Los descerebrados acusaron a Bret Stephens de ser racista. O de utilizar el argumento genetista, que él expresamente descarta. O incluso de proponer la eugenesia, a la que no hay mención alguna. Los periodistas de Mother Jones, Jewish Boston o The Guardian no tienen por qué estar a la altura de tantos compañeros como los que oímos o leemos con sonrojo en nuestro país.

Que se produzcan gritos en la sala de la opinión pública es normal, si queremos precisamente que sea amplia y acoja a todo el mundo. Lo que no es normal es que los gritos se sobrepongan a las razones. Y aquí está el escándalo periodístico, que no es el de esos medios que emponzoñaron el debate acusando a Stephens de defender lo contrario de lo que decía, sino el propio New York Times, que borró parte del artículo. Hizo desaparecer las menciones a los hechos que motivaron el escrito de Stephens.

Paresky, Haidt y Pinker denuncian que el NYT ha creado un agujero en la memoria orwelliano, en respuesta a una turba de enfurecidos guardianes de la corrección política. El NYT cede ante la turba, y hace efectiva la censura. De modo que favorece que estos y otros zelotes intenten de nuevo cercenar el debate.

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